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Jueves, 21 de Noviembre de 2019

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30 años de espaldas al mundo

Sólo hay una forma de entrar en esta antigua provincia soviética: a través de una de las dos carreteras que la unen con Armenia. Pese al dinero aportado por la diáspora armenia están en muy mal estado y atraviesan una zona montañosa muy complicada por lo que el viaje entre las dos capitales lleva un mínimo de 5 horas. Si se pudiera usar el aeropuerto, que fue completamente renovado en 2010, ese trayecto se haría en sólo 45 minutos.

Aeropuerto de Stepanakert, en el que no pueden aterrizar aviones por las amenazas de Azerbaiyán /

El aislamiento que sufren los ciudadanos de Nagorno Karabaj tiene su origen en la guerra contra Azerbaiyán en 1991. Aquel año, en plena caída de la Unión Soviética, esta provincia de mayoría armenia (80% de la población), pero que había sido asignada por Stalin a la república azerí vecina, declaró su independencia. El enfrentamiento militar que arrancó entonces duró tres años, dejó entre 25.000 y 30.000 muertos, y cientos de miles de desplazados y refugiados. Se cerró con un frágil alto el fuego que obliga a las dos partes a mantener desplegadas tropas y misiles en la frontera. Éste es el único conflicto del mundo en el que una tregua no está supervisada por ningún organismo internacional. Cada cierto tiempo hay algún incidente en la línea de frente con el resultado de decenas de muertos al año, el último, un soldado azerbaiyano el pasado mes de septiembre.

Durante aquel conflicto el aeropuerto de Stepanakert, la capital, quedó muy dañado. El proceso de reconstrucción iniciado en 2008 duró algo más de dos años. La reapertura estaba prevista para el 9 de mayo de 2011, el día de la Fiesta Nacional, pero Azerbaiyán informó a las autoridades internacionales de que ése era su espacio aéreo y no podría garantizar la seguridad de ningún vuelo que pasara por allí. En Nagorno se interpreta ese mensaje como la amenaza de derribar cualquier avión que trate de aterrizar o despegar. “Son capaces de todo, no nos sorprendería que llegaran a disparar”, nos dice uno de los controladores aéreos que trabaja allí, aunque su actividad se limite a controlar los escasos vuelos de dos avionetas turísticas.

Interior del aeropuerto, donde todo está listo para empezar a funcionar / Rafa Panadero

Estas dos naves, y algún helicóptero oficial armenio, son las únicas que han podido usar las pistas desde su renovación porque al no volar a mucha altura no son detectadas por los radares de la república vecina. En total hay unos 15 trabajadores que mantienen su jornada diaria como si aquello estuviera a pleno rendimiento, y en contacto permanente con el aeropuerto de Erevan, la capital de Armenia. “Psicológicamente es duro, pero todos aquí estamos preparados para aguantar”, añade. Si el aeropuerto se pudiera usar, al margen de cualquier otra consideración política, se terminaría con lo que sus habitantes consideran un castigo colectivo impuesto por Azerbaiyán. “Abrirlo mejoraría nuestra vida diaria, es únicamente una cuestión humanitaria. Supondría un gran avance para el turismo, la atención médica, la economía… para todo”, plantea el subdirector técnico del aeropuerto.

Aspecto de las pistas de aterrizaje, desiertas, desde la torre de control / Rafa Panadero

A pocos kilómetros de la torre de control, en dirección a Stepanakert, está la empresa conservera Artsakh Fruit que da trabajo a entre 50 y 60 personas en función de la temporada. “Además del bloqueo para el transporte, sufrimos también la falta de información y de contacto con otros empresarios. No podemos ir a ferias o a congresos, como compañía no podemos salir de aquí” nos comenta Armen Saturian, que fundó esta compañía hace más de diez años. Apuestan por los cultivos ecológicos y el tratamiento casi artesanal de sus productos, desde nueces confitadas a doshab, una especie de jarabe de fruta natural típico de la región al que atribuyen poderes curativos frente a resfriados y asma. “Desde el comienzo nuestros productos gustaron y la empresa funciona muy bien, pero sólo podemos exportar a Rusia a través de Armenia”, se lamenta también el empresario. Su caso recuerda al de cualquier universitario que quiera completar sus estudios en el extranjero. Sólo si aparecen como matriculados en centros de Armenia, y con el pasaporte que también les facilita esa república, pueden optar a salir. “Con el reconocimiento todo sería diferente”, concluye Saturian. También lo sería para los bancos que operan aquí, que pese a nombres como Artsakh Bank, en realidad son armenios. Ésa es la única forma de que puedan realizar transferencias internacionales o aceptar el uso de tarjetas de crédito.

Interior de la fábrica de la empresa Artsakh Fruits, en las afueras de Stepanakert. / Rafa Panadero

La República de Nagorno Karabaj, Artsaj según el nombre tradicional adoptado como oficial en la reciente reforma constitucional, no ha sido reconocida por ningún estado. Ni siquiera por Armenia, de quien depende para casi todo, que sostiene que hacerlo podría complicar cualquier negociación internacional sobre el futuro del territorio. Ese aislamiento afecta también al trabajo de Halo Trust, una ONG que se dedica a localizar y desactivar minas, y que junto a Cruz Roja es la única que se mantiene activa sobre el terreno. “En un lugar como éste, no reconocido por nadie, es extremadamente complicado conseguir financiación, ahora mismo el único gobierno que aporta es del de Estados Unidos”, nos explica Amasia Zargarian, gerente de subvenciones y desarrollo de la organización. También en esto se nota la excepcionalidad de la situación que vive este territorio: “Con ese dinero sólo podemos actuar dentro del límite de lo que era la provincia en tiempos de la Unión Soviética, y es fácil de imaginar que a menudo un campo de minas cae a un lado y al otro de ese límite”.

En los años de la guerra los combatientes no llevaban registro del lugar donde colocaban las minas, con lo que “a menudo ahora las localizamos después de accidentes que sufren animales o niños que simplemente pasan por un campo”, comenta Zargarian en una sala de reuniones donde cuelgan las fotos de tres de sus trabajadores, locales como la mayoría, muertos en 2018 cuando una mina anticarro explotó al paso del vehículo en el que viajaban. En esta región hay más accidentes con minas por personas que en ningún otro lugar del mundo. Desde el alto el fuego de 1995 han muerto víctimas de alguna mina abandonada más de 380 civiles, de los que una cuarta parte eran niños. En los últimos 20 años Halo Trust ha desactivado más de 11.600 minas y casi 6.000 hectáreas en un territorio que ocupa aproximadamente lo mismo que la región de Murcia y en el que viven menos de 150.000 personas, más de la tercera parte en la capital.

Placa en recuerdo de algunos de los trabajadores de Halo Trust fallecidos mientras realizaban actividades de desminado. / Rafa Panadero

El caso de Halo Trust es un buen ejemplo de lo complicada que puede resultar la cooperación internacional, pero aquí están acostumbrados a buscar soluciones. El pasado 11 de octubre el Foro Amigos de Artsaj reunió en la capital a representantes de ciudades, provincias y estados de más de 20 países con los que ya están en marcha distintos proyectos de colaboración. Sin abandonar el sueño del reconocimiento internacional, por el que llevan luchando desde hace 30 años, el encuentro se cerró con un comunicado en el que piden a la Comunidad Internacional medidas concretas para romper un aislamiento que mantiene a Nagorno Karabaj de espaldas al mundo desde hace casi 30 años.

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