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Miércoles, 13 de Noviembre de 2019

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El sencillo acto con el que prevenir (o superar) el síndrome posvacacional

Más allá del cambio de horarios, en septiembre suelen aflorar temas pendientes

Con lo bien que se estaba en playa... /

Hasta hace pocas décadas casi nadie tenía síndrome posvacacional porque para ello es imprescindible haber tenido antes vacaciones. Unos días o más de un mes. En el pueblo de tus abuelos o en la otra punta del mundo. La cuestión es desconectar y pasarlo bien. Pero claro, ese periodo de felicidad puede tener un reverso tenebroso en el que lo de siempre se nos haga más duro de lo normal.

El síndrome vacacional no es un diagnóstico reconocido —como tal—por la comunidad científica, pero eso no quiere decir que no exista. “A veces, cuando la gente vuelve de vacaciones aumenta el estrés, la tristeza o el insomnio”, explica la psicóloga Georgina Burgos.

Síntomas que, por lo general, tienen mucho que ver con el cambio de dinámica. Pasar del descanso y la libertad a los horarios fijos —con sus correspondientes madrugones— es un proceso más bien poco agradable que puede requerir un cierto periodo de adaptación.

Los factores fisiológicos, pues, son determinantes. Pero “también intervienen factores psicológicos”, apunta Georgina Burgos. “Si me encanta mi trabajo, en los primeros días es probable que ya esté contenta. Pero si lo odio, me va a costar mucho más”.

¿Una cuestión de tiempo?

En cualquier caso, ¿a partir de cuándo deja de ser normal tener síndrome posvacacional? “La primera semana podemos pensar que va a ser más dura y la segunda ya nos vamos a ir adaptando. Pero si al cabo de dos meses sigues mal, deprimido y con insomnio, es recomendable ir a buscar ayuda porque probablemente te está pasando algo más”, señala la psicóloga. “Quizá tenga algo que ver con tu sensación de autorrealización o con tus metas vitales. Sea como sea, nuestras emociones son mensajes que convendría atender”

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La solución más obvia pasaría por volver a irse de vacaciones, pero como eso no suele ser possible, Burgos propone recurrir a un ritual de despedida: “Una cena especial o cualquier otra cosa con la que marcar el final de una etapa y el inicio de otra. Algo que nos ayude a comprender e integrar el cambio de realidad. A revisar lo bien que nos lo hemos pasado y a pensar en nuevas metas”.

Las formas de la tristeza

De todas formas, ¿la tristeza nos lleva al síndrome posvacacional o es este el que nos pone tristes? “No sabría decirte qué viene antes”, responde. “La tristeza es algo propio de cualquier pérdida. Pero hay una tristeza adaptativa, que es normal, y otra patológica o desadaptativa. Si es muy intensa y prolongada en el tiempo, ahí está pasando algo”.

Lo que está claro, según constata Burgos, es que en septiembre “florece la demanda de atención psicológica”. Algo que no necesariamente va ligado al síndrome vacacional, pero que sí tiene algo que ver con el hecho de que las vacaciones sean “un momento de entrar en contacto contigo mismo” en el que pueden brotar cuestiones eclipsadas que nos llevan a tomar decisiones pendientes.

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