Miércoles, 05 de Agosto de 2020

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Alberto Soler: "El castigo a los niños es algo muy frecuente aún pese a las evidencias del daño que provoca"

El libro 'Niños sin etiquetas', de Alberto Soler y Concepción Roger, repasa los hitos actuales de la crianza y los errores más habituales

El castigo a los niños continúa siendo algo frecuente.

El castigo a los niños continúa siendo algo frecuente. / GETTY IMAGES

Si no para quieto, es nervioso. Si se mueve poco, es bueno. Si pregunta mucho, es pesado. Etiquetar a las personas es lo fácil. Los prejuicios a veces mandan y en el caso de los niños es un terreno abonado porque lo tienen más complicado para defenderse. Sus herramientas van por otros derroteros.

¿Somos capaces de no juzgar? ¿De acercarnos a los niños (y a los adultos) sin prejuicios? ¿De descubrir quienes son realmente y no condicionarles con nuestros adjetivos?  Es la propuesta que hacen Alberto Soler y Concepción Roger en su libro 'Niños sin etiquetas' (Paidós)

¿Qué queréis decir con que la realidad se construye? En los primeros capítulos relatáis una serie de experimentos que demuestran el poder pernicioso o no (depende de las expectativas) de las etiquetas.

El mundo es muy complejo, contiene gran cantidad de información que el cerebro no es capaz de procesar de manera completa, con lo que tiene que seleccionar, filtrar la información. Pero ese proceso de filtrado no es objetivo, sino que será uno u otro dependiendo de cada persona. Cuando percibimos el mundo asumimos lo que para nosotros es 'la realidad' en función de la información que filtramos, nuestras expectativas, nuestra historia personal, etc. Lo vemos desde nuestro punto de vista y con el color de nuestras gafas. Así, no podríamos hablar de una única realidad, porque cada observador 'pone de su cosecha' en el proceso de percepción y procesamiento de la información. Ante unos mismos hechos dos personas pueden tener percepciones, interpretaciones y reacciones muy diferentes.

El poder de las expectativas, ¿cómo de importantes son respecto a la crianza y a la educación?

Las expectativas son muy importantes en la crianza y la educación, porque en función de qué esperemos, de qué consideremos que es normal o no, actuaremos de un modo u otro. Por ejemplo, imaginemos que nos hubieran hecho creer que los bebés con cuatro meses deberían controlar esfínteres. Esa sería nuestra expectativa. ¿Y qué ocurrirá cuando nos demos cuenta que nuestro bebé no es capaz? Entonces vendrán las dudas, ¿estará enfermo?, ¿habré hecho algo mal?, ¿me estará desafiando?, ¿qué querrá decirme con esta actitud rebelde? Las expectativas que tenemos lo condicionan todo. Quizá, en ese caso, fuéramos al médico para que viera qué le sucede, quizá le castigaríamos por desafiarnos de esa manera, quizá nos sentiríamos culpables por no haber sabido manejar la situación. Todo por las expectativas que teníamos. Este ejemplo es una exageración obviamente, pero si en vez de pensar en el control de esfínteres, pensemos en otros asuntos: ¿a qué edad debería dormir solo?, ¿cuándo debería saber tolerar la frustración?, ¿y calmarse solo?, ¿cómo debería comer?, ¿o aceptar separarse durante un tiempo de sus padres? En función de lo que esperemos, haremos.

¿Qué papel juega la confianza en la relación con los hijos? ¿Qué elementos sustentan esa confianza y cómo debe ser?

Para ayudarles a ser personas cada vez más autónomas es esencial que confiemos en ellas. En ocasiones las dificultades que encuentran las familias en temas relacionados con la autonomía de sus criaturas tiene mucho que ver con la falta de confianza que tienen en sus capacidades. Cada persona es distinta, por supuesto, pero si no confiamos en que será capaz de enfrentarse y resolver determinados asuntos del día a día, no le vamos a permitir exponerse a esas situaciones, con lo que vamos a limitar los ensayos, las experiencias de éxito que habrían podido experimentar, y el aumento de la sensación de competencia, autoeficacia y autoestima resultantes. Formándose un círculo vicioso que se retroalimenta. No me dejan intentarlo porque piensan que no puedo y como no lo intento no puedo. Cuando confiamos en ellos solemos sorprendernos de lo que son capaces.

Tratamos diferente según las expectativas. ¿Qué significa el concepto de profecía autocumplida?

A veces las expectativas que tenemos acerca de algo o alguien acaban influyendo directamente en los resultados que observamos, y podríamos incluso decir que esas expectativas «se han hecho realidad». Esto recibe muchos nombres, profecía autocumplida, efecto Rosenthall o efecto Pigmalión. Rosenthal y Jacobson hicieron un experimento muy curioso en los años 60 en los que entregaron informes falsos sobre la inteligencia de algunos alumnos a sus profesores, en los que les advertían de que estos alumnos eran mucho más inteligentes y capaces que la media, y que podían esperar mucho de ellos, cuando las pruebas mostraban que esto no era así. Al final del curso, al medir de nuevo la inteligencia de todos los estudiantes, descubrieron que esos alumnos, efectivamente mostraban mayores puntuaciones de CI. Esto ocurrió porque las expectativas manipuladas que tenían los docentes les llevaron a darles un trato diferenciado: les preguntaban más, les daban más oportunidades de respuesta, mantenían más contacto ocular con ellos... En definitiva, les estimulaban más y les daban más y mejores oportunidades. Estas expectativas acabaron convirtiéndose en realidad. Esto ejemplifica el efecto de nuestras expectativas en la conducta de los demás. Funciona igual con nosotros mismos. Si creo que puedo hacer algo, probablemente lo consiga. Tardaré más o menos, me costará más o menos, pero lo persistiré hasta conseguirlo. Sí pienso que no soy capaz es casi seguro que no lo conseguiré, para empezar porque probablemente ni si quiera lo intente.

¿Hay niños buenos y malos? ¿Qué queremos decir al referirnos así?

Nos gusta decir que no existen los niños buenos ni los niños malos. Los niños son niños, y a veces se comportan de forma que nos gusta o nos resulta más cómoda, y a veces se comportan de forma que nos puede molestar o gustar menos. A veces juegan, a veces ríen, gritan, saltan, hacen ruido, trastadas... Pero no deja de ser curioso que, prácticamente desde antes de salir del hospital ya nos refiramos e ellos en estos términos. Bueno o malo son atributos morales que están fuera de lugar en estos debates ¿cómo puede ser malo un bebé recién nacido? Lo que ocurre es que vivimos en una sociedad que se mueve muy rápido y que es muy hostil hacia la infancia y la crianza. Tenemos dificultades de conciliación laboral, problemas económicos, de movilidad... Una familia con hijos no suele ser autosuficiente, requiere de guarderías, extraescolares, familiares, cuidadores, etc. solo para poder llevar adelante el día a día. En este contexto, en el que más que de conciliación deberíamos hablar de yincana, el niño más demandante, el más movido, el que protesta, que hace oír su voz, que no acepta las cosas por que sí, es etiquetado como "malo". Y el que parece que ni siquiera esté ahí, ese es bueno. Quizá deberíamos cambiar este concepto.

¿Qué entendemos por castigo en la actualidad? ¿La practicamos? ¿Qué consecuencias puede tener?

Sí, el castigo es algo muy frecuente todavía pese a las evidencias que indican que es algo pernicioso para el desarrollo de las criaturas. Nos lo podemos montar como queramos, pero realmente el castigo suele referirse a hacer daño físico o emocional a otra persona para que escarmiente y no repita lo que no nos gusta. Es como una pequeña venganza. Aparte de que esto nos parezca mejor o peor, el problema es que aunque a corto plazo pueda parecer efectivo, a largo plazo hace más daño que bien: genera emociones negativas, daña la relación, genera un modelo negativo de conducta, disminuye conductas positivas e incrementa otras conductas negativas... Y al final, el niño lo que aprende es a hacer lo que le de la gana, pero evitando que le pillen. Le estamos enseñando a evitar el castigo, no a comportarse de forma correcta.

¿Qué se nos suele olvidar a la hora de criar?

Con este libro nos gustaría contribuir a que seamos más cuidadosos y respetuosos cuando nos comunicamos con los niños o cuando hablamos de ellos, así como poner el foco en la importancia de cuidar el clima y las relaciones en casa. La amabilidad, el buen trato, atender a sus necesidades y derechos, tenerles en cuenta, dejarles participar... son aspectos de la relación con la infancia que, en ocasiones, pasamos por alto y que hay que tener muy presentes. Tratar de recordar lo que es ser niño y ponernos un poco en su lugar, sin duda ayuda a lograrlo.

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