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El Quijote de Ida Vitale

Al recoger el Premio Cervantes, la poeta uruguaya defiende el valor poético de la obra cervantina

Vitale recuerda su infancia rodeada de libros que leía con la ayuda de un diccionario y honra la "luz" de su abuelo

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Entre el milagro del lenguaje y la poesía de la palabra, Ida Vitale trenza un discurso que alumbra la magia propia de la vida y en el que a sus despejados 95 años, le permite disculpar al "prudente y aún sabio" don Quijote la afirmación de que "no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo". "No es mi caso, puedo asegurarlo", proclama la escritora que como si de un codazo en las costillas se tratara, se atreve a suponer que el personaje de la Mancha nunca pudo imaginar que "el género femenino" se atreviera a "caer en tan osada pretensión".

Recibe el Premio Cervantes Ida Vitale "en un momento en el que la opacidad del descenso imprime en mi vida una geometría ilógica e imprevistos recaudos", una suma de sentimientos que en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes expresaba con el gesto del brazo y mano derecha ascendiendo al cielo como humo ligero que se eleva y disuelve sin remisión.

La poeta confiesa disfrutar aún de una "fabulada confianza, sin duda de origen infantil, en los pequeños desajustes con lo racionalmente ordenado, en las coincidencias, sin siquiera razonarlo mucho". Y a su infancia regresa, origen de todo, para recordar "no diré la sombra sino la luz de mi abuelo italiano" y su "espíritu garibaldino que un día yo sentiría presente en la familia, constituyéndose en un héroe casi doméstico".

Al tiempo, también evoca “mis primeros embelesos en el campo de los libros adultos", entre los que figuraba escrito en italiano Ariosto. Y además la posibilidad de "tantear por mi cuenta, con abuso del diccionario, sus fantasías gratísimas".

Y justo después, aparece el Quijote cuyas lecturas, “fueron libres y tardías" junto a una devoción cervantina que "carece de todo misterio".

Piensa Ida Vitale que no se debe olvidar la "cuna desdichada" del Quijote "Argel, Sevilla, fantasía, desengaño, es decir preso, pobre, enfermo, sin la protección que dedicatorias a altos señores podrían haberle guardado". Y sin embargo, el aliento poético se encuentra ahí porque Cervantes es para la uruguaya "un novelista que tuvo a la poesía por su principal respeto".

Ya lo dijo el día antes en la Biblioteca Nacional, el Quijote le ofrece un buen humor que le ayuda a afrontar todos los riesgos o como señala en su discurso, tiene "la capacidad de precipitar hacia mí la buena voluntad del azar", dueño de un "lenguaje que me integraba a un mundo en el que, sola, me sentía acompañada, capaz de manejarme en él como si fuese el mío propio".

Pero por encima de todo, considera que la "inacabable virtud del libro (es): exigirnos la fidelidad atemporal a lo que, lector tras lector y época tras época, se ha ido consagrando, como un venerable sostén de la herencia humana".

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