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Martes, 12 de Noviembre de 2019

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Talibanes por la guerra y por la paz

Las amenazas de los talibanes surtieron efecto durante las elecciones presidenciales: apenas 2,6 millones de afganos, un 27% de los 9,6 millones registrados acudieron a votar

Una mujer con burka y una niña pasan por un muro con publicidad electoral del señor de la guerra Gulbudin Hekmatyar /

Las amenazas de los talibanes surtieron efecto durante las elecciones presidenciales: apenas 2,6 millones de afganos, un 27% de los 9,6 millones registrados (la mitad de los mayores de 18 años), acudieron a votar a pesar de que se abrieron el 94,7% de los casi 5.000 centros de votación, según la Comisión Electoral Independiente.

Un varapalo para los gobernantes afganos y para la comunidad internacional que sigue ejerciendo la tutela del país asiático. Un varapalo para la estabilidad de Afganistán, un país que mantiene unos índices de corrupción inaceptables para la mayoría de la población, cansada y decepcionada de sus políticos.

Con este resultado el presidente afgano, si consigue alcanzar la mayoría absoluta, llegaría a la presidencia con poco más de un millón de votos en un país de más de 37 millones de habitantes.

Aunque habrá que esperar hasta el 19 de octubre para tener resultados provisionales y más de cinco semanas para los oficiales, los talibanes han movido pieza en el tablero político afgano y se reúnen hoy con el gobierno pakistaní para plantear la reanudación de las conversaciones de paz directas entre este grupo fundamentalista radical y Estados Unidos, rotas hace un mes unilateralmente por el presidente estadounidense, Donald Trump, tras más de un año de contactos directos.

Talibanes por la guerra que debilitan al próximo gobierno de Afganistán tras el fracaso electoral del pasado sábado. Talibanes por la paz que buscan una nueva ronda de negociaciones directas con Estados Unidos, ninguneando al actual gobierno afgano.

Pakistán tiene una gran influencia sobre los talibanes: este movimiento formado por militantes mitad monjes, mitad soldados, fue creado por sus servicios secretos a principio de los años noventa. Y fue el primer estado que reconoció su régimen que gobernó sin piedad Afganistán durante el quinquenio 1996-2001.

Ciudadanos afganos esperan su turno para votar en Kabul durante las elecciones presidenciales / Gervasio Sánchez

La agencia EFE anunció ayer que un portavoz de la embajada estadounidense en Pakistán aseguró que el representante especial de Estados Unidos para la paz e interlocutor de los talibanes, Zalmay Khalilzad, estaba en Islamabad para mantener reuniones con el Gobierno paquistaní. Aunque no confirmó que se fuera a producir un encuentro con la delegación talibán, no sería raro que los pakistaníes lo consiguieran.

Mientras tanto, y como ya ocurrió en las anteriores elecciones presidenciales celebradas en abril de 2014 y en las que votaron siete millones de electores, el actual presidente afgano, Ashraf Ghani, y su primer ministro, Abdullah Abdullah, que volvían a competir en candidaturas diferentes, se declararon vencedores de las elecciones, un comportamiento que enturbia el ambiente de trabajo de las autoridades electorales y provoca tensiones innecesarias en un país golpeado por la guerra y la violencia desde hace cuatro décadas.

En 2014 las acusaciones de fraude realizadas por ambos políticos estuvieron a punto de provocar serios incidentes. La mediación de Estados Unidos obligó a formar un gobierno de coalición.

Otros seis candidatos presidenciales han anunciado su rechazo a los resultados electorales, sean cuales sean, y han denunciado numerosas irregularidades y la baja participación.

Este comportamiento irresponsable de la mayoría de su clase política coincide con una etapa muy crítica para Afganistán necesitado de un gobierno fuerte que pueda negociar con los insurgentes talibanes, que ya controlan amplias áreas en las zonas rurales y que mantienen en jaque a las fuerzas armadas afganas, que han sufrido 45.000 bajas mortales desde 2014, según reconoció el presidente Ashraf Ghani a principios de este año.

Y un gobierno fuerte que pueda plantear un estrategia de seguridad cuando Estados Unidos tiene como objetivo estratégico repatriar la mitad de sus 14.000 soldados desplegados en Afganistán lo antes posible y dedicar al resto de sus tropas a acciones de contraterrorismo durante un periodo que no supere los cinco años.

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