Internacional
Cuarto aniversario del conflicto de siria

La vida en el segundo mayor campo de refugiados del mundo

El campo de Zaatari (Jordania) acoge a 85.000 refugiados sirios

Campo de refugiados de Zaatari. / MUHAMMAD HAMED (REUTERS)

Campo de refugiados de Zaatari (Jordania)

El campo de Zaatari crece y se extiende de manera orgánica, como un gran pulmón en el medio de la nada. Es el segundo mayor campo de refugiados del mundo, la cuarta ciudad de Jordania en habitantes. Sitiado por concertinas y custodiado por el ejército jordano, el asentamiento acoge a 85.000 refugiados sirios, sólo una parte del millón trescientos mil que viven en los asentamientos de Jordania, según cifras de las organizaciones humanitarias.

Los refugiados sirios continúan escapando a los países vecinos. Sólo durante el fin de semana en el que hemos visitado el campamento han atravesado la frontera unos 500 al día. El 80% de las familias que han llegado a Jordania vive fuera de los campos, el resto, lo hace entre Zaatari y Arzak, un segundo campamento abierto recientemente tras la saturación del primero. Ahora, con fuertes controles en la frontera y menos ayuda humanitaria de la que recibían en 2013, la situación es mucho peor que entonces. Carlos Afonso, coordinador de la Oficina de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea, asegura que "en Siria ha ido a peor, la guerra es cada vez más cruel y ha supuesto 3,9 millones refugiados desplazados. Las necesidades son muchas y van en aumento porque muchos de los refugiados llevan ya tres años en Jordania y no tienen los ahorros con los que vinieron". Los refugiados no tienen permitido trabajar en Jordania, ni comprar una vivienda o conducir. "Cada vez son más vulnerables. Las necesidades aumentan, no disminuyen" explica.

El portavoz español de la ECHO nos lo contaba durante la visita a una escuela infantil de Unicef donde ayudan a los niños sirios a superar los traumas del conflicto. Eman Al Soubani, una de las coordinadoras del programa, cuenta cómo "a algunos niños cuando llegan no les gusta hablar de su experiencia anterior, no quieren que nadie sepa qué les ha pasado, algunos se muestran temerosos de quienes no conocen, no les gusta tener amigos o dicen 'No quiero venir más a la escuela, sólo quiere estar sólo'. Los padres pueden asistir a las actividades. Dentro del centro, un pequeño oasis para los menores, profesores y psicólogos bailan y juegan con la única intención de que se deshagan de las imágenes que guardan del horror. Una de las madres, junto a sus dos hijas, lo resume: "No recuerdan nada, es como si no lo hubieran vivido, un reflejo del shock del que quiero que se libren para que crezcan fuertes y seguras".

La sociedad jordana lo vive entre la solidaridad y el recelo al ver cómo se han encarecido los precios y las bajadas de salarios. El Gobierno pone el prisma en la seguridad nacional, ante la amenaza inminente del Estado Islámico, una amenaza real, según confirman fuentes del Ministerio del Interior destinadas en Jordania a la Cadena SER. Sin embargo, las organizaciones humanitarias insisten en mantener el nivel de ayuda en un conflicto donde los refugiados están atrapados entre la guerra y los asentamientos sin una solución a corto plazo.

Zaatari, ciudad "sitiada"

Cuentan los que estuvieron en el campamento allá por 2013 que Zaatari ha cambiado a mejor. Ya no hay colas en la entrada con las familias cargando con los bebés y algunos bultos, no llegan autobuses desde la frontera con refugiados recién escapados de la guerra, las mujeres ya no paren en las lonas desplegadas en la tierra seca del campamento y el agua, tan preciada como los alimentos, llega a los pilones y las fuentes situadas cerca de las  caravanas.

Los miembros de Oxfam Intermón - artífices e las instalaciones de agua y saneamiento en Zaatari- nos cuentan sobre el terreno los programas de asistencia de las organizaciones humanitarias y nos llevan a los centros del campamento. La doctora Rima Diab nos recibe en el hospital de maternidad, en las caravanas habilitadas para que las mujeres den a luz, se hagan el chequeo ginecológico o asistan los programas de planificación familiar. En Zaatari la natalidad se ha disparado, desde que se habilitó el centro -en junio de 2013- han nacido 378 bebés y el promedio diario es de 10 a 18 recién nacidos. "En el centro estamos intentando convencer a los refugiados para controlar la natalidad infantil y nos hemos dado cuenta de que los maridos son los que están detrás de estas decisiones. A ellos les gusta tener muchos niños así que el centro organiza sesiones y da razones a los refugiados para que lo controlen" explica la doctora Diab.

Desde el pasado otoño, Unicef ha abierto cuatro escuelas más en Zaatari. Las niñas van a clase antes de mediodía y los niños por la tarde. En las aulas, ataviadas con el velo o hijab, las menores de 16 años dan clase de árabe. Las sesiones duran 35 minutos y se sientan de tres en tres en bancos de menos de un metro. Las aulas todavía no tienen luz, ni calefacción y por las ventanas se ven los postes que rodean la escuela de concertinas. Una niña espontánea sale a cantar una canción local. Por el rabillo del ojo ve la llamativa espuma amarilla del micrófono de la SER, lo agarra y echa a cantar frente a sus compañeras. Conscientes de por qué tuvieron que abandonar su país, entona en árabe un estribillo que nos traduce la profesora voluntaria de Unicef, "no es justo que tengamos que estar aquí".

El planeamiento sanitario incluye el reciclaje para evitar contaminar el agua y el contagio de enfermedades. El tendido eléctrico recorre todo el campo y las placas solares cuelgan de los postes en algunos distritos donde no llega la luz.

Relatos familiares

Hay historias de superación en medio de un territorio tan hostil. Abu Hammed llegó al campo de refugiados en julio de 2013. Decidió huir con su familia cuando, tras los bombardeos del régimen de Bashar el Asad, vio cómo además de las bombas quemaban las viviendas con los vecinos dentro. Cogió a su familia y atravesó la frontera. Y de ahí al campamento con los pocos enseres que pudieron cargar. Pasó semanas hundido, vagando por los descampados de Zaatari. “No podía seguir así, me di cuenta de que tal vez no saldríamos del campo en un corto plazo de tiempo y decidí hacer una vida normal, tenía que volver a trabajar”. Abu abrió un negocio. Una tienda de falafel, en pleno bullicio de la calle Campos Elíseos, donde ahora da trabajo a cinco personas.

Su casa es reflejo de esa lucha por barnizar de normalidad un entorno estéril de expectativas. La caravana, con “backyard” (patio trasero) incluido tiene todos los detalles que se pueden permitir. Su mujer y sus hijas han plantado árboles y construido un jardín tras una gran puerta de latón que hace de entrada. Dentro, la cocina, las habitaciones, un salón con ventanas. La abuela señala una estantería de plástico, con la ropa colocada perfectamente doblada. Orgullosa del tocador y los manteles bordados que cubren cualquier superficie pide posar ante las cámaras de nuestros móviles señalando, con mimo, el habitáculo convertido en hogar.

Zaatari, el campo de refugiados sirio

04:26

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En otra zona del campamento un padre de familia insiste en llevarnos a su caravana, apenas unos metros de cubículo donde duerme con su mujer y sus tres hijos. Él también lucha, pero contra una situación si cabe más difícil. Necesita medicamentos para su hija, afectada por un tipo de leucemia. La caja de medicamentos -una cada veinte días- cuesta 140 dólares. Huyó de Siria por la guerra, pero también para salvar a su segunda hija después de que falleciera la primera por la misma enfermedad. Con mirada optimista, sonríe y confía en que la pequeña lo superará. Pero hay una pregunta que, según se acumulaban los testimonios recogidos en Zaatari, cuesta más hacer. ¿Dónde quieren ir y cuándo creen que podrán volver? . Una pregunta maldita en esta tierra de nadie y para la que todos tienen la misma respuesta. Si en 2013 se derrumbaban al recordar su casa, la vida y la familia que habían dejado atrás, ahora lo hacen al oír cualquier referencia al futuro, el mañana, la tierra a dónde ir. 

Oxfam Intermon

Con todo, en este paisaje extraño que ya tendría que haber desaparecido, bulle una ciudad. Las familias pasean y hacen la compra en pleno bullicio de Zaatari. Es la conocida calle de los Campos Elíseos (que en árabe, y a modo de juego de palabras, suena como Damasco Elíseo). En esta avenida de tierra se han ido instalando puestos y pequeños negocios surtidos por los comerciantes de fuera del campamento. Vestidos de novia, animales y mascotas, electrodomésticos, cosméticos, pizzerías, falafel... casi cualquier enser. Un paseo por un lugar increíble donde la gente "rehace" sus vidas y donde ya no debería de vivir nadie.

LAS Cifras del conflicto

Desplazados. La guerra en Siria ha dejado cuatro millones de desplazados, un millón son niños. En Jordania la cifra oficial es de 625.000, las organizaciones humanitarias lo elevan a 1,3 millones. Un 10 % de la población jordana son sirios desplazados de la guerra, el 85% vive en campamentos de acogida fuera de Zaatari. Educación. A pesar de la tradición de país de acogida de Jordania, los niños sirios van al colegio por la mañana y los jordanos por la tarde en el centro de Unicef, que visitó la Cadena SER en el aniversario de la guerra. En los colegios jordanos cada vez hay menos plazas para los niños desplazados, donde ltambién se les separa por turnos. Natalidad. En Zaatari nacen ya de diez a dieciocho bebes al día. A los recién nacidos les inscriben y son registrados en el campamento con la nacionalidad siria de los padres. Recortes en prestaciones. El Gobierno jordano ha reducido las ayudas a los refugiados en el último año. Desde septiembre no tienen servicios sanitarios y la atención primaria gratuita. Continúan sin tener derecho a recibir un permiso de trabajo

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