Sábado, 16 de Enero de 2021

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La cafetería madrileña que abrió en lo peor de la segunda ola y ya es un lugar de culto con colas a diario

Conscientes de la dureza de los últimos meses, Gerson y Lizzeht querían crear un lugar especial lleno de luz y buen rollo capaz de hacer sentir lo mejor posible en estos tiempos convulsos

Colas a la entrada de la cafetería Cocomoca.

Colas a la entrada de la cafetería Cocomoca. / CADENA SER

El número 49 del madrileño Paseo de las Acacias ha visto pasar muchos negocios de hostelería, la mayoría de ellos con escaso éxito, problema agravado tras la desaparición del estadio Vicente Calderón, que los días de partido era un impulso económico para la zona. Sin embargo, cuando nadie lo esperaba, en medio de una pandemia y entre confinamientos, ha surgido un modelo de negocio adaptado a la época que tiene colas a diario y se ha convertido en un lugar de culto para tomar algo dulce y, de paso, subir una foto a las redes sociales

A Gerson Ramírez y a su hermana Lizzeht les ha tocado el Gordo antes de que se celebre el Sorteo de la Lotería de Navidad. Su cafetería Cocomoca, abierta el 1 de noviembre en Madrid e ideada en pleno confinamiento, es un éxito de público. Lo habitual es que haya al menos 10 personas haciendo cola para entrar en un mundo de rosa y fantasía cuyo diseño compite en dulzor con las porciones de tarta y los cafés con nata y toppings que sirve. Los fines de semana la cola dobla la esquina de la manzana.

"No vendemos solo café, vendemos el momento. Lo teníamos muy claro tras unos meses en casa sin poder salir, todo era lúgubre, apagado, triste y necesitábamos sentir que salíamos de eso. Experiencias con buen felling. Ir a un lugar especial a tomar un café con tartas,  sillas, mesas y vajillas también especiales. Nos inspiramos en parte en los salones que salen en las revistas. Queremos ser la cafetería más bonita de Madrid", explica Gerson, de 28 años, seis menos que su socia y hermana.

Gerson, en el interior del local. / Joaquín Rivero

Los dos se pasaron la cuarentena diseñando el proyecto junto a Joaquín Rivero con la premisa de que todo tenía que ser singular y dar buen rollo. Le presentaron el proyecto a su madre para que apoyara la inversión. No lo acababa de ver claro, pero el entusiasmo y las ideas claras de los hijos acabaron por convencerla. "Antes teníamos en el local un restaurante de comida mediterránea, pero decidimos cambiar", cuenta Gerson, cuya familia tiene varios negocios de hostelería.

Dicho y hecho. Seis meses de planificación y dos de obras en el local de 140 metros cuadrados diseñados para la nueva normalidad. "Mantenemos las distancias en la distribución del mobiliario. Ya nació así. No hay que reestructurar para los aforos", aclara.

Pastelería en la cafetería. / Joaquín Rivero

Gerson confiesa que les ha sorprendido el éxito y lo explica por el deseo de salir del túnel negro de la pandemia y rodearse de algo de luz. De rosas y dorados capaces de inspirar un mundo mejor.  Imaginaba que el flujo de clientes actual se produciría en el plazo de un año. La inusitada aceptación les obliga a acelerar algunos planes y ya andan diseñando el segundo local, cuya ubicación también será céntrica. Tiovivos y unicornios buscan su lugar en el futuro espacio.

En el actual, rosas y hortensias preservadas, de tela o de plástico se disponen en paredes y techos (abstenerse minimalistas) utilizadas con fruición por instagramers como escenario. "El sofá es lo que más éxito tiene. Una vez un grupo estuvo el día entero. Desde que abrimos hasta que cerramos", explica. El nombre de Cocomoca tiene historia. Cuando eran pequeños, los cuatro hermanos compartían en Honduras un libro protagonizado por Coco que se encontraba con el resto de personajes en la cafetería Moca. La lectura fue premonitoria.

Confían en recuperar la inversión en un par de años en lugar de en los cuatro previstos. Tienen en plantilla a seis personas: cuatro camareros, dos encargados de redes sociales y otras dos de la gestión. Gerson se pasa el día en Cocomoca. Limpia, sirve cafés y tartas, y lo haga falta: "Es la forma de aprender. Hay que estar ahí. Ver los errores de gestión. Conocer qué quiere la gente". Parece que, por ahora, lo sabe perfectamente.

Interior de la cafetería. / Joaquín Rivero

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