A vivir que son dos díasLa píldora de Enric González
Opinión

La dignidad

Hace muchos años, en Seúl, aprendí que la dignidad no es, pese a lo que digan el cristianismo y las Naciones Unidas, un valor congénito que los humanos llevamos incorporado. Creo que la dignidad es un lujo que no todos podemos permitirnos.

Madrid

Hace muchos años, en Seúl, aprendí que la dignidad no es, pese a lo que digan el cristianismo y las Naciones Unidas, un valor congénito que los humanos llevamos incorporado. Creo que la dignidad es un lujo que no todos podemos permitirnos.

Corea del Sur era entonces un país aún muy pobre, sometido a una dictadura militar, sin derecho a manifestaciones o huelgas y con unas leyes laborales realmente bestias: la jornada era de 12 horas diarias sin vacaciones ni salario mínimo.

Llegué a Seúl de noche y cansado y me alojé en un hotel baratísimo y sucísimo, donde nunca se veía a un occidental, con la idea de permanecer cerca de la realidad.

No llevaba ni cinco minutos acostado cuando la realidad llamó a la puerta. Toc toc. Abrí. Era el chico de la recepción, de 15 o 20 años, acompañado de una chica.

-Girl? -me preguntó con una sonrisa. Dije que no con la cabeza, cerré la puerta y me acosté de nuevo.

Toc toc. El chico de la recepción venía ahora con una niña. Una niña de diez años o menos. No dijo nada, ni él hablaba inglés ni yo coreano. Se limitó a lucir lo que para él debía de ser una sonrisa de hombre de mundo. Cerré de un portazo. Volví a la cama.

Toc toc. Me levanté hecho una furia, abrí la puerta y, antes de poder decir o hacer nada, el recepcionista se coló en la habitación, se quitó los zapatos, se metió en mi cama y me guiñó un ojo. Me costó gritos y aspavientos conseguir que se largara.

Confieso que esa noche sentí bastante desprecio por el recepcionista emprendedor.

Pasaron los días y comprobé que el recepcionista permanecía allí, en su silla junto a la puerta, las 24 horas. A través de otras personas que chapurreaban inglés supe algo de su vida. Me ahorro el relato de su miseria.

Cuando abandoné el hotel, le dejé al recepcionista cinco o diez dólares de propina. No por su dignidad, sino por la mía. Porque yo podía permitírmela.

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