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Viernes, 18 de Octubre de 2019

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El independentismo escenifica su división: las razones de una bronca anunciada

El president Torra (de 'Junts per Catalunya') y el vicepresident Aragonès (de Esquerra) conversan para calmar las aguas e intentar rebajar la tensión tras volar los puñales en el Parlament

El presidente de la Generalitat, Quim Torra y el conseller de Interior Miquel Buch (i), tras la suspensión este mediodía del pleno a celebrar, en donde se esperaba resolver la situación de los diputados suspendidos por el Tribunal Supremo / ()

La distancia entre Junts per Catalunya y ERC es de origen conocida. Esa lejanía se fue agrandando a partir del referéndum del 1-O. Ahora se abre una de las crisis más graves y, sin duda, más mediática porque esta es la vez en la que menos han disimulado y en la que los puñales han volado ya a la vista de todo el mundo y sin ningún tipo de pudor. Ha sido algo así como sacar de golpe todo el rencor acumulado. Seguramente, lo más parecido a lo de hoy (es decir, a una gran bronca, también desde el atril del Parlament) se vivió a finales de enero, cuando Roger Torrent suspendió el pleno de investidura de Puigdemont para no desobedecer al Constitucional.

"Por encima de todo debería estar la voluntad popular y la soberanía del pleno", o "la democracia y la dignidad no se pueden aplazar", reprochaban Elsa Artadi y Eduard Pujol a Torrent en un tono que en su día sorprendió pero que es mucho más suave que el de este miércoles. Lo que hay en el fondo de todo esto son los grises del independentismo, que han ido aflorando a medida que ya no hay una gran meta en común, que ya no hay en el horizonte una consulta del 9 de noviembre, unas elecciones plebiscitarias o un referéndum que los mantuviera unidos.

Fracasada la vía unilateral y con la hoja de ruta pendiente de definir, ahora mismo (simplificando mucho) el abanico se divide entre la vía más pragmática de Esquerra y de la actual dirección del PDECAT; la más legitimista, que reivindica a Puigdemont y al 1 de octubre (que estaría representada por Junts per Catalunya), y luego estaría la CUP, que apuesta por una desobediencia sin ningún tipo de filtros. Esta macedonia considera que está obligada a entenderse, pero el problema es que no sabe exactamente para qué.

Una prueba de este desconcierto se vivió hace apenas dos semanas, cuando los anticapitalistas querían aprobar un texto para ratificar la declaración de ruptura del 9N. Al principio 'Junts per Catalunya' no quería apoyarla, a última hora cambió de opinión, y, entonces, para no quedar como unos traidores, Esquerra se sintió obligada a sumarse.

"Hoy nos reafirmamos en una moción aprobada en el 2015 y reaprobada en el 2016. Nos da la sensación que renunciamos a avanzar", apuntaba el portavoz republicano, Sergi Sabrià. De esto hace dos semanas, pero hay que recordar que los dos partidos prometieron que iban a compartir unos 4 o 5 puntos del programa electoral, y ni en eso se pusieron de acuerdo. Después volvieron a discutir por la composición del Parlament, por el programa de Govern, por los tiempos de la investidura. Y al final de todo, Esquerra no olvida el abrazo del oso de Convergència y la ANC para presentarse en una lista única a las elecciones del 2015, y el entorno de Puigdemont no olvida lo que considera la gran deslealtad de los republicanos cuando forzaron al expresident a declarar la independencia.

¿Y qué puede pasar ahora?

Si las relaciones entre los dos partidos no se encauzan, la legislatura, ya de por sí difícil, en ese pulso entre la dinámica del choque que nunca podrá abandonar Puigdemont y la estrategia del diálogo a la que no podrá negarse la Generalitat, la legislatura puede acabar acortándose. Esa es una hipótesis nada descabellada. Todos los dirigentes de 'Junts per Catalunya' y de Esquerra a quienes hemos preguntado (tanto en público como en privado) si estamos más cerca de unas elecciones en otoño nos responden cosas del estilo "esperemos que no", "por nosotros no será" o "no sería bueno", pero nadie se atreve a decir que no. De hecho un dirigente de la CUP hacía su propia quiniela y pronosticaba que el Govern aguantaría hasta finales de año para que todos los altos cargos puedan cobrar unos meses más, pero que después, entre enero y mayo (a las puertas de las municipales) se acabarían partiendo por puro electoralismo.

El caso es que el president Quim Torra (de 'Junts per Catalunya') y el vicepresident Pere Aragonès (de Esquerra) han conversado esta tarde para calmar las aguas e intentar que el Govern se dedique a lo que se tiene que dedicar: a gobernar. Según cuentan desde sus entornos, Torra tiene mucho interés en estabilizar la situación y Aragonès también considera necesario rebajar la tensión. Habrá que ver si la buena sintonía que, aseguran, tienen los dos líderes es suficiente para que un Govern tan y tan complejo ("mucho más complejo que cualquier gobierno de coalición", nos dicen fuentes de Palau) no acabe saltando por los aires.

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