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Miércoles, 23 de Octubre de 2019

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María Hervás, la actriz que revienta etiquetas

La actriz vuelve al Pavón Teatro Kamikaze con el monólogo 'Iphigenia en Vallecas', que le valió el Premio Max a Mejor Actriz Protagonista y Mejor Espectáculo Revelación

La actriz María Hervás recibe el premio de la Unión de Actores a la Mejor Actriz Protagonista de Teatro por 'Iphigenia en Vallecas' /

Dice que desmiente las etiquetas que los demás le ponen sin darse cuenta, sin estrategia, y repite la palabra honestidad una y otra vez. Defiende lo comunitario y los afectos en una sociedad que califica de "neurótica". Admite que detrás de los personajes que interpreta y de la manera en que lo hace hay una decisión política y cree que a día de hoy "el sacrificio no lo tiene que seguir haciendo la clase obrera". El pasado mes de mayo subió al escenario del Teatro Calderón de Valladolid para recoger el Premio Max a Mejor Actriz Protagonista por su trabajo en 'Iphigenia en Vallecas' y le contó a media España que era actriz porque en un escenario sentía que existía y el mundo parecía tener sentido. Escribe poesía que no publicará nunca y planea dirigir una obra escrita por ella. Es una de las actrices más brillantes de su generación, aunque ella seguramente no se lo crea.  

¿Qué te interesó del personaje de Iphigenia, qué te importó de su peripecia vital?

Creo que es un personaje que opera todo el rato a la contra de lo que el espectador espera y me parece un reflejo de lo que sucede cotidianamente en la realidad, que tenemos prejuicios que nos hacen imaginar y generar hipótesis sobre cómo van a funcionar las personas ante las circunstancias que sean y al final se nos rompen por completo. El personaje de Iphigenia pensamos que lo conocemos desde el principio, pero el autor, Gary Owen, nos muestra al principio una parte de Ifi, que sería la correspondiente a la etiqueta que nosotros le pondríamos si nos cruzásemos con ella por la calle y, poco a poco, la va deconstruyendo, la va rompiendo.

¿Cuántas veces has reventado las etiquetas que te habían colocado a ti, previamente?

Yo creo que forma parte de mi actividad cotidiana, reventar etiquetas. El otro día, Israel Elejalde, hablando de mi discurso en los premios Max, me decía: joder tía, me sorprendió mucho lo desnuda que te mostraste, te expusiste muchísimo con ese discurso y yo creo que mucha gente pudo malinterpretarlo. Y yo: ¿en qué sentido? Cuando dices que a ti no te ve nadie por la calle, y lo dices con ese vestido amarillo 1,74 (de altura), unas sandalias, venga ya, tronca... Y yo dije, joder, Isra, jamás lo hubiera pensado, para nada iba por ahí mi discurso. Y me quedé tan pillada que me dijo, oye, a mí en la profesión nadie me ha hablado mal de ti porque creo que la gente ni te ubica, no sabe ni quién coño eres. Así que me imagino que, sin darme cuenta porque no es una cosa estratégica, voy reventando las etiquetas que se me van poniendo porque no me gusta tenerlas.

No es frecuente que una actriz suba a un escenario a recoger un premio y haga ese alarde de fragilidad y vulnerabilidad como el tuyo y convierta ese discurso en algo casi existencial, casi en una pregunta sobre su propio oficio...

Lo que nadie se cree es que fue improvisado, no imaginaba que (el premio Max) me lo fueran a dar a mí, y fui sin preparar nada. Creo que surgió de esa manera porque estoy conectada a la necesidad de estar en la existencia más presente. Creo que las poses que adquirimos todos día a día son necesarias en algún momento, pero en el escenario, si no te las quitas, es imposible la conexión con el público.

Dice el escritor rumano Mircea Cartarescu que sólo se siente vivo cuando escribe, que el resto del tiempo que ocupa en otras cosas le parece un tiempo perdido... ¿Tu trabajo como actriz te configura tanto como persona?

Siempre he intentado evitar autodefinirme a través de la profesión, pero me doy cuenta de que esa decisión me trasciende, en mi caso concreto va tan de la mano la profesión que he elegido con la manera con que he decidido mirar la vida que me imagino que sí, que en mi caso concreto me define mucho.

¿De qué manera cambia tu mirada sobre el mundo el hecho de ser actriz?

El hecho de ser la actriz que he decidido ser, claro, no ser actriz así, sin más. La mirada me la cambia en el sentido de que me compromete con la realidad propia y del otro, sin escapatoria posible. Siento que estamos desconectados, que hacemos un montón de cosas para hacer ver que nos conectamos constantemente, véase las redes sociales, WhatsApp, mil cosas... Pero tenemos una neurosis colectiva que nos hace huir constantemente de nuestras emociones porque estamos aterrados de enfrentarlas. Si en algún momento paro, literalmente, sin metáforas, stop, y no hago cosas de manera compulsiva, no miro el móvil, no trabajo, no leo, no veo cine, simplemente me paro y escucho lo que tengo que decirme a mí misma... Hostia, da mucho miedo. Porque a lo mejor tenemos que dejar los trabajos a los que nos dedicamos, incluida yo, y nos tenemos que ir a viajar por este mundo maravilloso, enamorarnos cien mil veces, bailar, bañarnos en todos los océanos... y dejar de ser enfermos de la producción que es a lo que nos lleva esta sociedad enferma, neurótica y neoliberal que es todo el rato deshumanizarnos para convertirnos en máquinas que producen y producen pero no tienen ni puta idea de lo que les está pasando.

¿Qué tipo de actriz has decidido ser y cuándo tomas esa decisión?

No creo que sea una persona especialmente decidida yo, ni que tenga planes a largo plazo. Creo que ha sido una suerte, una combinación de... ni siquiera tanto de decisiones personales, sino de cosas un poco random que han ido sucediendo en mi carrera. Lo que pasa es que, en otros niveles, podríamos llegar a investigar hasta qué punto las casualidades lo son o no, o cómo te vas posicionando con las decisiones pequeñas. Los tipos de lecturas que hago, las conversaciones que tengo con la gente en mi día a día, el discurso que emprendo hasta comprando el pan, la mirada que tengo del mundo, todo eso me ha ido posicionando en la línea de la actriz que soy hoy día. Que tiene que ver una actriz comprometida con lo social, con la honestidad, que no es tanto con la verdad, porque la verdad cada día cada vez creo menos en ella, de ningún tipo, y quien me habla de verdad me da susto. Creo que ese tipo de decisiones más personales de cómo enfrentar yo mi vida me han llevado a ser esta actriz que soy, pero no fue nunca una cosa de... sobre todo porque la industria no te lo permite, ya me gustaría poder decirte que quería ser una actriz intelectual y decidí... no, no, yo cogí lo que me vino e intenté hacerlo de la manera más honesta posible.

¿Quiénes son tus referentes, a qué tipo de actriz o de actor te gustaría parecerte con 70 años?

Soy patética para las entrevistas, me estoy dando cuenta, tenías que haber llamado a otra persona porque no te estoy dando nada interesante (risas). Es que cada día tengo menos ambiciones, tengo muchos sueños, no sé, pero intento estar más en (risas) en una técnica ancestral hawaiana que se llama Ho' oponopono que lo que dice es que tus deseos ni siquiera los conoces tú porque habitan en el espacio de lo inconsciente, y nos pensamos todo el rato que sabemos lo que queremos y vamos ahí, como toros embistiendo gente, tratando de conseguirlos y al final ni siquiera son los que queremos. Lo único que le pido a la vida últimamente es, por favor, llévame donde verdaderamente crees que tengo que estar. Así que no lo sé, no sé si quiero ser una actriz que con 90 años siga pisando los escenarios y haciendo que la gente se conmueva o, por contra, retirarme dentro de diez porque ha llegado un hombre maravilloso con el que hacer una familia extraordinaria en Filipinas. No tengo ni puta idea. Quiero seguir mirándome al espejo cada día y seguir pensando que no estoy fingiendo ser quien no soy. Y ya está.

Las obras que has hecho en los últimos años -Confesiones a Alá, Jauría e Iphigenia en Vallecas- son tres retratos de mujeres que conviven con la fragilidad y con la fortaleza, incluso la protagonista del juicio de La Manada, y creo que tras esos trabajos hay una decisión política muy evidente por tu parte...

Eso es verdad, es verdad. Lo que pasa es que podría contarte y escribir un libro sobre la fórmula de éxito pero no, lo que hice fue relajarme e intentar estar en consonancia con lo que siento y pienso. Sí, mis personajes son políticos, mis decisiones actorales que ni siquiera tienen que ver a veces con los personajes sino con cómo interpretarlos son decisiones políticas porque no hay nada que pueda alejarse de lo político siempre y cuando esté hecho en sociedad. Cualquier gesto, cualquier mirada es política porque es un símbolo de una ilusión comunitaria, de un mundo determinado. Si te miro y te escucho de una determinada manera y te hablo con un determinado afecto es porque estoy intentando configurar un mundo en el que se den esas miradas y esos afectos. Entonces, todo es político y mi manera de actuar es política e intento que sea la más honesta posible porque no quiero un mundo en el que me timen, en el que me manipulen y me digan ahora me voy a poner dramática para que llores en esta entrevista. No, yo quiero que tú decidas cuándo te emocionas y en el escenario lo hago igual. Y creo que sí, que el personaje de Jauría es tremendamente frágil pero tremendamente fuerte y no es casual que este caso concreto de La Manada haya generado jurisprudencia porque tiene mucho que ver con el carácter de la chica, con su firmeza.

¿Detrás de tus trabajos en televisión, en series de entretenimiento (Aquí no hay quien viva, El pueblo) existe también una decisión de hacer comedia y ganar una pasta en televisión y combinarlo con trabajos totalmente distintos en teatro?

Bueno, yo ese equilibrio lo llevo un poco peor, la verdad. Igual que el escritor que mencionabas, Cartarescu, que cuando no está escribiendo siente que está perdiendo el tiempo, a mí me pasa con la televisión, cuando la estoy grabando in situ, que siento muchas veces que estoy perdiendo el tiempo. Los procesos son muy largos, hay que colocar un montón de cámaras, de luces y al final el trabajo actoral se reduce casi a un ejercicio de marionetas en el que llegas, dices tu frase en la marca que te han dicho que tienes que decirla, mirando hacia donde tienes que decirlo... Y a mí todo esto me constriñe mucho y casi me genera lo contrario que el teatro. Esto me genera conflicto, lo que pasa es que quiero una casa con terraza, quiero cosas porque vivo en un sistema capitalista, quiero cosas para mi bienestar y para el de mis allegados. Y, además, también creo que es una bonita cura de humildad de decirte, oye, colega, que aquí todos tenemos que currar en cosas que a veces nos gustan más o menos, pero en el fondo soy una privilegiada e intento darle la vuelta y sí, lo tomas como un aprendizaje.

Creo que Iphigenia en Vallecas es una obra de teatro político, social y además es teatro del fracaso, pero tengo la sensación de que la figura del fracasado en el teatro, en el cine o en la televisión se trata de una manera muy estereotipada o se convierte en una figura con cierto glamour... El fracasado es un personaje con el que empatizamos porque siempre tiene algo atractivo, es carismático, es gracioso, es seductor y acaba siendo una especie de héroe, pero no hay una apuesta radical por mostrar el fracaso...

Hablándolo un día con Andrés Lima, al que admiro, llegamos a la conclusión de que hasta el propio dramaturgo, Gary Owen, se cagó al final de la obra. A Ifi le pasa una tragedia tremenda y tiene derecho a una compensación económica por parte del sistema y ella decide rechazarla en pos de un bien común porque sabe que si la coge va a debilitar el sistema sanitario y va a hacer que otra gente no pueda acceder a él. Me decía Andrés que su tragedia ya es la moneda de cambio, ya es lo que ella ha puesto para que el sistema siga funcionando. Si, además, su heroicidad es no coger ese dinero, de alguna manera sigues alimentando esa estructura social que es puta mierda. Lo más revolucionario, creíamos ese día tomando una caña Lima y yo, hubiera sido que cogiera esa compensación económica porque es lo que me debes, porque el sistema me lo debe.

No deja de ser un final romántico... Iphigenia es una desgraciada pero se sacrifica por todos nosotros

Totalmente, es un final romántico y fíjate que es nuestra obra, pero yo la he traducido de un tipo que es quien la ha escrito, no podía cambiarlo. Es un final que le viene perfecto a una sociedad como la nuestra, tremendamente capitalista porque nos hace resarcirnos. A través de ella vemos reflejada la parte de nosotros que no llevamos a cabo diariamente, y decimos, ah, vale, este es el tipo de sacrificios que deberíamos hacer para que todo funcionara y nos distrae de la verdadera revolución: el sacrificio no lo tiene que seguir haciendo la clase obrera, el sacrificio no lo tiene que seguir haciendo el soporte piramidal de las estructuras oligárquicas en las que nos seguimos moviendo. De esto no va la cosa, la verdadera revolución no va por ahí. Ifi, en ese sentido, es un poco tramposa. El teatro del fracaso, el cine del fracaso, el arte del fracaso es tan revolucionario que se da en los márgenes. Ojalá pudiera calificar a Ifi de revolucionaria, pero no lo es tanto. Lo revolucionario, una vez más, es la honestidad con la que yo puedo interpretarla porque creo que la honestidad es revolucionaria a día de hoy.

¿Cuándo vas a escribir?

Yo escribo todo el rato, lo que pasa es que no se lo enseño a nadie (Risas). ¿Cuándo voy a publicarlo o cuándo lo voy a montar? Pues para ser honesta, cuando pierda el miedo, lo primero. Y, lo segundo, cuando tenga tiempo. Pero creo que va un poco de la mano. Cuando pierda el miedo decidiré tener tiempo. Escritas hay ya un par de historias: Deseantes, que yo creo que es más interesante hacerlo película que obra y se rodaría muy fácil porque necesito una casa en la sierra y muchos actores, pero actores conozco y casa en la sierra algunos de ellos tienen. Y, en paralelo, 13.40, que no está terminada del todo pero le queda poco y me gustaría dirigirlo. Son cuatro personajes. Y escribo mucha poesía, pero sería incapaz de publicarla, pero tal vez escribiré alguna ficción algún día. Y hemos comprado los derechos con Kamikaze de una obra que, si todo va bien, dirigirá Miguel del Arco para la temporada próxima, no la que entra, y es un texto que en Londres lo ha petado y a mí me conmueve.

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