Sociedad

La desalación, la fábrica de agua que sostiene a Las Palmas de Gran Canaria

Más del 85% del agua que se consume en la ciudad procede de este sistema. | Se producen más de 27.000 millones de litros al año

Emalsa permite abastecer a más de 400.000 personas con unos 27.000 millones de litros al año

Las Palmas de Gran Canaria

En territorios donde el acceso al agua potable no está garantizado, las desigualdades se acentúan. En otros, como Canarias, el reto ha sido aprender a producirla. Porque Las Palmas de Gran Canaria no podría entenderse sin el agua… o, más bien, sin la capacidad de generarla. En una isla sin ríos ni grandes reservas naturales, aunque ahora veamos las presas llenas para agua de regadío, la desalación se ha convertido en una pieza clave para garantizar el abastecimiento y sostener el desarrollo económico.

Más del 85% del agua que se consume en la ciudad procede del mar. En algunas zonas, ese porcentaje alcanza el 100%. Detrás de ese dato hay una infraestructura compleja que permite abastecer a más de 400.000 personas con unos 27.000 millones de litros al año.

El proceso comienza en el punto más básico, como es la captación. El agua entra en la planta a través de túneles situados en zonas profundas del litoral. “Son túneles similares a los de carretera, de aproximadamente un metro de diámetro, y están en el fondo, lo que permite evitar problemas como vertidos superficiales”, explica el subdirector de desalación de EMALSA, Juan José Rodríguez.

Desde ese primer punto, el agua inicia un recorrido que no se detiene. La planta funciona las 24 horas del día, con personal encargado de supervisar cada fase del proceso. “El día a día consiste en que todo funcione correctamente, con equipos de operación y mantenimiento que están pendientes en todo momento para detectar cualquier problema y garantizar la calidad del agua”, detalla Rodríguez.

Antes de llegar al proceso clave, el agua pasa por diferentes sistemas de filtrado. Primero, un pretratamiento elimina partículas, sedimentos y microorganismos. “Las membranas no deben encargarse de lo macroscópico, solo de lo que está disuelto en el agua”, explican desde la planta, donde comparan algunos de estos filtros con los de aire de un vehículo por su capacidad para retener impurezas.

El momento decisivo llega con la ósmosis inversa. En la naturaleza, el agua tiende a desplazarse hacia donde hay mayor concentración de sales, como ocurre en las raíces de una planta. Aquí sucede justo lo contrario: se aplica presión al agua del mar para obligarla a atravesar una membrana que retiene la sal y las impurezas. El resultado es agua limpia, lista para su consumo. Pero no toda el agua sigue ese camino. Parte del proceso genera la llamada salmuera, un residuo con mayor concentración de sal que se devuelve al mar tras pasar por sistemas de control y recuperación de energía que mejoran la eficiencia de la planta.

Una vez tratada, el agua se desinfecta y se envía a la red de distribución. A partir de ahí comienza otro desafío: hacerla llegar a todos los rincones de una ciudad con una orografía compleja. Más de 1.800 kilómetros de tuberías, cerca de 50 depósitos y una veintena de estaciones de bombeo permiten que el agua alcance incluso los puntos situados a mayor altitud.

“El municipio tiene una orografía complicada y necesitamos diferentes bombeos para poder abastecer a todos los barrios”, explica Ezequiel Morales, director técnico de la planta. El sistema, además, cuenta con una importante capacidad de almacenamiento. El mayor de los depósitos, el conocido como “Gran Depósito”, puede albergar hasta 250.000 metros cúbicos de agua, lo que permitiría mantener el suministro durante varios días en caso de incidencia.

Todo este proceso está sometido a un control constante. Se realizan 450 análisis diarios y el sistema cuenta con sensores que monitorizan en tiempo real la calidad del agua. El resultado es un agua que se sitúa entre las mejores de España, según la Organización de Consumidores y Usuarios.

La desalación no solo permite abrir el grifo en casa. También ha sido clave para el desarrollo de sectores como el turismo o la agricultura. Cada año, más de un millón de metros cúbicos de agua reutilizada se destinan al riego de cultivos y zonas verdes. Sin este sistema, el crecimiento de la ciudad habría sido, sencillamente, imposible.

El reto ahora está en el futuro. Las Palmas de Gran Canaria depende en gran medida de una única gran desaladora, la planta de Las Palmas III, en funcionamiento desde 1990. Por eso, ya se trabaja en nuevas infraestructuras que permitan reforzar el sistema y garantizar el abastecimiento ante cualquier escenario. Entre ellas, “la construcción de una nueva desaladora, en otro punto de la ciudad, que permitirá duplicar la producción actual y asegurar el suministro en una ciudad que sigue creciendo, tanto en población como en altitud”, afirma Morales.

Porque en Canarias, el agua no llega sola. Se capta, se filtra, se transforma y se distribuye cada día en un proceso continuo que pasa desapercibido, pero del que depende la vida de toda una ciudad.