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Así fueron los primeros tiempos en la historia del Seminario de San Julián de Cuenca

Desde su creación como colegio en el siglo XVI hasta el actual edifico monumental que domina el casco antiguo de la ciudad

El edificio del seminario de San Julián de Cuenca asomado al río Júcar.

El edificio del seminario de San Julián de Cuenca asomado al río Júcar. / Cadena SER

El edificio del seminario de San Julián de Cuenca asomado al río Júcar.

Cuenca

En el espacio El Archivo de la Historia que coordina Miguel Jiménez Monteserín y que emitimos cada quince días en Hoy por Hoy Cuenca, conocemos esta vez el origen del Seminario de San Julián de la capital desde su creación como colegio a finales del siglo XVI hasta la actual hospedería ubicada en el monumental edificio que ocupa este centro formativo eclesiástico y que comenzó a construirse a mediados del siglo XVIII.

Así fueron los primeros tiempos en la historia del Seminario de San Julián de Cuenca

Así fueron los primeros tiempos en la historia del Seminario de San Julián de Cuenca

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MIGUEL JIMÉNEZ MONTESERÍN. A muy grandes rasgos cabe decir que las instituciones dedicadas a la enseñanza en la ciudad de Cuenca tuvieron origen en el Estudio de Gramática patrocinado por el cabildo de la catedral desde el siglo XIII. El III concilio de Letrán celebrado en 1179 estableció que en cada iglesia catedral hubiera un beneficio que sostuviese a un maestro encargado de la enseñanza gratuita de los clérigos y los estudiantes pobres. El IV concilio lateranense renovó este mandato en 1215 y volvió a ordenar que hubiera un maestro idóneo en tales iglesias para que enseñara gramática gratis a sus clérigos y a otros según se pudiera. Tales disposiciones debieron tener temprano cumplimiento en Cuenca, puesto que, precisamente en 1215, se documenta a un magister scolarum, encargado de cumplir con tales menesteres y a quien siguieron después otros.

Vino luego el Colegio de Santa Catalina, fundado en 1517 por el arcediano de Toledo Juan Pérez de Cabrera, hermano del primer marqués de Moya, y por fin el Seminario en 1584. Los jesuitas abrieron un colegio en 1554 orientado a la educación infantil, donde aprendían a leer y escribir los alumnos, algo de aritmética y, naturalmente doctrina cristiana. Los otros centros impartían una enseñanza en cierto modo semejante a la de los institutos actuales, dado que en ellos se aprendía lo imprescindible entonces para acceder a los primeros estudios universitarios. Allí se enseñaba en primer lugar latín, referido como Gramática, lengua imprescindible durante siglos para acceder al conocimiento en cualquiera de sus ramas, dado que libros y lecciones la utilizaban en toda Europa. No menos necesaria era la lógica, instrumento básico para el razonamiento en que se apoyaban tanto los argumentos enunciados por los maestros en sus cátedras como las disputas sostenidas entre escolares donde se debatían los principios teóricos expuestos.

Fachada del Seminario de Cuenca con la nueva iluminación aún en pruebas.

Fachada del Seminario de Cuenca con la nueva iluminación aún en pruebas. / José Vicente Ávila

Fachada del Seminario de Cuenca con la nueva iluminación aún en pruebas.

Fachada del Seminario de Cuenca con la nueva iluminación aún en pruebas. / José Vicente Ávila

El concilio de Trento y la reforma católica

En las veinticuatro sesiones del concilio de Trento (1545-1563) no sólo se perfiló con todo rigor el dogma católico frente a los enunciados teológicos de Lutero, Zuinglio y Calvino. Hubo además decretos, denominados “de reforma”, encaminados a promover cuantas mejoras reclamaba la situación disciplinar de la Iglesia, cuyas corruptelas y decadencia habrían motivado en parte la rebelión doctrinal conformada finalmente en la denominada Reforma protestante, extendida y afianzada en Alemania, Suiza, Inglaterra y los Países Bajos.

Conviene recordar que uno de los flancos más vulnerables de la Iglesia medieval lo constituían los clérigos encargados de las parroquias y del culto en ellas, díscolos, corruptos e ignorantes en gran número. Su instrucción como tales apenas si les permitía celebrar las ceremonias de la liturgia y, por no comprender el latín, además de realizarlas incorrectamente, ignoraban los más elementales enunciados del credo cristiano, siendo incapaces en consecuencia de predicar o catequizar a niños y mayores. Esto repercutía lógicamente en la religiosidad común de los fieles, ignorante y supersticiosa, al margen las creencias de la mayoría de ellos del más elemental enunciado de la fe.

Cierto es que, a lo largo de los siglos medievales, en muchos pueblos y ciudades se habían ido fundando centros educativos, pero estos no siempre eran accesibles por diversos motivos a muchos de los candidatos al sacerdocio. Cabe decir que, en consecuencia, la formación ritual de casi todos ellos se realizaba de manera práctica harto informal junto a clérigos que ya ejercían sus funciones y también que, sin apenas verificación previa de su idoneidad, los obispos ordenaban sacerdotes a cuantos se lo demandaban, aunque no demostrasen estos claramente su capacidad para ejercer las funciones sacras ni asegurasen tampoco disponer de medios económicos para vivir en adelante como ministros del culto. Así pues, leyendo apenas los textos litúrgicos y faltos de conocimiento doctrinal, una gran cantidad de aquellos sacerdotes administraban los sacramentos y celebraban exequias sin demasiado rigor formal ni tampoco un adecuado conocimiento teórico de su significado. Y no solo dejaban de enseñar a los fieles por ignorancia, tampoco les resultaban ejemplares en su vida y costumbres, apartados muchos de observar la normativa tocante al celibato, el atuendo o el teórico estilo de vida virtuoso que debería guiarles.

El momento de la fundación del Seminario

Siendo también esta, a grandes rasgos, la situación clerical en tierras de Cuenca, por completo semejante a la vigente en el resto de los reinos hispanos y europeos, se entenderá que, al aplicarse las medidas de reforma acordadas en Trento, refrendadas de inmediato por el rey Felipe II, uno de los objetivos fuese poner en marcha un centro donde, siguiendo las directrices marcadas, comenzasen a formarse de manera adecuada y desde edad temprana quienes aspirasen al sacerdocio.

Aunque formalmente el nuevo Colegio fue creado en 1584 a iniciativa del obispo Gómez Zapata (1582-1587) para llevar a cabo lo dispuesto en la asamblea tridentina, no tuvo demasiado éxito este prelado en su empeño. Entre las previsiones del decreto conciliar ocupaba un lugar importante el modo de conseguir financiar aquellos centros de nueva creación. Mandaba obtener renta de los beneficios eclesiásticos destinados en principio a sufragar la enseñanza y hasta reducir las rentas de algunos u obligarles a contribuir en parte a sostener las nuevas escuelas.

A tal fin, apoyado por los sacerdotes de la ciudad de Cuenca y el cabildo de la catedral, intentó Zapata transformar en seminario al estilo conciliar el referido colegio de Santa Catalina con el acuerdo de sus patronos y responsables. Se lograría así contar con un local ya preparado para la enseñar y alojar a la comunidad de estudiantes y maestros. Sin embargo, y a pesar de tan buenas disposiciones iniciales, este proyecto no terminó de cuajar. Hubo resistencia por parte de los profesores adscritos a Santa Catalina y no fueron pocos los obstáculos con que tropezó el propósito de destinar al nuevo colegio algunas rentas obtenidas del diezmo en unas cuantas parroquias.

Biblioteca del seminario de Cuenca ubicada en la iglesia de la Merced.

Biblioteca del seminario de Cuenca ubicada en la iglesia de la Merced. / Cadena SER

Biblioteca del seminario de Cuenca ubicada en la iglesia de la Merced.

Biblioteca del seminario de Cuenca ubicada en la iglesia de la Merced. / Cadena SER

A la muerte del obispo Zapata en 1587, sus testamentarios hicieron heredera a la nueva fundación de un censo, esto es un préstamo con garantía hipotecaria, por importe de 420.000 maravedís [1.117 ducados] que, al usual cinco por cien, rentaban 21.000 mrs. anuales [56 ducados]. Con tal apoyo financiero, en 1591, el obispo Juan Fernández Vadillo reanuda los intentos de poner en marcha el colegio afincándolo en el edificio de Santa Catalina, junto a la parroquia de Santa Cruz. Se elige a los ocho primeros colegiales y se nombra un rector a la vez maestro, pero la oposición de los responsables del antiguo centro les obliga a abandonarlo y buscar otra sede. El 18 de octubre de 1596 fiesta de San Lucas, al comenzar de costumbre el curso académico, se inició por fin la actividad docente ordinaria, así para los nuevos colegiales adscritos a él como para otros estudiantes externos de Cuenca y de fuera que, numerosos al parecer, concurrían también a sus aulas a aprender gramática al nuevo colegio, el único al final donde se enseñaba está en la ciudad, junto con la música y el canto llano y polifónico.

La primera casa

Las aulas y vivienda de escolares y maestros debieron ser muy precarias aún por varios años. Por ello, hacia 1620, el obispo Andrés Pacheco adquirió y reformó una casa, «detrás de la iglesia de San Pedro», por importe de cinco mil ducados. Para satisfacer la mitad de esta suma se constituyó un censo hipotecario de dos mil quinientos, pagaderos a la misma tasa por el Colegio. Tras su muerte, el sucesor Enrique Pimentel, adhiriéndose al espíritu y la letra del ya citado decreto Cum adolescentium aetas, acordado el año 1563 en Trento, promulgó las primeras constituciones el año 1628 y en su virtud dejó bien bosquejado el perfil de la institución, regida hasta entonces por unas normas provisionales: Constituciones del Collegio Seminario de Señor San Julián de la ciudad de Cuenca, hechas por el Illustrissimo Señor Don Henrique Pimentel, Obispo de Cuenca

Según tal documento, computando ingresos y gastos financieros por quinquenio, ascendían los primeros a 2.800 ducados anuales, conseguidos de once pensiones o prestameras cargadas sobre los ingresos de varias parroquias del obispado, títulos de la Deuda Pública del reino [juros] y préstamos hipotecarios a favor del centro [censos]. Mientras, los impuestos a pagar a la Real Hacienda e intereses de la deuda contraída ascendían a 350 ducados, asimismo al año, quedaban 2.450 para mantener la casa, abonar los salarios del rector, maestros y servicio, y atender por fin a los gastos derivados de alimentar y vestir a los colegiales.

El régimen del colegio de San Julián

Tal y como preveía el concilio, las becas estaban destinadas a estudiantes pobres y quedó establecido que sólo pudiese haber un beneficiario de ellas por pueblo de la diócesis –dos de la ciudad- y además, que la vacante producida, una vez concluido el período formativo, no pudiera ser ocupada, hasta pasados cuatro años, por un muchacho del mismo lugar, excepto si se trataba de uno de los infantes de coro, “de cuya voz se sirve nuestra santa Iglesia”. Los candidatos, hijos de matrimonio legítimo, no podrían tener menos de doce años y sabrían leer y escribir, además de la doctrina cristiana. Serían diez y seis, aunque, dejando una beca sin cubrir, se pensaba ahorrar unos cien ducados al año y con ellos poder amortizar el préstamo/censo mencionado. Cabría además admitir a ocho colegiales de pago, aumentados a nueve para cubrir la vacante gratuita y alcanzar con ello una comunidad escolar de 24 miembros, todos tonsurados, es decir clérigos por haber recibido la primera de las llamadas entonces “órdenes menores” que consistía en recortarles pelo de la coronilla, donde luego llevarían una porción afeitada en forma de círculo.

Los estudiantes de pago recibirían graciosamente, “casa, leña. Médico, barbero y cirujano y Maestros de latinidad y música y roquetes blancos para servir en el Coro, y se les lave la ropa y ellos han de traer el mismo hábito y acudir. como los demás colegiales, a las obligaciones del dicho Colegio y de nuestra Santa Iglesia.”

La comunidad escolar estaría dividida en tres clases –pequeños, medianos y mayores- que ocuparían de dos en dos los aposentos disponibles en el Colegio. Considerando lo limitado de las rentas, admitía el obispo no poder extender la enseñanza tanto cuanto el concilio tridentino proponía tocante a aprender de memoria «la Sagrada Escritura, los libros eclesiásticos y las homilías de Santos». Por ello, los estudios serían muy elementales durante cuatro años, improrrogables así a los pobres como a los de pago, y limitados a gramática, música y canto, cómputo eclesiástico y ceremonias eclesiásticas tocantes a los sacramentos como quería el concilio, si bien quedaba siempre en el horizonte dirigirse para mejorar la formación a la cercana universidad alcalaína.

«Respecto de la edad de los collegiales y del tiempo que dura el Collegio y de la cercanía de la universidad de Alcalá de Henares, nuestros predecesores de buena memoria, en la erección deste Collegio no dispusieron la enseñanza ni ejercicios de todas las cosas que manda el dicho santo concilio, contentándose con la gramática, música y ceremonias eclesiásticas, y por las mismas razones, no podemos alargar ni estender esto como quisiéramos y hemos procurado […]»

El obispo Flórez Osorio construye el actual edificio

En 1739, antes de transcurrir un año de su toma de posesión, con el acuerdo y apoyo del clero capitular y urbano reunido en asamblea, reiterados en sesiones que se prolongaron hasta 1742, emprendió Flórez la obra material e institucional que asentaría de manera definitiva aquel centro al que, previsor, nombró heredero en 1740 con autorización de Benedicto XIV. En su relación de visita, informaba de la situación del establecimiento cuyos escasos ingresos habían determinado, como se ha visto, que Pimentel limitase a cuatro los años la permanencia de los escolares que en él estudiasen Gramática tan sólo. Y añadía:

«Ahora, porque, enseñándomelo la experiencia, comprendí que, tras los cuatro años, casi nadie prosigue los estudios ni sirve a las iglesias, di nuevas constituciones prescribiendo a cada uno un plazo de ocho años en el Colegio y agregando un maestro de Filosofía y Teología Moral, para lo cual y para reparar la incómoda habitación que tienen, reduje a doce el número, siendo antes diez y seis, porque para mantener un mayor número no bastan las rentas presentes; pero se aumentará si Vuestra Santidad ordenase que se proveyera de algún beneficio, lo cual yo no me atrevo a hacer, aunque conozca la facultad que me ha concedido la Sagrada Congregación, porque veo unidos ya beneficios, así curados como simples, y seguramente los más opulentos de esta Diócesis, a Dignidades, Colegios, Monasterios de varones y mujeres y también a capillas, la mayoría fuera de la Diócesis, más de doscientos sesenta, sin utilidad alguna de este Obispado.»

En septiembre de 1741, por doce mil reales, adquirió una casa al conde de Valverde. Esta, una vez demolida, proporcionaría el solar donde construir el Colegio, según trazas de fray Vicente Sevilla, religioso mínimo, maestro de obras del Obispado. Por donación municipal, el establecimiento dispondría además de una amplia huerta que descendía por las traseras hasta la orilla del río Júcar. Con todo aquello, ponía por fin en ejecución las directrices precisas sobre erección de seminarios clericales contenidas en una real cédula promulgada en 1728.

Luego, con tenacidad grande y no menor desembolso de dinero propio, además de financiar en parte las obras, abonó los derechos exigidos por la Curia Romana una vez le fue autorizada en 1745 la definitiva vinculación al mismo de cuatro prestameras a medida que fuesen estas vacando, toda vez que los ingresos procedentes de las once referidas en 1628 ya no se computaban al haber ido siendo transferidas a otros beneficiarios como queda dicho. Lograba al cabo situar con solidez la economía del colegio, lo que garantizaba una mejor formación de los futuros candidatos diocesanos al sacerdocio. Las becas se aumentaron a veinte, el número de colegiales ascendió a cincuenta, cada uno con habitación individual, y al maestro de gramática se añadieron uno de filosofía y otro de teología. En la visita a Roma realizada en 1745 manifestaba al papa:

«Este edificio, aunque todavía no acabado, se encuentra en estado de poderse habitar o bien a finales de este año o en el siguiente, si Dios lo permitiese, como permitió comenzar y proseguir una gran parte con mi propio dinero.»

Su esfuerzo culminaría con la inauguración parcial del edificio actual en el barrio del Alcázar el año 1746 definitivamente concluido en pontificados posteriores. Por fin, para gobierno de la institución promulgó en 1749 unas nuevas constituciones.

El seminario se adscribe a la Universidad de Alcalá

Sebastián Flórez Pabón Se preocupó muy en serio también por mejorar la formación de los futuros sacerdotes en el Seminario. Con arreglo a lo dispuesto por Flórez Osorio, mantenía este centro treinta becas para colegiales y asistían al mismo tiempo a sus aulas alrededor de otros cincuenta alumnos externos más que abonaban al mes una fanega de trigo y cincuenta reales por la matrícula. La economía del establecimiento se nutría ya sólidamente de los ingresos anuales procedentes de quince prestameras que definitivamente le habían quedado anexionadas y cuyo valor estimaba el prelado en unos tres mil ducados anuales. Tenía entonces tres profesores de Gramática, tres de Filosofía, dos de Teología escolástica, uno de Teología Moral y otro de Canto. Trece años habrían de prolongarse allí los estudios eclesiásticos bajo su guía.

De antiguo disponía aquella institución de una biblioteca para uso privado de colegiales y maestros, y por entonces se logró sumarle una transcendental aportación de fondos bibliográficos cuando le llegaron, por orden regia, las librerías de los cinco colegios y conventos de jesuitas existentes en la diócesis: Cuenca, San Clemente, Villarejo de Fuentes, Huete y Belmonte y la incorporación algo después de la sumamente exquisita reunida por el diplomático Ildefonso Clemente de Aróstegui (1698-1774), oriundo de Villanueva de la Jara y canónigo de Cuenca entre otros muchos cargos, que este había dispuesto cederle a su fallecimiento. Con todos aquellos libros y los que le llegarían a la muerte de Pabón, quien sugirió además a sus sucesores hicieran lo propio, comenzó a funcionar en la ciudad, como en otros lugares del reino entonces, una biblioteca pública. El Seminario sería después durante bastantes años el único centro de formación superior existente en la diócesis, sobre todo una vez que, en 1775, lograra nuestro obispo que, por real cédula de Carlos III, sus estudios quedasen incorporados a los de la Universidad de Alcalá al efecto de obtener grados académicos los colegiales, una vez superadas en ella las pruebas pertinentes, luego de concluir el ciclo formativo vigente en el Colegio de San Julián. Aquél mismo año manifestaba al papa:

“Para esto fue concedido un privilegio por nuestro rey Carlos III, en virtud del cual los que realizan con celo los estudios de Filosofía y Teología en este Seminario, son considerados de la misma manera que si se hubiesen dedicado a este tipo de estudios en alguna universidad mayor de nuestro reino.”

Así informaba años después, en 1791, el obispo Felipe Antonio Solano a Roma:

«De lo que toca al Seminario. En este capítulo sexto no hay nada más que declarar que no haya sido ya expuesto y referido en la última visita además de la institución de una cátedra de Filosofía Moral según la norma de la que está fundada en la Universidad Complutense, en la cual no sólo reciben los grados menores sino también los mayores los colegiales y escolares del Seminario, igual que si asistiesen personalmente a las cátedras de la Universidad, por la razón o el privilegio de la incorporación, de lo que se sigue provecho y más bien alivio a los pobres, porque aquella ciudad [la de Alcalá] es más cara que esta y con los mismos gastos reciben los grados, en los que gastarían mucho más si asistiesen en la Universidad a los cursos previos de Teología; más instruidos, a mi parecer, porque los noventa colegiales y los trescientos escolares son educados en el espíritu del concilio tridentino y de las bulas apostólicas, en especial la de Inocencio XIII que comienza Apostolici ministerii.»

Paco Auñón

Paco Auñón

Director y presentador del programa Hoy por Hoy Cuenca. Periodista y locutor conquense que ha desarrollado...

 

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