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Postales de Palencia: La del pacto con el Pisuerga en Alar del Rey

Borja Barba nos invita a conocer el paisaje del kilómetro cero del Canal de Castilla en la provincia de Palencia

Postales de Palencia: La del pacto con el Pisuerga en Alar del Rey

Palencia

Me gusta pensar en la idea de que el Canal de Castilla nació de un pacto del hombre con la naturaleza. Y fue precisamente en Alar del Rey donde se fraguó. Fue aquí donde la gran obra de la ingeniería hidráulica nacional del siglo XVIII comenzó a mostrar trazas de viabilidad, después de los primeros trabajos iniciados en Calahorra de Ribas unos pocos años antes. Fue aquí, en el lugar conocido como Estrecho de Nogales, donde el río Pisuerga y la cicatriz líquida abierta en la llanura sellaron su acuerdo para la eternidad. Un contrato no escrito para la cesión de las aguas, con la idea de romper el aislamiento comercial de la meseta castellana. De acercar la lana y el cereal al mar. Y el mar a la lana y al cereal.

Es en ese kilómetro cero del Canal, marcado hoy con un simbólico hito de piedra que señaliza el desagüe en el cauce del Pisuerga, desde donde todo se desparrama hacia el sur. Y lo hace con el fluir manso de las aguas. Como en una metáfora perfecta de una vida que ya no existe y en la que aún había tiempo para desarrollar la imaginación hasta dar con una creación tan ambiciosa como la del Canal. Es aquí donde comienza el viaje. Donde se suscribe el pacto fundacional. Donde el agua deja de ser corriente salvaje, caprichosa y descontrolada, para convertirse en disciplinada ingeniería. Donde deja de ser fuente de vida para transformarse en herramienta.

Pero no solo pienso en pactos no escritos con los elementos naturales y en las cabezas pensantes que bocetaron la idea sobre planos. También pienso en las manos que dieron forma a las ensoñaciones de la Ilustración española. Lo hago irremediablemente al pasar por las antiguas mazmorras de la Dársena, después de franqueado el angosto Puente de la Coneja. Deslizar la mano por las rejas aún visibles ayuda a percibir la humedad y el frío que emanan de su oscuro interior. Como si aún se pudiese percibir el aliento mortecino y quejumbroso de los reos allí destinados.

Esa utopía lineal de agua y piedra que ahora se abre hacia el Barrio de San Vicente mantiene una geometría incuestionable. Una precisión y una simetría que delatan su origen artificial. El remanso del agua, en el que ahora se reflejan las nubes como si se asomasen a un espejo. Los grandes sillares que encauzan la tenue corriente. Hasta los álamos que flanquean y escoltan solemnemente el álveo se exhiben ceñidos a la rectitud.

Dejó escrito unos de nuestros más notables ilustrados, Gaspar Melchor de Jovellanos, que “en los países aplicados e industriosos nada huelga. Los valles, los montes, los cerros y hasta las duras peñas, todo se aprovecha, todo produce y fructifica”. Una reflexión abrazada al productivismo más radical pero que encaja al milímetro con esta brecha navegable. Con esta arteria acuosa ingeniada para llevar vida allí donde la tierra parecía quedarse sin pulso. Con este Canal de Castilla por el que ahora camino lento, suspendido en el tiempo y siguiendo el ritmo marcado por su corriente eterna.