Miércoles, 12 de Mayo de 2021

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Rey, hermano, hijo, ciudadano

GRA114. MADRID, 19/12/2014.- El rey Felipe VI, preside el patronato de la Fundación Príncipe de Girona el día en que se cumplen seis meses desde su proclamación. EFE/ JAVIER LIZÓN

Javier Lizon (EFE)

¿Cómo se consigue tener un discurso propio que te aleje de un Gobierno en horas bajas pero que a la vez tenga el visto bueno de ese mismo Gobierno? ¿Cómo se impulsa desde una obligada posición de neutralidad una necesidad de regeneración y renovación que necesita una implicación cualquier cosa menos neutral? ¿Cómo pones un cortafuegos hondo y rotundo frente a las presuntas prácticas corruptas de una infanta sin lacerar en público a la que sigue siendo tu hermana? Y finalmente, ¿es posible preservar el simbolismo y la autoridad intangibles de la Monarquía y medir a la vez a la institución por el mismo rasero que sugería en EL PAÍS el profesor Santos Juliá: el de una ciudadanía libre, responsable y sujeta a la ley?

Felipe VI ha intentado la cuadratura del círculo en su primer discurso de Nochebuena. Y formalmente quizá lo haya conseguido. Ha puesto por delante las inaceptables cifras del paro pero ha recordado que algunas cifras macroeconómicas invitan a la esperanza. Ha situado la lucha contra la corrupción como objetivo prioritario para señalar a continuación que la justicia funciona y la mayoría de servidores públicos son honrados. Ha evitado nombrar a la infanta Cristina, ni le ha exigido una renuncia a sus derechos dinásticos porque solo ella tiene esa decisión en sus manos. Pero le ha trasladado claramente su autoridad moral al expresar que no deben existir tratos de favor por ocupar una responsabilidad pública. Ha recordado a Cataluña que la Constitución y –quizá más importante- la economía le impiden separarse de España. Pero sobre todo ha recordado a catalanes y españoles que nos llevamos mutuamente en el corazón y que todos debemos hacer un esfuerzo leal y sincero para recuperar afectos y sentimientos.

El discurso de Felipe VI es políticamente impecable. Nadie puede discutir su mensaje ni sus intenciones. Pero quizá más importante que su discurso sea quién lo dice y cómo lo dice. Las encuestas sugieren que los españoles se encuentran cómodos con el nuevo rey. Y ahí está seguramente la clave: nadie espera ideas ni propuestas revolucionarias para salir del atolladero. Las fórmulas para hacer bien las cosas son las de siempre, pero tiene que decirlas, y sobre todo llevarlas a la práctica, alguien que tenga su credibilidad intacta. En eso consiste la renovación. No es exactamente que todo cambie para que todo siga igual. Más bien, debe cambiar lo justo pero de un modo sincero, para que todo mejore.

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