De la Marquesa a Excusabarajas: las presas de Gran Canaria que cuentan historias
Un viaje por los nombres más sorprendentes del mapa hidráulico donde se entremezcla toponimia, humor y memoria

Las presas de Gran Canaria registran llenos históricos

Las Palmas de Gran Canaria
En los 1500 km2 de Gran Canaria, las presas no solo almacenan agua, también guardan palabras y, en muchos casos, esas palabras son tan sugerentes que parecen contar historias por sí solas. Basta con empezar a leer sus nombres para entender que aquí la toponimia no es algo técnico, sino profundamente humano. No hablamos de “embalses”, como ocurre en otras islas. En la isla redonda el agua se nombra a través de la obra que la contiene, es decir, la presa. Cuenta con 69 “grandes presas”. Es un detalle revelador, porque pone el foco no en el recurso hídrico, sino en el esfuerzo por conseguirlo .
Algunas presas parecen describir el paisaje con una precisión casi instintiva. La Angostura, el Embudo, las Hoyas… nombres que no necesitan explicación porque dibujan directamente cómo es la forma del terreno. Son palabras nacidas de la observación cotidiana, de los habitantes y de quienes conocían cada curva del barranco y cada recoveco de la tierra. No hay poesía buscada, pero la hay en cierta manera.
Otras, sin embargo, suenan a relato, a tradición oral, o a algo que se dijo muchas veces antes de quedar fijado en un mapa. La repetición de “la niña” en varias presas, como la Cuevas de las Niñas y el Caidero de la Niña, tiene algo casi enigmático, como si detrás de cada una de ellas hubiera una historia de una niña en un pueblo pasando de generación en generación.
Y luego están esos topónimos que rompen cualquier lógica aparente. Excusabarajas es quizá el ejemplo más llamativo, ya que es un nombre que parece más una expresión que un lugar. En ellos se cuela el humor, la ironía o simplemente la forma de hablar de otra época, otro momento. Son recordatorios de que el territorio también se construye con lenguaje, y no siempre de forma ordenada. En muchos casos, los nombres funcionan casi como apodos. El Salto del Perro, El Toronjo, La Negra, La Morena o Cho Flores… son denominaciones directas, cercanas, que probablemente nacieron de referencias muy concretas, como puede ser un accidente del terreno, una finca o una anécdota olvidada. Son nombres que no buscan explicar, sino reconocer un lugar o una personaje que marcó un tiempo.
También hay presas que llevan nombres de personas. La Marquesa, el Conde, Don Paco, Los Vicentillos o incluso Mister Pilcher. Aquí la toponimia deja ver otra realidad: la del agua como propiedad, como símbolo de poder y de identidad de una zona. Nombrar una presa era, en cierto modo, dejar constancia de quién había sido capaz de domesticar ese recurso tan escaso, ahora ya no tanto, con el desbordamiento de casi la mitad de todas ellas con el paso de la borrasca Therese.
Y como si todo esto no fuera suficiente, muchas de ellas tienen más de un nombre. Cambian según el lugar, la época o quien las mencione. Una misma presa puede ser conocida de distintas formas, generando una especie de identidad y personalidad múltiple que a veces desconcierta, pero que en realidad enriquece el mapa. No se trata solo de variantes sin importancia. En muchos casos, cada nombre cuenta algo distinto. Por ejemplo, la conocida Presa de las Cuevas de las Niñas también aparece como Presa de las Niñas o Presa de Majada Alta. Tres formas de nombrar un mismo lugar que apuntan a cosas diferentes: las cuevas, la referencia popular simplificada o el paraje concreto donde se sitúa.
Algo parecido ocurre con la Presa de la Angostura, que muchos conocen como Presa de Ayagaures. Aquí el nombre técnico describe la forma del terreno, esa estrechez del barranco, mientras que el otro la vincula directamente con el valle más reconocido. Dos maneras distintas de orientarse: una más geográfica, otra más cotidiana.
También hay casos donde el nombre cambia casi por matices o errores heredados en documentos. La Presa de Excusabarajas aparece a veces como Escusabarajas, y la Presa de Salvia India se ha registrado como Salvaindia. Son pequeñas variaciones que muestran cómo la escritura intenta fijar algo que originalmente fue oral hasta materializarse.
Incluso hay ejemplos donde la denominación técnica poco tiene que ver con la popular. Las Presas de Tenoya, por ejemplo, pueden figurar en inventarios como Lezcano I y II, mientras que las Presas del Pinto pasan a ser Pinto I y II en documentos oficiales. El lugar es el mismo, pero el lenguaje cambia completamente según quién lo nombre.
En otros casos, la diferencia es más sutil pero igual de reveladora. La Presa de la Hoya, en Tamadaba, también se conoce como Presa de Tamadaba, desplazando el foco desde la forma del terreno al espacio más amplio. Y la Presa de la Umbría puede aparecer como Presa de la Vistilla, dependiendo del referente que se quiera destacar.
Lejos de ser un problema, esta acumulación de nombres convierte cada presa en algo más complejo y más vivo. Muchas historias a sus espaldas. Obliga a mirar dos veces, a preguntar, a escuchar cómo la llama cada persona que las visite o que vive en el lugar.
Al final, lo que emerge de este recorrido no es solo un listado curioso de nombres, sino una forma de mirar el territorio. En Gran Canaria, cada presa es también un relato:, que va desde el paisaje, la memoria, el trabajo y la gente que necesitó ponerle nombre a lo que construía. Porque aquí, más que en ningún otro sitio, el agua no solo se almacena, cuenta el paso de la historia.

Carlos Moreno
Periodista de informativos en la redacción de la Cadena SER en Canarias. La radio es compañía, es inmediatez,...




