Puigdemont y el sueño americano
La tensión se evidencia dentro del bloque independentista durante la Semana Santa en la que el PSOE suspendió su guerra y PP y C's se acercaron en Murcia

El president de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, en Atlanta (EEUU) junto al senador Ambler Hodges Moss. / Generalitat de Catalunya (ACN)

Madrid
La Semana Santa suele ser para el periodismo una semana valle y de nevera aunque, esta vez, algunas cosas se han movido y el panorama no está el Domingo de Pascua igual que estaba el Domingo de Ramos. El PSOE ha dedicado los últimos días a intentar recuperarse de la muerte inesperada de Carme Chacón, que le sorprendió en mitad de una guerra interna que han tenido que aplazar. En la capilla ardiente de Ferraz, en la que se vivieron escenas de gran intensidad emocional, no hubo acercamientos ni tregua entre los candidatos a la secretaría general. Lo que hubo fue conmoción y duelo. Si acaso, quedan las alusiones de Patxi López y Miquel Iceta a la “unidad” de “la familia socialista” y la advertencia de Felipe González: “Una noticia como esta nos debería llevar a discutir de las cosas importantes”.
Lo que más se ha movido en lo político ha sido el ‘procés’ catalán, porque resulta ya imposible disimular las diferencias en el lado independentista. Esta ha sido la semana en la que han saltado las tensiones latentes entre quienes se agruparon en Junts pel Sí, que tienen además la presión constante de la CUP y donde se agrían las diferencias entre Esquerra y Convergència. Las diferencias son públicas por más que en privado Puigdemont y Junqueras llamen al cierre de filas. El Gobierno español, que quizá en un exceso de optimismo da el ‘procés’ por acabado, confía en que el frente soberanista se autodestruya según se acerque la fecha en la que han prometido poner fecha al referéndum, prometido para este año.
En la Moncloa cuentan que las condenas a Mas, Ortega y Rigau y la del Supremo a Homs no han soliviantado al indepedentismo, cuyos apoyos caen según la última encuesta de la Generalitat. Pero deberían tener en cuenta que la Generalitat preserva parte de su capacidad movilizadora y falta aún por conocer si la justicia inhabilita a la presidenta del Parlament.
Hay quien da en el Gobierno tanta importancia a la fractura interna del soberanismo como al doble revés de EEUU a la Generalitat, primero con el mensaje de su embajada en España y después con la aclaración del expresidente Carter, que no piensa entrometerse. Es un revés porque el Govern ha invertido muchos recursos y parte de sus esperanzas en lo que llama la “internacionalización del proceso”, con viajes de Puigdemont a Estados Unidos –el president repite su aspiración a que Catalunya sea como Massachusetts– y con la visita de un par de congresistas, que tuvo hasta un punto grotesco. Esta Semana Santa Puigdemont ha despertado del sueño americano, la misma semana que Rajoy empezó en el Pardo como anfitrión de la cumbre de los países del sur europeo. Hablaron del Brexit y de Siria, pero Rajoy aprovecha cada cita para remarcar que no hay país que apoye la independencia catalana.
Y lo que no ha dejado de moverse, aunque no lo parezca, es la situación en Murcia. PP y Ciudadanos enredan la negociación con debates que, en realidad, están encallados en el Congreso de los Diputados, que es donde debe acordarse una política nacional sobre aforamientos o sobre la acusación popular, que es el último pretexto del PP. Pero en un partido y en otro dan por hecho que se acabarán poniendo de acuerdo para investir al nuevo presidente. A Ciudadanos ya no le parece una exigencia que Pedro Antonio Sánchez renuncie a su escaño. Al cabo, es Domingo de Resurrección.




