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Portugal, último baluarte de Europa libre de partidos de extrema derecha

Confirmada la irrupción de Vox en el Congreso de los Diputados, cabe mirar a la vecina Portugal, último baluarte de Europa libre de partidos de extrema derecha en su parlamento.

Ciudadanos españoles votan en Lisboa. / ()

Desde finales de 2015 el socialista António Costa gobierna en minoría en el país vecino, apoyado en la alianza de la izquierda parlamentaria formada por el Partido Comunista de Portugal (PCP)y los diputados del marxista Bloque de Izquierda (BI). La solución de gobierno –popularmente conocida como la geringonça, término que quiere decir “aparato mal hecho”– se ha mostrado inesperadamente duradera, y la tímida mejora económica del país durante estos casi cuatro años ha hecho que muchos en la izquierda vean el caso portugués como un modelo a seguir.

Los lusos se muestran satisfechos con la estabilidad que la alianza de la izquierda ha traído al país vecino, y según la encuesta TSF/JN del pasado domingo, todo indica que Costa vencerá las elecciones legislativas del próximo mes de octubre, si bien es probable que los socialistas lusos no conseguirán una mayoría absoluta, lo que obligará una repetición de la geringonça o la formación de un bloque central.

En las encuestas no hay rastro de la extrema derecha, pues hasta ahora en el país vecino no se ha producido fenómeno similar al del Frente Nacional en Francia, AFD en Alemania, la Liga en Italia o a Vox en la vecina España. Aunque existen dos partidos ultranacionalistas en el país vecino, ninguno de los dos tiene grandes posibilidades de irrumpir en la Asamblea de la República.

El primero, el Partido Nacional Renovador (PNR), es una formación que genera risa entre los lusos debido a sus carteles electorales inflamatorios en los que exige dar “¡Muerte a los Traidores!”, sin llegar a entrar en detalle sobre quiénes serán esos enemigos de la patria. El segundo es el recién creado Chega (Basta) de André Ventura, ex político del conservador Partido Social Demócrata (PSD) que cayó en desgracia tras montar una desastrosa campaña contra los gitanos en las municipales de 2017.

Chega intenta seguir la hoja de ruta de ideólogo norteamericano Steve Bannon y defiende el argumentario clásico de la derecha populista –“sin complejos”–. La formación defiende la prohibición constitucional de la eutanasia, la abolición del matrimonio igualitario y el cierre de las fronteras para mantener fuera a inmigrantes; también defiende la pena de muerte –abolida en Portugal desde hace 150 años– para los terroristas –de los que no hay en el país vecino–.

Ni el PNR, ni Chega cuenta con apoyo significativo. En las legislativas de 2015 el PNR consiguió poco más de 27.000 votos (un 0,18% del total) y se anticipa que obtendrá peores resultados en las elecciones de este año. Entretanto, aunque Chega podría aprovecharse de la división de la derecha clásica –actualmente en plena crisis de identidad en tierras lusas– es posible que se quede fuera de las elecciones, pues cerca de 2.600 de las firmas que fueron presentadas para constituir el partido ahora parecen ser irregulares, pertenecientes a ciudadanos difuntos o menores de edad.

La excepcionalidad lusa

Hay muchos factores que pueden explicar por qué Portugal ha conseguido quedarse fuera de la ola ultra que afecta el resto de Europa.

Uno tiene que ver con la cultura del país vecino. Tradicionalmente empobrecido, Portugal es un país de marineros e inmigrantes, acostumbrados a buscarse la vida en el extranjero, y la empatía que esta experiencia les ha dado como pueblo hasta ahora ha evitado que los lusos caigan en la trampa de la xenofobia que tanto defiende la derecha populista. Hablamos de un país que estuvo a la cabeza de un vasto imperio hasta 1974, y la mayoría de las familias lusas cuentan con familiares nacidos en Angola, Mozambique, Cabo Verde o Macau. El resultado es una sociedad que tiene la tolerancia y el multiculturalismo como valores fundamentales, realidad que deja poco margen para el racismo.

La ultraderecha también ve su camino en Portugal obstaculizado por el pasado reciente del país vecino. La transición que tuvo lugar tras el fin de la dictadura del Estado Novo (1933-1974) fue mucho más fuerte que la que tuvo lugar en España, pues los lusos actuaron contra los vestigios del régimen autoritario de António de Oliveira Salazar. Inmediatamente después de la Revolución las formaciones ligadas a la dictadura fueron prohibidas y sus líderes encarcelados o forzados al exilio; se cambiaron los nombres de las vías e infraestructuras que llevaban los de las grandes figuras del régimen, y la fecha del levantamiento que puso fin al Estado Novo –el 25 de abril– se convirtió en un festivo nacional.

Tal vez por ese motivo, 45 años después del final de la dictadura no hay sectores de la población significantes que se muestran nostálgicos a la hora de recordar ese periodo. El cadáver del dictador reposa en una tumba humilde en su pequeño pueblo natal y hay pocos que celebren su figura. Tres de las prisiones donde la dictadura encarceló a sus presos políticos han sido reconvertidas en museos, y en las escuelas se habla de lo terrible que fue el régimen, y de lo importante que es salvaguardar la democracia. Con semejante grado de memoria histórica sobre el régimen, es complicado votar por partidos que aspiran a recrearlo.

Un último factor que hace que Portugal sea diferente es que hay herramientas legales que complican el camino para las formaciones ultraderechistas. Concretamente, el capítulo 1, artículo 8 de la Constitución de 1976 veta los partidos políticos “armados, de tipo militar, militarizados o paramilitares, como así los partidos racistas o afines a la ideología fascista”. La normativa ha obligado a formaciones como el PDR y Chega ‘descafeinar’ las partes más incendiarias de sus programas electorales, algo que les ha neutralizado. Ante esta situación, durante las últimas cuatro décadas incluso los votantes más derechistas han terminado por votar a la centro-derecha tradicional.

Cabe destacar que los dos partidos que forman parte de ese bloque –el conservador PSD y el Centro Democrático Social (CDS)– han evitado la tentación de apostar por argumentos extremistas para intentar acaparar votos. A día de hoy, ninguno de los dos partidos puede ser caracterizado como ultranacionalista –ambos apoyan el estatus de Portugal como Estado integrado en la Unión Europea–, ultratradicionalista –hubo diputados de ambos partidos que votaron a favor del matrimonio igualitario en 2010, y desde entonces ninguna de las dos formaciones ha propuesto revocar la ley existente–, o xenófobo –apoyan la llegada de inmigrantes y refugiados al país vecino–.

¿Una situación que podría cambiar?

Si bien Portugal ha conseguido mantenerse al margen de la ola ultra que ha alcanzado el resto de Europa hasta ahora, todos los expertos coinciden en que esto se debe a podría cambiar. Los valores del multiculturalismo pueden verse eclipsados por argumentos bombásticos, y la memoria histórica puede caer bajo el paso del olvido. Por mucho que se hable sobre la Revolución de los Claveles en las escuelas, con el paso del tiempo quedarán cada vez menos personas que vivieron la represión del régimen del Estado Novo, y eso puede abrir la puerta a que se olvide que la democracia requiere defensores para seguir en pie.

Hasta ahora el país vecino ha tenido la suerte de esquivar los grandes cambios que han sido utilizados por la extrema derecha para hacer campaña en otros países. A diferencia de Italia o Alemania, al estar aislado en una esquina del continente Portugal no se ha visto afectado por la crisis de los inmigrantes; la falta de movimientos independentistas le ha ahorrado el conflicto catalán vivido en España, y tan aprovechado por Vox. Durante la larga crisis económica los lusos evitaron apoyar a los partidos ultra, pero no hay nada que indique que no caigan en esa tentación cuando cierre el actual ciclo económico y aumente el descontento social.

Como en cualquier otro país de Europa, el futuro de Portugal en este respecto dependerá de sus líderes actuales y las soluciones que presentan para responder a las preocupaciones de la ciudadanía –los bajos salarios, la despoblación, las pocas expectativas para los jóvenes–. Sin ello, no hay nada que impida que surja una figura carismática que no sólo consiga movilizar a los ultraderechistas que ya existen en Portugal, sino también a los electores indecisos, capaces de ser seducidos con la promesa de renovación y recuperación de la gloria perdida.

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