Postales de Palencia: La del Antroido en Cervera
Borja Barba nos acerca un nuevo paisaje de la provincia de Palencia que nos lleva a Cervera de Pisuerga
Postales de Palencia: La del Antroido en Cervera
Palencia
Se le atribuye a Franz Kafka aquella cita en la que admitía que el día que se avergonzó de sí mismo fue cuando descubrió que la vida es una fiesta de disfraces, a la que todo el mundo acude con su propia máscara y a la que él había estado asistiendo a cara descubierta. Quiso así el escritor checo poner de manifiesto la necesidad que sentía el ser humano de enmascararse y cubrir su verdadera identidad para poder encajar en una sociedad de roles estereotipados, muy definidos y en la que salirse de lo estrictamente normativo no estaba del todo aceptado. Recordé la reflexión el pasado viernes, bajo el relente de la noche cerverana. Cubierto, precisamente, con una máscara. Y no una máscara para tratar de ocultar mi verdadero yo. Sino una máscara para conectarme con una identidad mucho más profunda que la de mi rostro y mi voz: la de un pueblo unido a su tierra en perfecta simbiosis. Un pueblo del que yo mismo formo parte.
El Antroido, renacido tras décadas de silencio y ostracismo gracias al empeño de la Asociación Cultural La Anónima y del consistorio de Cervera, no es un simple carnaval. Es más, ni tan siquiera es un desfile de disfraces y máscaras al uso. El Antroido es una sombra ancestral de inspiración telúrica. Es la resistencia de una memoria colectiva que se resiste a ser enclaustrada para la eternidad entre los legajos de un archivo. Y es la representación viva del afán de aquellos que saben que un pueblo sin sus ritos y sus costumbres atávicas es como un cuerpo desprovisto de alma.
El ruido de los cencerros reventaba la armonía de la noche con un ritmo primario e hipnótico. Las espesas pieles de animales, las cornamentas y las siluetas de enigmáticas figuras con el rostro cubierto por la materia orgánica de la que se alimentan los bosques se recortaban contra la luz irradiada por el fuego de las antorchas. Una retahíla de personajes componiendo una vistosa puesta en escena, en una representación del caos necesario antes del orden. Como la catarsis que precede al reinicio de los ciclos de la naturaleza que se dan cita cada año con el equinoccio de primavera. Estableciendo un diálogo incomprensible entre lo sagrado y lo pagano.
Arde en la hoguera el Tío, llevándose con sus cenizas todos los males y oscuridades del año, al tiempo que cada llamarada que lo consume sacude el frío de Cervera invocando a la fertilidad que aguarda bajo la nieve y la helada. Mientras, mecido por el sonido bronco de los panderos y el ritmo desacompasado de los cencerros, mi cuerpo deja de ser mío para liberarse de las ataduras que le imponen mi rostro y mi identidad cuando no quedan ocultas. Me desligo de mi biografía personal para sentirme parte de una historia mucho más inabarcable. Danzo y salto desatado alrededor del fuego. Sintiéndome parte de la escena y en plena comunión con ese suelo que piso y ese territorio que habito y al que ahora sé que defendería - del fuego, del abandono y hasta de la ineptitud de algunos - hasta mi último aliento. Y comprobando que, de alguna u otra manera, todos necesitamos de ciertos momentos de espiritualidad para sentirnos en paz con nosotros mismos.