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Concha Rollizo: vida y obra de quien pese a las adversidades nunca dejó de luchar

En nuestro viaje por la memoria conocemos a quien pese a perder pronto a su marido, supo tirar hacia delante, reivindicando y haciendo frente a cualquier piedra en el camino

Viaje por la Memoria - Concha Rollizo

Viaje por la Memoria - Concha Rollizo

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Aranda de Duero

Explica bien Ausen Frutos en su introducción que la memoria es ingrata "cuando se torna esquiva y olvidadiza". Pero hoy, tratamos de "hacer el ejercicio de colocar en el sitio justo y merecido de la memoria colectiva a una persona que todos los ribereños ponemos nombre, voz y cara y la reconocemos asociada a los recuerdos de lucha y reivindicación". Su voz toca escucharla, su nombre y apellido, Concha Rollizo. Y su vida puede resumirse mirando a tres fechas -1973, 1980 y 1990- aunque en realidad está hecha de mucho más: de esfuerzo, compromiso y una capacidad inagotable para seguir adelante incluso cuando todo parecía romperse.

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Los orígenes, el amor y la reivindicación

Rollizo nace en el Madrid humilde de los años 50, en una casa de Carabanchel sin agua corriente, donde la precariedad convivía con una dignidad férrea. Allí, entre barreños de zinc y jornadas interminables de trabajo de sus padres, aprendió lo esencial. “Hambre no pasamos nunca”, recuerda, porque todo el esfuerzo familiar estaba puesto en algo tan básico como que no faltara comida ni abrigo. Aquella infancia, lejos de marcarla con resignación, le dejó una enseñanza que atravesaría toda su vida: salir adelante dependía de no rendirse.

Concha, en su etapa estudiantil

Concha, en su etapa estudiantil / imagen facilitada

Concha, en su etapa estudiantil

Concha, en su etapa estudiantil / imagen facilitada

Su historia cambia cuando aparece Jesús. Se conocieron siendo muy jóvenes, en el 73,asi por casualidad, entre una peluquería y un banco en Madrid, y lo que comenzó como una relación tímida acabó convirtiéndose en una unión profunda, tanto en lo personal como en lo ideológico. Concha lo resume sin rodeos: fueron una pareja “totalmente compenetrada”, también en la forma de entender el mundo. Porque su vida juntos transcurrió en una España donde pensar diferente implicaba riesgos, reuniones clandestinas en casa y la inquietud constante de no saber si él regresaría cada día. No habla de miedo paralizante, pero sí de una “inquietud impresionante” que se hacía más grande con dos hijos pequeños.

Ambos compartían una misma convicción: querían cambiar las cosas. Luchaban por derechos laborales, por libertades, por un futuro distinto para quienes venían detrás. Y eso implicaba correr, literalmente, delante de la policía en más de una ocasión. “Eso por descontado”, dice ahora, con una naturalidad que convierte lo extraordinario en cotidiano. La llegada a Aranda de Duero fue, en teoría, un nuevo comienzo. Surgió "por magia" y con el único vínculo de su cuñado, que trabajaba en Vemsa. Buscaban tranquilidad, dejar atrás la tensión de Madrid, empezar una vida más sencilla. Pero la implicación social no se abandona como quien cambia de ciudad. Aquí continuaron participando, organizándose, y formando comunidad. Hasta que en 1980 todo se detuvo.

Foto de familia

Foto de familia / imagen facilitada

Foto de familia

Foto de familia / imagen facilitada

Un accidente que cambia todo

Una tarde de verano, mientras paseaba con sus hijos, recibió la noticia de la muerte de Jesús en un accidente de tráfico. Lo recuerda como algo irreal, “como si estuvieras viendo una película”, incapaz de asumir en ese instante que aquello le estaba pasando a ella. Y, sin embargo, le pasó. Con apenas 30 años, se encontró viuda y con dos niños pequeños. En ese momento no hubo espacio para decisiones elaboradas ni para reconstrucciones pausadas. “Tenía dos criaturas y tenía que tirar para adelante”, resume. Esa fue su única hoja de ruta.

Nunca volvió a casarse. No por falta de oportunidades, sino más bien por una convicción íntima que explica con una mezcla de honestidad y respeto: la relación que había tenido con Jesús era tan profunda que sentía que no podía compararla ni proyectarla sobre otra persona. Era, en el fondo, otra forma de lealtad.

Concha, junto a su marido

Concha, junto a su marido / imagen facilitada

Concha, junto a su marido

Concha, junto a su marido / imagen facilitada

Otra fecha dolorosa

Diez años después, cuando parecía que la vida había encontrado cierto equilibrio, llegó otro golpe: el cáncer de mama. Fue en 1990 cuando le operaron, tras notar un bulto casi por casualidad. El diagnóstico confirmó lo que temía, pero también abrió una nueva etapa en la que, una vez más, decidió no detenerse. De aquella experiencia no se queda solo con el recuerdo, sino con el mensaje: insiste en la importancia de la detección temprana, de acudir al médico ante cualquier señal, de no mirar hacia otro lado.

Porque si algo define a Concha es precisamente eso: no apartar la mirada. A lo largo de su vida ha estado implicada en múltiples causas sociales, desde asociaciones hasta movilizaciones, pasando por su etapa como concejala en el Ayuntamiento de Aranda, donde impulsó iniciativas como la creación de la Concejalía de la Mujer o el registro de parejas de hecho. Nunca ha dejado de participar, de reclamar, de estar presente allí donde considera que hay algo que mejorar. Ella misma lo dice con sencillez: se mete “en todos los fregados” que cree justos.

Esa actitud también la ha trasladado a su vida personal, especialmente a la educación de sus hijos, a quienes nunca impuso una ideología concreta, pero sí una forma de estar en el mundo: ser libres, responsables y, sobre todo, buenas personas. Hoy los mira con orgullo, y se emociona al escuchar el mensaje de su hijo Diego -su hija, emocionada, no podía articular casi palabra-. consciente de que fueron ellos, en los momentos más duros, el motor que le hizo seguir adelante.

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Concha, junto a Manolo Arandilla

Concha, junto a Manolo Arandilla / imagen facilitada

Concha, junto a Manolo Arandilla

Concha, junto a Manolo Arandilla / imagen facilitada

La implicación sigue intacta

Con los años, reconoce que el ritmo ya no es el mismo, pero no la convicción. Sigue creyendo en la necesidad de implicarse, de no callar, de defender lo que considera justo, aunque también observa con cierta preocupación cómo ha cambiado la política, más marcada ahora por el enfrentamiento y la descalificación que por el diálogo. Quizá por eso insiste en algo que resume toda su trayectoria. “Cada palabra tiene consecuencias, cada silencio también”. En esa frase cabe toda una vida. Una vida que no solo ha resistido, sino que ha dejado huella en quienes la rodean.

Este Viaje por la Memoria al completo, junto a Valentín García y Ausen Frutos, puede reproducirse en el audio superior.

 

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