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Postales de Palencia: La del sueño de Valdehaya

Borja Barba nos acerca esta semana hasta el hayedo de Valdehaya en Velilla del Río Carrión

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Palencia

Dicen que los hayedos alcanzan su punto óptimo de maduración al final del otoño. Es entonces cuando su frondosidad se resuelve en forma de caída de la hoja, dando paso a la tenue luz que se atreve a visitar todas esas laderas orientadas hacia el norte de manera concienzuda. Lo hace con timidez. Como con cierta condescendencia. Filtrándose en forma de finos hilos dorados que apenas rozan la hojarasca. Como si tratase de escatimarle al suelo húmedo y en lento proceso de maceración ese regalo divino en forma de rayo solar.

Pero antes de que el otoño se vea capacitado para desplegar su alquimia ocre, el hayedo tiene que aprender el hechizo. Y lo hará, en primer lugar, renaciendo. Reabriéndose a la vida con el despertar de la primavera. Ahora la luz ya no es dorada, sino que se filtra con un matiz verdoso. Arroja una claridad que empuja a que millares de pequeños brotes perforen el tapiz vegetal que alfombra el suelo y que allí arriba, en las copas, las yemas comiencen a despuntar y desperezarse en forma de tiernas hojas. El espectáculo de bienvenida a las tardes eternas se despliega ya tras sacudirse la pereza de la hibernación.

Me gusta interpretar el paisaje que se abre desde estas laderas que canchean al oeste de Velilla del Río Carrión en clave onírica. Como si adentrarse en este dédalo de hayas, roblones, acebos, helechos y líquenes supusiera deslizarse dentro de un sueño contra el que no existe despertador. Estoy convencido de que bajo la sombra perenne de las hayas centenarias que se yerguen sobre las laderas de Valdehaya existe un umbral desconocido. Una puerta simbólica que franqueamos sin percibirla y que ayuda a disolver el mundo cotidiano para abrazarse a esa idea de Tolkien en la que la fantasía no significaba evasión, sino una forma de limpiar la memoria y la mirada. Una manera de empezar de cero y de tratar de recuperar un ritmo que la vida moderna se empeña en traicionar.

Porque todo en Valdehaya invita a perderse. Las ondulaciones del terreno, las decenas de senderos serpenteantes que se entrelazan como un ovillo desmadejado, las sombras que engañan a la vista y los sonidos que alertan al oído y que empujan a que la imaginación se adelante a los sentidos. Incluso la memoria reciente. Aquella que nos reaviva recuerdos de rostros tiznados de negro antracita, exhaustos tras pelear por extraer el carbón de estas montañas en un combate de innumerables asaltos.

Volver a la realidad implica dejar de pensar en bosques que respiran y árboles que caminan en cuanto les damos la espalda. Exige volver a un ritmo vital que no deseamos, que no permite detenerse a observar y que nos lleva a empujones hacia un abismo insalvable. Afortunadamente, siempre nos quedaran puertos seguros como Valdehaya. Elíseos salvajes en los que aprender a sobrevivir.

 

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