Postales de Palencia: La de las aguas que sanaron al rey
Borja Barba nos acerca esta semana hasta San Juan de Baños y parte de su historia

Postales de Palencia: la de las aguas que sanaron al rey
El código iframe se ha copiado en el portapapeles
Palencia
Cuentan las crónicas, con ese trazo difuso y borroso propio de su condición, que sobre este cruce natural de caminos azotado por los cuatro vientos tendió su tienda el rey Recesvinto de vuelta de guerrear con los vascones. Fue en esta llanura de la margen derecha del Pisuerga, a escasa distancia de la antigua Balneos, donde su cuerpo dio la voz de alto. Siguiendo siempre la difusa caligrafía de la leyenda, parece que unos males renales de carácter crónico afectaban al monarca, provocándole unos dolores tan insoportables que le obligaron a detener su marcha de regreso a Toledo.
Aquí mandó alzar el rey la basílica de San Juan de Baños, un pétreo conjuro visigodo superviviente al naufragio del paso de los siglos. Corría el año 661, como atestigua su lápida de consagración. Aquí mandó erigir un humilde cofre de sillería que hoy recibe al visitante con un fulgor dorado que emana de sus muros por esa misma luz del atardecer que incendia los campos de cereal en su despedida. Pero antes que las piedras, los arcos y las bóvedas, estuvieron las aguas. Las mismas aguas que atrajeron el avance de Roma. Unas surgencias a las que se atribuyeron propiedades termales y sanadoras y que dieron renombre a estas tierras mucho tiempo antes de ser nudo ferroviario. Unas lágrimas emanadas de la tierra que, como una merced divina, se abrazan a la fe en un rito perpetuo y que fueron el bálsamo que ayudó a Recesvinto a sanar sus dolencias.
La Fuente de San Juan, recogida sobre una suave terraza que desciende hacia el cauce del Pisuerga, sigue ofreciendo en sus caños su milagroso tesoro líquido. Un agua que mana y fluye con la indiferencia de todo aquello que es eterno sin ser consciente de ello. Y que ya brotaba desde mucho tiempo antes de que Balneos fuese siquiera un proyecto en las ansias colonizadoras de Roma. Un agua que continuó emergiendo para sanar a Recesvinto. Un agua que arrastra siglos con la misma levedad con la arrastra una hoja. Que corre ahora y que seguirá corriendo cuando ya nadie recuerde cómo sonaba nuestra voz. Si la observas con detenimiento, podrás contemplar en su curso una recopilación de momentos históricos. Verás tallar el Ara de las Ninfas. Verás a Recesvinto convaleciente y dolorido sobre su camastro. Verás levantar los arcos y modelar las celosías de la Basílica. Verás el ocaso y el abandono progresivo del templo. Verás también su recuperación después de un incesante cambio de manos. Su consolidación como monumento nacional. Y verás un mundo que ya no existe. Un mundo del que hoy tan solo nos llegan los ecos lejanos de reyes que se creyeron inmortales y de viejos imperios convencidos de su eternidad.




