Martes, 11 de Agosto de 2020

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Deborah Feldman, la sobrecogedora historia real detrás del éxito de Netflix, 'Unorthodox'

La escritora Deborah Feldman publicó en 2012 'Unorthodox', un libro donde plasmaba su expleriencia al huir de una comunidad ultraortodoxa de Nueva York, que ahora se edita en España tras el éxito de la adaptación a serie de televisión

Imagen de la escritora Deborah Feldman, autora de la novela Unorthodox

Imagen de la escritora Deborah Feldman, autora de la novela Unorthodox / CEDIDA

En plena pandemia, una miniserie de solo cuatro capítulos en Netflix se convirtió en un éxito viral, gracias al algoritmo o la potencia de la historia que contaba. Lo cierto es que Unorthodox estaba basada en un hecho real y contaba la vida dentro de una comunidad ultraortodoxa judía en el barrio más hipster de Nueva York, Williamsburg. Hasta el momento, solo la ficción israelí había contado las controversias de esta comunidad en el cine y, nunca de esa manera tan crítica.

La serie adapta las memorias de Deborah Feldman, una joven judía que huyó de esa comunidad con dieciocho años y que, tiempo después, lo contó en un libro que tuvo mucho éxito en el mercado anglosajón. Ahora la historia literaria se publica en nuestro país, Unhorthodox, Mi verdadera historia (Lumen) y, por eso, hemos charlado con la autora y alma máter de la serie.

¿Ha quedado contenta con el resultado de la serie? ¿Cómo ha sido ver su historia convertida en un fenómeno viral en Netflix?

En 2012 cuando se publicó el libro, nadie esperaba que el libro tuviera éxito. Todo fue muy pequeño, y vendimos todo el día de publicación. En aquel momento, me sobrepasó todo aquello. Sin embargo, la serie Unorthodox no es mi historia, no al menos en la medida en que lo es la del libro. Es una especie de recreación de la historia que ha sido traducida a otro lenguaje, que tiene mucha dimensión, llega a gente a la que no llega el libro. Ha sido creada por varios artistas, la mayoría mujeres, la mayoría judías. La reacción a ese producto se responde como equipo, no tanto a un artista en particular, como me ocurría a mí. Tienes a Netflix invirtiendo en algo que es muy local, un producto pequeño y, de repente, explota, gracias al algoritmo y es un fenómeno.

¿Cómo lo vive una escritora refugiada en Berlín?

Y es raro porque para ti es un proyecto tan pequeño, tan íntimo, que de repente tiene una dimensión enorme y hay mucha gente conmovida por la serie. De alguna manera has visto cómo la serie pasa de festival en festival, aparece en todos los medios, hay premiers y estrenos, pero ese éxito no es tan tuyo porque sigues en una habitación haciendo entrevistas por Zoom, como cualquier otro escritor.

Cuando empezó a escribir su historia, ¿qué buscaba? ¿conectar con otras mujeres judías? ¿denunciar una situación o era más bien un desahogo de una situación tan difícil como la suya?

Los escritores no escriben para ser famosos, ni siquiera escribimos para tener feedback con los lectores. Creo que lo más difícil para un escritor es expresarnos, para conectar con nosotros y para aislarnos de los demás, ya que lo que hacen los lectores es coger la historia y hacerla suya. De hecho, la serie ha sido posible porque una mujer lo leyó y quiso hacer suya la historia. Es una manera de aislarte del feedback de otros, más bien. Cuando escribí mi historia había parte de eso. De alguna manera, dando mi historia a la serie, haciendo que la actriz interpretara mi personaje es mi historia, pero no lo es a la vez. Ella no soy yo, porque ella es un personaje que pertenece a la gente y cada mujer se siente identificada de una manera con ella. Eso es fácil para mí.

Usted retrata su salida de la comunidad ultraortodoxa de Williamsbug, Nueva York, hace unos años, cuando era adolescente, ¿tiene la sensación ahora con las nuevas tecnologías de que todo ha cambiado? ¿Es más fácil salir de ahí para las jóvenes de hoy? ¿Qué aporta la tecnología en este caso?

La última década ha supuesto un gran cambio, sobre todo para la gente que ha decidido dejar la comunidad. Cuando era joven solo se conocía el nombre de tres personas que habían salido, cuando me marché ya era un grupo de 50 personas, todos conocidos con nombres y apellido. Ahora mismo es imposible seguir la cuenta y en eso tiene un peso específico la tecnología. Pero ese cambio también es de doble sentido, por un lado la tecnología ha implementado la libertad, pero también el fundamentalismo. La tecnología ha hecho que las barreras entre ambos mundos sean más pobres y ha abierto esas barreras para quien necesitaba que fueran abiertas. Algunos piensan que nos prohíbe vivir en libertad, es el precio que tienes que pagar por la libertad. Eso es parte del conflicto entre modernidad y tradición que está establecido en esa comunidad.

Entiendo que es más fácil si eres hombre que siendo mujer...

Entre la gente que ha salido de la comunidad, la mayoría son hombres y lo siguen siendo. Es mucho más fácil estructuralmente para ellos dejarlo todo, por muchas razones. Si echas un vistazo a la literatura que hay sobre cómo salir de las comunidades ultraortodoxas, todos son hombres y tienen en común algo intelectual, como es la crisis de fe. Rechazas la comunidad porque rechazan la fe. Por eso me fascina el contraste con las mujeres con las que he hablado destacan que se van por seguridad, por su seguridad y por la de sus hijos. No tienen el privilegio de poder permitirse tener una crisis de fe, de poder tener una crisis intelectual. Eso es un lujo para ellas, pero eso no significa que no puedan tener un proceso intelectual, es simplemente que es la falta de seguridad para ellas mismas las que las lleva a dar el salto. Eso explica por qué los hombres han reflexionado más sobre ello y también porque tienen más posibilidad de volver a la comunidad, o de por qué es más fácil para ellos vivir en los márgenes. Lo vemos en la serie con el personaje del primo Moshes. Para las mujeres estas no son opciones disponibles.

Esa doble penalización por ser mujer es muy común en otras zonas, en otras religiones y en otras comunidades, hay algo de idiosincrásico en su relato, pero a la vez universa, ¿era consciente de ello al escribirlo o lo ha sido ahora con el éxito de la novela y la serie?

Desde el principio, cuando se publicó el libro, con el éxito inesperado, descubrimos que era algo muy universal, porque permitía entender la situación de muchas mujeres en todo el mundo.

También es universal que haya mujeres que perpetúen el machismo, como vemos en el caso de algunas mujeres ortodoxas...

Para mí, haber confrontado la historia de la misoginia, del patriarcado, me ha hecho ver claro que la misoginia es una herramienta creada para mantener la estructura social inamovible. Algo que en los orígenes de la historia pudo ser algo para la supervivencia, ahora con todo el progreso de los valores y la civilización, seguimos insistiendo en perpetuarla. De modo que la misoginia ha pasado de ser constructiva para la supervivencia a ser destructiva.

¿Y qué papel juegan ahí las historias, las series o las novelas como la suya?

Las narraciones han tenido una importancia tremenda en las sociedades y han perpetuado todo eso. Incluso para las personas en desventaja en esas historias es muy difícil abandonarlas y crear una narrativa nueva. Por lo que acaban encontrando un espacio en esa narrativa y sobreviven ahí. De modo que las mujeres, cooperan consciente o inconscientemente con el patriarcado, como una manera de sobrevivir en una sociedad así. Creemos que queremos cambiar, pero no sabemos cómo hacerlo, seguimos buscando. Es difícil cambiar todo eso en una misma narrativa, por eso necesitamos nuevas narrativas.

La suya es también una historia sobre la identidad, sobre si se es mujer o se es judía antes, sobre qué ser. Me pregunto si en esto tuvo que ver la elección de Berlín como ciudad en la que empezar de cero y si el tema de la identidad es más difícil que la propia huida...

Berlín ha sido la ciudad que me ha dado la identidad que tengo ahora. Es importante explicar que cuando sales de una comunidad, como la mía, lo pierdes todo y eso implica que te pierdes a ti misma, porque la comunidad implica cada aspecto de ti misma, físico o psicológica. Eso es muy difícil de entender y lo más difícil de manejar, que ya no tienes identidad. Es bastante doloroso. Obviamente buscaba cualquier cosa que me diera algo de identidad, y eso era difícil de encontrar en América; así que busqué en Europa. Y haciendo un viaje siguiendo los pasos que había dado mi abuela, pensé en Berlín. En términos de identidad, la ciudad me ofrecía muchas cosas en diferentes niveles.

¿Cómo cuáles?

Por un lado, que había sido lugar de diáspora para los que salían de las comunidades ultraortodoxas y había acogido a gente que cuestionaba esa ortodoxia, como Spinoza. Después porque fue un lugar de encuentro entre filósofos judíos que se cuestionaban todo. Son ejemplos de gente que abandonó la ortodoxia y se convirtió al catolicismo y eso fue un camino muy duro. Berlín ha desempeñado un papel muy importante en esa tradición, porque ha sido un lugar donde se han garantizado las libertades, porque me ha dado la oportunidad de ser un lugar de conexión para mi identidad. Berlín también tiene una relación curiosa con la memoria, no rompe con el pasado. Es una ciudad muy contemporánea, que se reinventa continuamente reflexionado sobre las convenciones del pasado y el presente y, al mismo tiempo, se alimenta de la memoria. Es una cita que no se siente amenazada por la memoria en este tiempo. Yo me sentí muy sola en América, mis abuelos estaban allí y no podía encontrar a nadie de mi generación que pudiera entender mis problemas y preocupaciones y en Berlín no era así, porque todo el mundo tiene esas preocupaciones. Era como estar en casa. Berlín rechaza todas las convenciones del capitalismo, de alguna manera rechaza los valores de occidente: fama, éxito, dinero, posesiones… no les importan tanto como la integridad, la solidaridad, el progreso, y los derechos humanos. Igual suena raro, pero cuando te has criado en un mundo con tantos valores espirituales, los valores capitalistas te dejan fría. Para reemplazar esos valores espirituales encontré unos valores humanistas en Berlín.

 

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