La Semana Santa de Cuenca hecha novela: así eran Las Turbas en el siglo XIX
El escritor Andrés González Blanco describió la Semana Santa conquense en su novela ‘Un amor de provincia’

La Semana Santa de Episcópolis/Cuenca novelada por Andrés González Blanco
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Cuenca
Uno de los documentos más curiosos sobre la Semana Santa del siglo XIX, que describe fielmente las procesiones de Cuenca, lo encontramos en la novela Un amor de provincia del escritor Andrés González Blanco, editada en 1908 en El Cuento semanal, que narra cómo era la vida en la ciudad denominada Episcópolis vista desde sus años en los que estudiaba en el Instituto de la calle Palafox (actual Conservatorio de Música), contando el día a día de esa ciudad gemela de Cuenca con su calendario festivo de carnaval, Semana Santa, los mayos, ferias y las Navidades.
En el libro titulado Andrés González en Episcópolis, el profesor Ángel Luis Mota apunta que “Episcópolis es sin duda Cuenca, aunque adquiere notas especiales, comprobando por ejemplo cómo la evocación de la Semana Santa está llena de elementos ficticios que se mezclan con otros verídicos, de lugares imaginarios que se engarzan con los reales”.
Para hablar de la Semana Santa novelada que describe González Blanco en su novela contamos una vez más con el periodista José Vicente Ávila, quien incluye varias referencias del relato dedicado a la procesión de la madrugada en su libro Cuencalvario, sobre las definiciones de Las Turbas, ampliadas en el recientemente publicado Memorial de Turbas.
Un Asturiano en Cuenca
Andrés González Blanco accidentalmente nació en Cuenca en 1886, hijo de un inspector de Primera Enseñanza proveniente de Asturias, que fue destinado a nuestra ciudad y aquí vivió sus primeros años estudiantiles, “en el seno de una familia acomodada y con firmes raíces culturales que se reflejaron en su formación humanista y en la de sus hermanos: Edmundo, filósofo y traductor; Pedro, periodista y escritor y sus hermanas María Asunción y María Dolores, nacidas igualmente en Cuenca, en cuya Escuela Normal de Maestras ambas fueron profesoras y la primera de ellas, además, directora en el periodo 1956-1960”, como bien describía José Luis Muñoz en el artículo Vida breve, pero intensa, de Andrés González Blanco, publicado en La Tribuna, al recordar el centenario de su muerte en 2024, que pasó desapercibido en Cuenca.
Aunque falleció en Asturias a los 38 años, dejó un amplio legado literario con cerca de 60 obras narrativas y una treintena de publicaciones sobre estudios y obra literaria y poética. Se le conoció como “el poeta de la provincia”, así reconocido por Octavio Paz. Juan Ramón Jiménez le dedicó su Balada de primavera.

Antonio Saura realizó una serie sobre Las Turbas de Cuenca.

Antonio Saura realizó una serie sobre Las Turbas de Cuenca.
‘Un amor de provincia’
Un amor de provincia es la novela en la que González Blanco retrata a Cuenca a través de Episcópolis, en el día a día y sobre todo en la Semana Santa que debió impactarle. Para cualquier conquense es más que interesante leer esa novela que cita tantos nombres de la ciudad que él denomina Episcópolis, con su cotidiana vida, sus costumbres y tradiciones, sus recuerdos escolares y sus primeros escarceos amorosos.
Fue el escritor Florencio Martínez Ruiz quien descubrió para Cuenca esta novela, hasta entonces desconocida, con un amplio trabajo publicado en El Cultural de El Día de Cuenca en abril de 1992, con el título La Semana Santa de González Blanco. Aquella primicia que ofrecía Florencio sirvió como guía conductora para el libro El Rito de las Turbas, publicado por Luis Calvo en 1995 y para otros estudios y trabajos no sólo sobre la procesión Camino del Calvario, sino para la Semana Santa en general.

Camino del Calvario, de Aurelio Cabañas.

Camino del Calvario, de Aurelio Cabañas.
Episcópolis
De la novela hemos recogido algunos párrafos sobre ese acontecer en la ciudad de Episcópolis, que años más tarde también sería conocido el Casco Antiguo en el habla popular, como ‘El Vaticano’.
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“Vivíamos en Episcópolis, vieja ciudad de Castilla La Nueva, con doce mil habitantes, Audiencia provincial, Instituto, Gobierno Civil y Obispado. La ciudad es antiquísima y pródiga en sorpresas para los arqueólogos; más, afortunadamente, los turistas aún no han mancillado la santa virginidad de sus calles cuestudas. Nadie ha descubierto esa joya engastada en un cerro, con hilera de casas escalonadas como graderías de un anfiteatro, parabólicas curvas en las calles tortuosas, una catedral magnífica y dos ríos que la circunvalan en abrazo dual, como dos sierpes de plateado lomo…
Más vale así y Dios la conserve muchos años en este casto y encantador aislamiento de ciudad cerrada a las curiosidades devastadoras de ingleses esplénicos y franceses joviales. De lejos venían los toques de la Mangana, dando las horas con un son que retumbaba oquedoso en el silencio de la ciudad recogida… Yo bajaba por el puente de San Antón, bañado de sol, por debajo del cual cruzan, confluentes, los dos ríos, y con mi sombrerillo calañés, ladeado, mi gabancito de paño Chester y mis libros debajo del brazo, cruzando la calle Larga, que constituye la parte baja de la ciudad.
En toda la rueda del año, raros días señalados –como piedras miliarias en carretera lisa— turbaban la uniformidad de esta existencia. Era primero el Carnaval, un carnaval forzado y triste, de ciudad levítica, disonante como risa en rostro de beata gruñona; el carnaval, con su desfile de cuatro mascarones grotescos vestidos de peponas, de bebés o amas de cría, todos ellos hojalateros, albañiles, ebanistas y otras gentes de la clase baja… la buena sociedad celebraba un baile en el Casino, y ese baile de disfraces constituía la esencia de su carnaval.
Para mí era terreno prohibido por la rigidez impositiva que me sujetaban mis pocos años, mi insignificante categoría social de mozalbete que aún no ha aprobado el Bachillerato y la severidad de principios de mi padre”.

La visión de las Turbas de Lorenzo Goñi.

La visión de las Turbas de Lorenzo Goñi.
Las procesiones
Y aquí viene el momento culminante del relato referido a las procesiones que sólo desfilaban el Jueves Santo, madrugada del viernes y a las once solamente la imagen del Cristo de los Espejos. Así lo expresaba González Blanco en Un amor de provincia:
“Venía luego la Semana Santa con sus festividades religiosas y severas, más concordantes con el ambiente de la ciudad. Era el Miércoles Santo y las tinieblas; con el ruido de las carracas retumbando en las iglesias vastas y los altares velados de negro, como viudas que acaban de perder al esposo amado, y el parpadear de las luces en el tenebrario”.
Ante este comienzo narrativo, Florencio Martínez Ruiz se preguntaba al darlo a conocer en 1992: “¿Quién habla y escribe así? ¿Un profeta encendido de inspiración evangélica o sálmica?” Y aclaraba: “Adelantemos que se trata de un famoso y hoy perdido escritor conquense que, a la fuerza de su espíritu sensible, une una plástica pluma descriptiva. Sólo que nadie se ha percatado de ello. Y este texto, fervorín maravilloso de Nuestra Semana Santa, arrinconado en el desván del olvido, merece que lo pongamos en el candelero. Y no sobre el celemín”.
“Y era en la Catedral el Miserere, cantado a toda orquesta, al que asistían las autoridades; el desencadenado gemir del órgano, huracán de notas musicales; la voz aflautada de los seises, espiritual y elevada hacia el cielo en espirales cromáticas, que parecían retorcerse y vibrar como las trompetillas del órgano; la voz asexual y extraña del contralto, penetrante como un grito de otro mundo; la voz atenorada y teatral del tenor; la voz viril y majestuosa del barítono, y el vozarrón desagradable del sochantre en las notas altas, grotesco como un balido de cabra, y en las bajas horrendo como un mugir de toro… Y era el Jueves Santo”.

Las Turbas de Adrián Navarro.

Las Turbas de Adrián Navarro.
“Y era después la procesión de los Pasos, que se alargaba por toda la ciudad vieja como una cinta de luces que, formada en la Catedral, iba desenrollándose en inverosímiles ondulaciones por las callejas tortuosas…; la procesión de los Pasos, la más fastuosa, la más multiforme, la más rica en gamas y tonalidades, que iba recogiendo las imágenes a medida que avanzaba por las calles estrechas; que en San Felipe recogía al Cristo de la Expiación, y en las Angustias a la Virgen de la Soledad, y en Santo Domingo al Señor atado en la columna, y en Santa Cruz, iglesia de extraña y caprichosa construcción, atrevidamente lanzada sobre el río, como si fuera un islote, a la cual se descendía por una gradería de treinta y seis escalones, todos ellos resquebrajados y torcidos, para sacar a la Magdalena y San Juan. Y en San Andrés a la Oración del Huerto, magnífico paso, obra afiligranada de algún ingenuo escultor medieval, con los olivos esculpidos de tan plasmante traza que “parecían de verdad”, como decían las buenas mujeres del pueblo; y en Santa María a la Virgen de los Dolores, con su carita morena, sus ojos retrecheros de muchacha española y el corazón traspasado por las siete espadas; y en las monjas de la Esperanza un menudo y primoroso calvario, que parecía una obra de confitería elaborada por pulcras novicias; y en San Juan un severo Cristo en la Cruz, con la faz sanguinolenta. Y en San Antón, última iglesia de la etapa que recorría, un Descendimiento de singular hermosura. ¡La procesión de los Pasos, que ondulaba, se estremecía, temblaba como una inmensa serpiente boa que fue des anillándose a lo largo de la ciudad!”
Cuando describe la procesión de los Pasos, la del jueves, tenía su razón de ser porque las imágenes se iban incorporando desde la ermita de San Antón, procedentes de la de San Roque, destruida por los franceses, y de las iglesias del recorrido como Santo Domingo, San Juan, San Andrés y la de Santa Cruz, a la que se llegaba por la bajada de Santa Catalina.

Los turbos de Luis del Castillo.

Los turbos de Luis del Castillo.
Las Turbas
El relato de la madrugada del Viernes Santo es todo un hallazgo sobre lo que conocemos como el Camino del Calvario y Las Turbas. González Blanco da su versión novelada de un joven escritor que se sorprende ante la procesión estruendosa con redobles de tambores velados, una definición que ha llegado a nuestros días.
“El día de Viernes Santo era acaso el día del año más rico en emociones. Mamá nos llamaba a las cinco; nos despertábamos refunfuñando y medio en sueños; nos lavábamos en la galería, que daba a la parte de atrás de la casa, oteando incesantemente una parte de la población llamada de “las Cocheras”, al final de la cuesta que desde los mercados [en el Jardinillo había un Mercado municipal] va a la iglesia pontificia de El Salvador, por donde sabíamos que asomaba la procesión “de las seis”. Era una procesión singular…”.
“De la iglesia de San Esteban [entonces en la bajada de Santa Lucía] de corte románico y un aire desmantelado que le daba gran prestigio histórico, salía un Jesús caído, con la Verónica enjugándole las lágrimas sangrientas y un Cirineo ayudándole a soportar el peso de la Cruz. Esta procesión a medias, formada sólo de devotas y presbíteros, iba callada por la calle Estrecha, turbando con sus pisadas el profundo silencio matinal, con un frío que se hacía notar en los últimos días de marzo o mediando abril”.

Varias generaciones de "turbos", desde octogenarios hasta bebés y familias enteras, en la procesión Camino del Calvario de la Semana Santa de Cuenca en la actualidad. EFE/ José del Olmo / José del Olmo

Varias generaciones de "turbos", desde octogenarios hasta bebés y familias enteras, en la procesión Camino del Calvario de la Semana Santa de Cuenca en la actualidad. EFE/ José del Olmo / José del Olmo
“Al encuentro de esta procesión pacata y fría, en la cual no se oía sino el susurro sibilante de los rezos, tan en consonancia con el pasmoso silencio de las calles desiertas, avanzaba, saliendo de la parroquia de San Pedro, otra procesión estruendosa, formada por una comitiva irreverente, voceadora y bestial. Eran nazarenos revestidos con hopas lúgubres, como las de los ahorcados cuando van al cadalso, que llevaban en andas una Dolorosa compungida y romántica, con el supremo gesto del amor maternal exacerbado”.
Relataba González Blanco que “las túnicas de los que llevaban las andas y las varas auxiliadoras –con la horquilla para apoyar en ella la imagen en los descansos-, eran más lujosas y ondulantes… Las de los otros –que componían la mesocracia de los cofrades— eran viles y pobres, de percalina descolorida, ajada por los años de uso y a veces apolillada, toda llena de remiendos…”.
“Éstos eran los que formaban la voz cantante de la sacrílega procesión, vociferando, eructando coplas sucias y arremangándose la túnica, mal sujeta con cíngulos morados, para sacar de las profundidades de los bolsillos de sus chaquetones un trozo de chorizo que manducaban ávidamente, y no pocos la castiza bota de vino, cuyo pitorro alzaban, para dejar caer con delectación el chorro de sabroso tinto de la tierra”.

Más de 2.500 personas acreditadas oficialmente para formar parte de la 'turba' en la procesión más popular de la Semana Santa de Cuenca, la de Camino del Calvario o Las Turbas.

Más de 2.500 personas acreditadas oficialmente para formar parte de la 'turba' en la procesión más popular de la Semana Santa de Cuenca, la de Camino del Calvario o Las Turbas.
Recoge Andrés González Blanco que “no había mucho tiempo de espera, pues cuando daban las seis de la mañana en la Catedral, y aún no se impacientaba el poco público madrugador, ambas procesiones avanzaban de frente hasta hacer que casi se diesen de bruces las imágenes de la Dolorosa y Jesús”.
Ambas procesiones, se encontraban en la plaza Mayor, junto a la Catedral, y “era éste el momento culminante de la extraña fiesta, más profana que religiosa. Por incomprensible complacencia tradicional, a pesar del escándalo anualmente renovado, la devota y ascética Episcópolis toleraba este espectáculo nada edificante”.
Y termina relatando González Blanco: “Los cofrades de moradas túnicas avanzaban a los redobles de los tambores velados, cuyos sones lúgubres y opacos turbaban la calma de la ciudad dormida, hasta darse de bruces con la vanguardia de la otra procesión. Ya unidas las dos partes del cuerpo procesional, los tunicados, con enormes trompetas, hacían retemblar los ecos de la calle, soltando al rostro del divino Jesús resoplidos gigantescos que parecían deshacerse en flatos de rabia”.
“Fingiendo ser soldados pretorianos que hacían irrisión del Salvador, tomaban tan en serio su papel, que parecían efectivamente proponerse hacer befa y escarnio del Hijo de Dios. Después de los trompetazos estrepitosos, venía un diluvio de aullidos, imprecaciones, suciedades, lanzadas como babas; blasfemias escupidas como salivazos; palabras mal sonantes, lanzadas como guijarros del arroyo a la faz amoratada y sangrienta del Crucificado”.
“Luego se hacía un apaciguamiento, y las dos procesiones seguían unidas hasta la iglesia de San Martín, donde desembocaban como dos afluentes del mismo río; no sin que antes ocurriesen los consabidos incidentes, usuales entre personas de esta laya”.
Explicaba el escritor que “los nazarenos eran todos de la más baja extracción plebeya, que la noche anterior se había estado emborrachando en las tabernas de la parte baja de la ciudad. Y desahogaban todo el torrente de groseros instintos, silbas, gritos, hipos entrecortados, mofas de toda suerte y vítores irónicos a los presbíteros de la procesión piadosa”.
“Y así, llegaba al punto de su destino aquella rara procesión, que se hubiera dicho compuesta por un aquelarre de brujas o un tropel de endemoniados; aquella procesión de jornaleros, locos de aguardiente y desatándose en berridos”, concluía González Blanco su referencia novelada a la procesión de la madrugada.
Palabras que no están lejos de las que escribió Carlos Morla Lynch en su viaje a la Semana Santa de Cuenca, con Federico García Lorca, cuando vio pasar desde la ventana del hotel por Carretería el cortejo del Camino del Calvario: “Amanece. De la calle asciende un clamor extraño; lamentos y alaridos; trompetazos de Juicio Final. Esta bullanga es lúgubre, torturadora, apocalíptica, trágica… Me asomo al balcón. En la madrugada que apenas se inicia, advierto la presencia de enmascarados de aspectos diabólicos, que gesticulan al tiempo que lanzan gemidos espeluznantes. Magnífico, dice, pero pagano”.
No cabe duda de que la referencia a la procesión de la madrugada en versión de Andrés González ocupa amplio espacio en la novela, pero para seguir el relato de su Semana Santa también citamos el cortejo del mediodía. El escritor conquense-asturiano escribe que, a las once del mismo día, y “formando contraste con esta procesión aulladora e infernal, se celebraba la plácida procesión del Cristo de los Espejos, que se desenvolvía desde las gradas del Salvador y subía a la Plaza de la Constitución”, que era la Plaza Mayor. Sólo salía esa imagen, pues hasta 1902 no se constituyeron las Concordias de la actual procesión ‘En El Calvario’. Descendía por la calle ancha (la Correduría, Alfonso VIII para regresar a El Salvador, acompañada, escribe Andrés, de “una banda de música que emitía destemplados compases de una marcha fúnebre que sonaba a nupcial…”.
Ilustraba Víctor de la Vega, en un dibujo, lo que le contaba su abuelo en el sentido de que en el siglo XIX algunas procesiones bajaban por la calle de las Benitas hasta llegar a la Puerta del Postigo e ir a Carretería, a travesando la calle del Agua.
En suma, que Un amor de provincia no sólo recoge este testimonio novelado de la Semana Santa del siglo XIX, sino que González Blanco describe la vida diaria en Episcópolis y sus primeros amores.
La novela seguía su relato precisamente en busca de ese amor que el protagonista sentía por Noní, que con sus 16 años cumplidos “estaba más espigada, más esbelta; se habían torneado sus formas”. La había visto el Sábado Santo de 1886 en el teatro y al día siguiente fue a buscarla, pues escribe Andrés que “estaba muy mona aquel día con su pelo rubio, ondeado, suelto al viento fresco que por los altos de la ciudad corría”, y así seguía la novela de ese amor de juventud en aquella provincia recordada desde su Asturias patria querida.
Es curioso que el joven escritor situase la trama de su relato en 1886, que era el año de su nacimiento. Andrés González Blanco, en un extenso artículo titulado Cuenca de lejos, publicado en 1910, en el que la define como “ciudad poética y arqueológica por excelencia”, aclara que “mi fingida Episcópolis de Un amor de provincia es Cuenca”, para concluir su lírico texto con este canto:
“En primavera, Cuenca es una ciudad de ensueño. Subiendo la hoz del Júcar, pone espanto al ánimo tanta belleza de la especie sublime, que dicen los estéticos. Llega un momento en que agota el espíritu la calentura de lo trágico, en fuerza de ser intensa la emoción poética, cuando contemplas las casas arcaicas de Cuenca sentadas sobre la roca dura, entre la cual se entreteje la yedra; a la otra margen, montañas grandiosas y oteros risueños de verdura, y el río, en el cual se retratan los campanarios esbeltos… el río claro y cantarín, que besa gentilmente los pies de la dama a quien sirve”.
Curiosamente ahí aparece “el río cantarín” del romance de Gerardo Diego al Huécar muchos años después. En la novela, Andrés los cita como Fúcar y Huéscar. Una pena que este escritor conquense falleciese con 38 años, pues hubiera dejado un más amplio legado cultural, aunque esa novelada referencia a la procesión de la madrugada del Viernes Santo abrió el amplio abanico de definiciones sobre Las Turbas.
Terminamos con esta expresión del recientemente fallecido Raúl del Pozo, otro conquense universal de las letras, publicada en 2009 en El Mundo:
“Apogeo de las procesiones de Semana Santa, cuando se intenta conquistar el cielo con los pies descalzos y a latigazos… Pienso con pavor en la procesión de Las Turbas en el Viernes Santo de Cuenca, la cantiga de piedra, la ciudad levítica, en el amanecer de resoli con clarines y carracas desafinadas, la gente burlándose del tambaleante Nazareno”.




