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, 11 de de 2019

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Hay vida en (casi) todos los rincones del planeta

Hasta hace poco se pensaba que la vida existía en todos los rincones del planeta. Hay, al menos, una excepción

La depresión de Danakil (Etiopía), uno de los lugares más calientes e inhóspitos de la Tierra. /

Allí donde se ha buscado vida en nuestro planeta, se ha encontrado. La única excepción a la norma se encontraba este año en las charcas de Dallol, en la depresión de Danakil (Etiopía).

Se han hallado bacterias en lagos en la Antártida que se encuentran bajo una capa de hielo de 800 metros de espesor. Ahora las buscan también bajo el hielo, a mayor profundidad aún. A la luz de los antecedentes, lo más probable es que las encuentren.

Los llamados organismos psicrofílicos pueden sobrevivir, crecer y reproducirse a temperaturas inferiores a 15 ⁰C bajo cero. Así, los encontramos en suelos congelados, en el interior del hielo de glaciares y en aguas marinas extremadamente frías.

También se han encontrado microorganismos a temperaturas superiores a 100 ⁰C. Los ejemplos más extremos son, quizás, las arqueas Methanopyrus kandleri, que vive a 110 ⁰C en fumarolas hidrotermales del Golfo de California y ha sido cultivada a 122 ⁰C en el laboratorio. También Geogemma barosii, que crece y se reproduce a 121 ⁰C.

El río Tinto en la provincia de Huelva. / Geography Photos/Universal Images Group via Getty Images

Las arqueas del género Pyrococcus no solo abundan en fumarolas: también se han encontrado en la fosa de las Marianas, el enclave más profundo del planeta, donde la presión supera los 1000 bares. A estos microorganismos los llamamos barófilos o piezófilos. No son los únicos, también hay bacterias capaces de soportar presiones enormes.

Otras arqueas toleran altísimas concentraciones salinas. Las Halobacteriáceas (una familia de arqueas) se caracterizan por tolerar condiciones extremas. La mayor parte vive en lagos hipersalinos, a concentraciones que van desde el 10 % de sal hasta la sobresaturación, condiciones bajo las que la sal precipita.

Los organismos que se exponen a altas concentraciones de sal pueden desecarse, pues el agua tiende a fluir hacia el exterior por ósmosis. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se sumerge una pieza de carne o de pescado en salmuera para después conservarla mejor. Algunas cianobacterias del género Chroococcidiopsis toleran la desecación extrema, y son capaces de vivir en zonas tan secas como el desierto de Atacama, al norte de Chile, el lugar más árido del planeta.

Microorganismos como las bacterias Deinococcus radiodurans y Rubrobacter radiotolerans toleran altísimas dosis de radiaciones ionizantes, por encima de 1 500 grays. Al parecer, su tolerancia a la radiación está relacionada con la resistencia a la desecación. Por su parte, la arquea Thermococcus gammatolerans, el microorganismo conocido que mayores dosis de radiación ionizante tolera, fue aislada en una fumarola submarina al oeste de California.

Uno de los enclaves que cabría considerar más hostiles a la vida es el río Tinto. Sus aguas discurren por la denominada faja pirítica ibérica, una amplia zona en el sudoeste peninsular con una alta concentración de sulfuros polimetálicos. En vez de utilizar la luz como hacen las plantas, allí habitan unas pocas especies de bacterias y arqueas que obtienen su energía de compuestos inorgánicos. Son lo que se denomina organismos quimiolitotrofos.

Gracias a la gran abundancia de sulfuro de hierro (II), las comunidades microbianas oxidan los iones sulfuro y hierro (II), produciendo ácido sulfúrico y hierro (III), lo que da lugar a una gran acidez en el medio. El pH se encuentra entre 2 y 2,5. Lo curioso es que son muy pocas las bacterias y arqueas que toleran esa acidez, pero muchas las especies de algas y hongos unicelulares que viven en esas aguas.

Siempre hemos tratado de buscar y conocer los límites de la vida. Nos interesan, entre otras cosas, porque esas condiciones quizás sean las que albergan la vida en otros mundos. El límite en nuestro planeta parece estar, de momento, en Etiopía.The Conversation

Juan Ignacio Pérez Iglesias, Catedrático de Fisiología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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