Miércoles, 12 de Agosto de 2020

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Veinte años del Plan Bolonia: los estudiantes renacentistas con nuevos mecenas

Se cumplen veinte años desde que en 1999 en la ciudad de Bolonia varios ministros decidieran cambiar radicalmente la enseñanza universitaria.

En España el proceso se completó en 2010 y desde entonces los resultados han sido difusos. El sistema universitario español lucha por reinventarse, pero las consecuencias de la crisis y de un modelo imperfecto todavía se hacen notar

Exámenes de selectividad celebrados durante el mes de junio.

Exámenes de selectividad celebrados durante el mes de junio. / EUROPA PRESS - Archivo (EUROPA PRESS)

Don Arsenio es profesor de Materiales II en la carrera de Arquitectura. Lleva un libro enorme con una detallada explicación sobre las bondades del ladrillo. Como todas las mañanas está dispuesto a dar una clase de dos horas sin pausa. Después de la primera, tres filas de estudiantes han posado su cabeza en los pupitres y juegan a no dormirse. Otros, más atrás, toman apuntes con desesperación. No quieren perderse nada. El profesor termina, baja de su altar y se marcha. Mañana habrá más. Esto era la universidad española: un señor perenne que llega a una clase llena y suelta su discurso fosilizado.

931. No, no es la edad de Don Arsenio. Son los años de la universidad de Bolonia, la más antigua del mundo occidental. Por sus pasillos circularon grandes personajes de la historia: Dante Alighieri, Petrarca o Nicolás Copérnico. Hace dos décadas en esta misma ciudad, en 1999, se reunieron los ministros de educación de varios países de la Unión Europea para firmar un documento que cambió el curso de la formación universitaria. Se llamó Declaración de Bolonia, como la ciudad protagonista del evento, y pretendía hacer una modernización integral de las universidades europeas. Quiso cumplir la máxima del gurú de la educación Malcolm Skilbeck “la universidad ya no es más un lugar tranquilo para enseñar, realizar el trabajo académico a un ritmo pausado y contemplar el universo como ocurría en siglos pasados. Ahora es un potente negocio, complejo y competitivo, que requiere inversiones continuas y de gran escala”.

Depurar lo viejo

Se acabó lo de “pasear carpeta”, es decir, ir a clase una vez al mes, saludar al profesor y no volver hasta el examen. Javier Rueda, licenciado hace treinta años, recuerda lo cotizados que estaban unos buenos apuntes de “esas pobres ovejas negras” que sabían de la importancia de una asignatura y quemaban sus plumas para no perderse nada. Él pertenece a una generación de universitarios: los de las licenciaturas, las diplomaturas, los contubernios y las fábulas.

Todo ha cambiado. La nueva prole intelectual solo conoce el grado, ese sistema uniforme de carreras que trajo Bolonia. Para Javier, que tiene una hija universitaria, es positivo que haya asistencia obligatoria: “no se puede ocupar una plaza sin exprimirla al máximo”. Además, dice, es bueno que haya una mayor especialización antes que “mezclarlo todo” en una sola carrera. Por otra parte, piensa que lo de jugárselo todo en un examen era tirar una moneda al aire y no mirar. Ahora hay una evaluación continua con la que se pueden salvar los muebles, aunque todavía tiene sus carencias.

En el año 2007 se aprobó el real decreto que reorientó la enseñanza universitaria para adaptarla a la normativa europea. Subieron los precios de las matrículas por la crisis, se esfumó la licenciatura y aparecieron los másteres. Las asignaturas ahora valían créditos según las normas internacionales, y cada crédito tenía un valor monetario. Pío Baroja, hace cien años, hizo una radiografía en el Árbol de la Ciencia sobre la universidad española “los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando. Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil”. Ahora se acabó lo inútil.

Pablo Alcaraz, representante de la Coordinadora de Representantes de Estudiantes de la Universidad Pública (CREUP) opina que lo fundamental de Bolonia es la “equiparación de títulos universitarios con el modelo de homologación europeo”. Ahora es mucho más fácil trabajar en Europa tras obtener un título, pero sobre todo permite que se uniformicen los contenidos de los grados.

Las cifras de la universidad española

Desde la Declaración de Bolonia, hace veinte años, pasaron más de diez hasta la incorporación completa del Plan. Se produjo justo en los momentos más duros de la crisis. El esfuerzo presupuestario que hicieron las facultades fue enorme: había que gestionar mejor los recursos, racionalizar el gasto (véase Ley Wert) y generar un ambiente de pedagogía. Las clases debían ser más individualizadas, la empleabilidad tenía que crecer porque se estaban vomitando tal cantidad de universitarios que el reducido mercado laboral no podía admitirles, y si lo hacía era a costa de salarios dignos. La universidad tenía que hacer mucho, con muy poco y en nada de tiempo

Los principales números de la universidad española. / Ministerio de Educación

El número de universitarios crece cada año. Los contenidos, según el último informe de la Conferencia de Rectores (CRUE), son buenos, pero falta desarrollar el método. Estamos ante un sistema que mejora su “rendimiento social” y que en algunas áreas logra insertar capital humano. En otras fracasa estrepitosamente. Aun así, el estudiante universitario tiene casi el doble de oportunidades de conseguir un trabajo que alguien sin título. Donde más falla es, sin duda, en los precios públicos. La universidad española es en su conjunto de las más caras de toda Europa, algo que fomenta la desigualdad según este informe. Las tasas han pasado, en Madrid y Barcelona, a valer el doble o más. El crédito cotiza al alza. ¿Cuánto cuesta según las comunidades autónomas?

Evolución en el precio del crédito desde 2011 hasta 2018. / Congreso / eldiario.es

Empoderar al alumno, beneficiar a las empresas

Teresa es una estudiante universitaria. Por sus palabras parece que la carrera pesa más que su mochila “tomamos una posición de inercia, como algo por lo que hay que pasar y que no resulta determinante”. Ella señala que la diferencia entre las expectativas creadas y las posibilidades de desarrollar un proyecto profesional -y vital- son muy grandes. Bolonia quería que el alumno fuera dueño de su propia educación. De manera responsable y autónoma debía construir su itinerario, acudir a clase y a los seminarios, hacer trabajos prácticos y estudiar en casa. Era el primer paso para lanzarse a un mundo laboral en pulsante transformación, anómalo y, en ocasiones, deforme.

El alumno debía y debe ser multidisciplinar, estar atento de todo, ocuparse de varios trabajos al mismo tiempo y, además, hacerlos en grupo. Auténticos hombres y mujeres polímatas, esos que en el Renacimiento pintaban un cuadro y al día siguiente fabricaban una compleja fórmula matemática. Era el camino para vincular la empresa con la universidad, el mercado de trabajo con los contenidos intelectuales. Las empresas son los nuevos mecenas de la universidad. Había que cambiar el foco de las titulaciones, que eran solo teoría, e incidir más en la competencia, como explica la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (Aneca). Utilidad, ante todo.

Precio de las tasas universitarias de España y otros países europeos. / CRUE

Después de 12 años dando clase en la universidad y testigo privilegiada del cambio que supuso Bolonia, Concha Mateos dibuja un modelo que tiene más negros que blancos. Es profesora interina en Madrid y su contrato se renueva cada año "mientras no surja una decisión en contra" como escribe en 'El País'. "Bolonia es un elemento distractor porque aglutina las opiniones de aquellos que conciben la educación desde la producción de recursos humanos”, explica. Apunta a que tras la reunión de la European Round Table of Industrialists (ERT), donde estaban presentes grandes empresas europeas, se configuró un modelo que tenía una idea firme: surtir de recursos a las compañías.

Aclara que, aunque pueda parecer evidente que la sociedad debe recibir profesionales adaptados a las necesidades del mercado, "es esta misma sociedad la que nos liberó de otras cargas para analizarla, observarla y tratar de mejorar su funcionamiento". La profesora destaca un punto interesante de Bolonia y es su metodología. La universidad tenía que evolucionar, por eso las clases magistrales no lo podían ser todo. "Existe la necesidad de otro tipo de trato en la comunidad académica, pero curiosamente es el peor desarrollado por la inversión raquítica que ha recibido". Ella propone una mayor atención personalizada y por eso un profesor "no puede tener 80 personas a las que atender".

Aunque el entorno universitario es heterogéneo, el nuevo sistema de créditos que impone Bolonia pretende eliminar las diferencias entre estudiantes. No solo se valoran las horas de clase, sino también el trabajo del alumno en sus múltiples facetas. Es un trabajo más continuo, quizá más cargante, pero la comunidad lo valora en positivo.

“La beca Erasmus es sin duda lo que más me impresiona. Cuando mi padre estudiaba de España no se movía nadie” recuerda Teresa. Antes de Bolonia hubo vagos intentos de facilitar la movilidad entre los jóvenes europeos, ahora miles lo hacen cada año a más destinos que nunca. La idea de cohesionar a quienes estaban destinados a tomar las futuras decisiones en Europa ha funcionado casi a la perfección.

Los retos y el futuro de Bolonia

En las universidades se respira cierto olvido. Hay un “dejar hacer” importante, sobre todo porque tener un título ya no garantiza un trabajo estable y bien pagado. La “clase universitaria” no logra despegarse de la precariedad, al tiempo que la oferta académica corre por seguir adaptándose a unas necesidades laborales complejísimas.

La frustración de terminar una carrera y caer en la nada extiende una larga sombra. Aun así, con claroscuros, los logros están ahí: estudios más flexibles para no hincar codos eternamente, la posibilidad de optar por un segundo idioma, una orientación más práctica y, por supuesto, tener un verano en condiciones porque ya no existe septiembre.

Los problemas de la universidad española se enquistan. Cuanto más pasa el tiempo, más dolerá quitarse la costra. “El problema no es Bolonia como tal, sino como se ha implantado en España” dice Pablo Alcaraz. La particular forma de concebir la educación superior en nuestro país hace que sigamos muy anclados a la evaluación tradicional, “frente al aprendizaje por competencias, evaluamos el conocimiento mediante una prueba objetiva”.

Hay dos ejes, según él, sobre los que hay que actuar: eliminar las tasas en primera matrícula y que en las siguientes haya un precio adecuado a la renta; por otra parte establecer becas que permitan estudiar porque no solo cuesta la matrícula, cuesta la alimentación, el transporte, la vivienda.

El llamado ‘proceso’ de Bolonia se ha convertido en un consorcio del saber. Si antes el conocimiento lo albergaba el profesor magistral, ahora la universidad se ha abierto a todos los cauces de colaboración y de problemas. Hay empresas eligiendo asignaturas de grados, alumnos de todo el mundo que enriquecen el sistema, profesores que luchan por renovarse o por sobrevivir a la interinidad. El tajo al gasto público educativo no se ha revertido, de hecho, parece que a Bolonia le queda como un guante; y un sistema de becas mermado combate por suavizar el precio de la matrícula. El punto de inflexión está entre mantener las viejas calderas de carbón o elegir la electricidad. Uno es clásico y fiable, el otro limpio y moderno.

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