Opinión

Los burros y los arrieros

El conflictivo asunto de la Plaza de Toros de Aranda hace tiempo dejó de tener el foco en el bien común ciudadano para ser el campo de batalla donde cada uno de los actores implicados defiende su propio interés

Con cierta benevolencia ha definido el juez de lo contencioso administrativo del juzgado número uno de Burgos el caso de la Plaza de Toros de Aranda: complejo, lo llama en varias ocasiones. Lo hace en el auto que acaba de emitir para decir lo que parecería una obviedad: que sin licencia de apertura un edificio no se puede usar.

No era tan obvio, puesto que en agosto nos enteramos por un informe jurídico municipal que hay excepciones y que calificando el asunto como “fuera de ordenación” podía usarse la plaza mientras se solventaban las deficiencias en el procedimiento por las que están anuladas las licencias. Evidentemente, hay que justificar que se cumplen los requisitos para estar fuera de ordenación y es ahí donde entra la complejidad: con argumentos técnicos el ayuntamiento dice que sí y el juez dice que no. Una negativa que parece querer suavizar al subrayar varias veces que se trata de un asunto “complejo”, por lo que no impone las costas a nadie. No se sabe si porque considera que, al ser la cosa tan complicada, cualquiera puede confundirse o porque no las tiene todas consigo sobre la solidez de sus propios argumentos.

Al margen de esta última vuelta de tuerca, complejo es lo menos que se puede de un proceso que supera las dos décadas de confrontación, conflicto, desencuentro, rivalidades y miserias. Con profusión de actores: políticos, plataformas ciudadanas, funcionarios, colectivos sociales y festivos, empresarios, jueces, abogados, cada cual con su propio interés, más o menos legítimo, y con tramas paralelas en lo personal, en lo laboral, en lo mediático. Y todo ante una ciudadanía perpleja, agotada, asqueada y sufridora directa de la mutilación de una parte importante de sus fiestas y de verse privada de uso de una infraestructura con enormes posibilidades de uso colectivo.

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Si durante un tiempo tuvo mucho sentido mantener la tensión pen este asunto para conseguir el bien común ciudadano, hace años que el sentido de la confrontación ha cambiado: para unos es una cruzada en la que se empeñan en tener razón a cualquier precio, mientras la pretensión de otros es que sus intereses empresariales, electorales o laborales queden lo más a salvo posible. Cabe destacar la posición en todo este tiempo del empresario de la plaza, que no ha dejado de bordear continuamente la delgada línea entre sus obligaciones y la justificación de su incumplimiento y que está en el origen y en la escalada conflictiva de este asunto.

Lo que hace mucho que a ninguno de los actores directos de esta trama les importa es el interés ciudadano. Es el pueblo de Aranda quien está sufriendo las consecuencias directas de sostener la confrontación en el tiempo sin ninguna voluntad de solucionarla, sino de salvar cada cual su posición. Y mientras tanto los vecinos y vecinas de Aranda transitan a diario frente a un edificio espléndido y funcional, pero vacío de contenido y actividad.

Lo dice la sabiduría popular: “discuten los burros y lo pagan los arrieros”.

Elena Lastra

Elena Lastra

Redactora jefe de la Cadena SER en Aranda y presentadora de 'Hoy por Hoy Aranda'

 
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