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Donald Trump

EE UU entrega el poder al populista Trump y entierra el legado de Obama

La victoria del magnate dispara la incertidumbre mundial y hunde las bolsas y el peso mexicano

El primer discurso de Donald Trump ha sido más moderado y conciliador de lo habitual / ATLAS

El excéntrico multimillonario Donald Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos. Los votantes, en una nueva bofetada a las encuestas, han decidido dar un volantazo a las políticas aplicadas en el país durante los últimos ocho años, enterrar el legado de Barack Obama y entregar el poder a un candidato cuyas banderas son el proteccionismo, el nacionalismo populista, la expulsión de 11 millones de inmigrantes sin papeles y la construcción de un muro de más de 3.000 kilómetros en la frontera con México.

Clinton gana en voto popular

El republicano Donald Trump es el presidente de Estados Unidos habiendo logrado menos votos que la demócrata Hillary Clinton. El sistema electoral norteamericano prioriza el voto electoral por encima del popular, lo que significa que en estas presidenciales de 2016 se repite lo que ya le pasó a Al Gore hace 16 años.

Los electores han pasado por alto los episodios racistas, islamófobos y machistas del candidato republicano, las certezas de que no paga todos los impuestos que debe y sus acusaciones sobre supuestos amaños electorales. Al mismo tiempo, los estadounidenses han vuelto la cara a Hillary Clinton, una candidata que nunca despertó entusiasmo ni se deshizo de su imagen de persona no fiable. Las elecciones en Estados Unidos dejan además un país partido en dos mitades antagónicas en lo político.

Trump ha ganado en los estados clave de Florida, Carolina del Norte, Ohio, Pensilvania, Iowa, Wisconsin y Michigan, que incluyen zonas industriales y urbanas hasta ahora bastiones demócratas. En Florida, siempre mirada con lupa en cada cita electoral, Clinton únicamente ha ganado en las áreas más urbanas, como Miami Dade, Orlando, Tampa y Tallahassee. El magnate no ha fallado en los estados del interior y del sur, tradicionales feudos republicanos. El Great Old Party ha asaltado el bastión demócrata que hasta hoy constituían los territorios del noreste del país y deja noqueado al partido de la oposición al mantener con mano de hierro el control de la Cámara de Representantes y el Senado. Donald Trump tiene garantizados al menos dos años de tranquilidad legislativa absoluta. Los hombres y mujeres blancos se han movilizado mayoritariamente en favor del ganador. Los negros y los hispanos han apoyado a Hillary Clinton, aunque más moderadamente.

Los inesperados resultados de las elecciones en Estados Unidos han provocado la caída en picado del peso mexicano, que ha alcanzado su mínimo histórico frente al dólar. El candidato republicano prometió mano dura contra la inmigración ilegal y la construcción de un muro en la frontera sur del país desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México sufragado por sus vecinos. Los mercados asiáticos, en plena sesión durante el recuento electoral en Estados Unidos, han sufrido fortísimas caídas. El precio del oro, tradicional valor refugio, se ha disparado.

La victoria de Donald Trump supone una enmienda a la totalidad a las políticas que Barack Obama ha desarrollado durante sus ocho años en el poder. De hecho, el republicano se presentó ante los electores como el candidato anti-Obama. Los planes económicos, los intentos de desarrollar en el país algo parecido a una sanidad pública y la apuesta por el multilateralismo, el deshielo con Cuba e Irán, la diversidad y el comercio internacional del presidente saliente han quedado heridos de muerte. El estrambótico magnate ha prometido en campaña devolver a Estados Unidos los empleos que se marcharon del país como consecuencia de la globalización, acabar con el programa conocido como Obamacare y revisar la participación de la primera potencia mundial en la ONU, la OTAN y varios tratados de libre comercio. También, meter en la cárcel a su rival política.

Hillary Clinton, que no ha comparecido tras su inesperada derrota, ha sido incapaz de sacudirse la imagen de candidata oscura, de persona no fiable y de representante del establishment de Washington alejado de los problemas reales de la gente. El escándalo de los correos oficiales enviados desde una cuenta privada durante su etapa al frente del Departamento de Estado, las investigaciones del FBI al respecto, las dudas sobre la limpieza de su victoria en las primarias demócratas y su participación en los debates, y su falta de transparencia sobre su estado de salud han hecho el resto. El apoyo que le han brindado la mayoría de los diarios de calidad del país no ha sido suficiente para contrarrestar la hiperbólica exposición mediática del ahora presidente electo, una verdadera máquina de generar audiencias millonarias en realities y canales de noticias por cable. Además, los seguidores de Bernie Sanders nunca aceptaron de buen grado votar por Clinton en las elecciones presidenciales y las bases del Partido Demócrata se rompieron en dos.

En cambio, Donald Trump sale ileso de su interminable rosario de bravuconadas, provocaciones, amenazas y comentarios denigrantes contra hispanos, mujeres, musulmanes y discapacitados. También, de las dudas sobre si el ahora encargado de luchar contra el fraude fiscal paga sus impuestos, si está preparado para sentarse en el Despacho Oval, de su diarrea verbal en redes sociales y de sus coqueteos con Vladímir Putin. Y de esparcir durante meses burdas teorías conspiranoicas como que Barack Obama no nació en Estados Unidos, fundó el Estado Islámico o que las elecciones presidenciales de un país con 240 años de historia democrática ininterrumpida están amañadas.

Todo son incógnitas sobre qué giro puede tomar ahora la política estadounidense y cómo pretende cumplir un presidente electo abiertamente antisistema con las promesas que ha ofreciendo a tontas y a locas a los descontentos con el status quo: fulminar el Obamacare nada más pisar la Casa Blanca, hacer pagar a México un gigantesco muro que lo separe de Estados Unidos, expulsar a millones de inmigrantes sin papeles, recuperar los empleos de actividades obsoletas o deslocalizadas como la minería del carbón y la industria del acero, acabar con el Estado Islámico "rápida y brutalmente" y bajar los impuestos. Y, sobre todo, "hacer a América grande de nuevo". Signifique lo que signifique eso en la cabeza de Donald Trump.

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