Callejeando: La plaza de Ávila y l’hort de les freses
La plaza de Ávila, en el barrio de la Trinidad, no es una plaza, es un engendro urbano levantado sobre lo que fue uno de los numerosos huertos-jardín que flanqueaban el antiguo camino de Alboraya

Callejeando con Luis Fernández (19/01/2025)
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València
La plaza de Ávila, situada en el barrio de la Trinidad entre la calle Alboraya y los Viveros, es de todo menos una plaza. Es más bien una suerte de engendro urbano formado por varias calles, nacido de los desafortunados proyectos de ordenación del desarrollismo franquista, que primaban la especulación frente a la habitabilidad, la sostenibilidad y el respeto por el entorno preexistente. Así fue como, ya en la década de los setenta, se construyeron los últimos bloques lineales del plan, perpendiculares a los Viveros, sobre el último huerto-jardín que a duras penas todavía subsistía de los muchos que hubo en la zona, creando un espacio destartalado y, aún hoy, inacabado —todavía se pueden observar los restos de antiguos callejones desaparecidos, como el del Portalet— al que le dieron el nombre de plaza de Ávila.
Una denominación totalmente aleatoria que no responde a ningún criterio conmemorativo hacia la provincia y capital castellanoleonesa, sino que más bien fue un recurso del Ayuntamiento, que utilizó la toponimia de las provincias de España ante la necesidad de rotular las numerosas calles y plazas que se estaban abriendo en aquellos años.
Respecto al mencionado huerto sobre el que se urbanizó la plaza de Ávila, cabe recordar que el camino de Alboraya —convertido posteriormente en la actual calle del mismo nombre— que partía desde la bajada del puente de la Trinidad en dirección norte, atravesaba una de las zonas reconocida históricamente como de las más fértiles y ubérrimas de la huerta de València. Tal y como recogen cronistas y escritores de todos los tiempos, desde la época árabe se extendían aquí los exuberantes huertos-jardín que posteriormente serían conocidos como 'horts', propiedad de las familias valencianas más renombradas.
Se trataba, por tanto, de grandes extensiones ajardinadas, regadas por el agua de la acequia de Mestalla, trazadas sobre los antiguos huertos de cultivo, conservando ese doble aspecto de huerta de frutales, cítricos y hortalizas, mezclados con los colores, aromas y sonidos del típico vergel valenciano ornamental.
Entre los más famosos de estos huertos aledaños a la calle Alboraya se encontraban el del Patriarca, el de los Capuchinos, el de Vallejo —donde se construyó el famoso estadio del Levante UD— o el popular huerto de las Fresas. Este último, situado a la altura de la actual calle del pintor Vilar, fue muy popular durante la primera mitad del siglo XX, no solo por las fresas que allí se cultivaban y que le daban nombre y fama, sino por ser un espacio de recreo muy frecuentado por la sociedad valenciana de la época.
No en vano, en sus concurridas veladas veraniegas se realizaban representaciones teatrales donde el maestro Giner estrenó alguna de sus obras más conocidas, como es el caso de Una nit d’albaes o Es xopá hasta la Moma. Incluso Maximiliano Thous escribió una comedia que, bajo el título de l’Hort de les Freses, se desarrollaba en este vergel de la vega valenciana.
Este huerto fue propiedad del eximio pintor José Vilar, por eso la mencionada calle que posteriormente se abrió lleva su nombre, pero la vinculación de la familia del artista con el jardín tuvo un final truculento. Vilar murió en 1904 a los 55 años y, a los pocos meses, su viuda, Remedios Martínez, fue asesinada en el mismo huerto después de una disputa con el arrendatario, que le disparó en el pecho tras conocer que esta se disponía a vender la parcela a las monjas del colegio del Sagrado Corazón del Muro de Santa Ana, que pretendían construir una nueva sede en el camino de Alboraya. Un episodio que conmocionó a la sociedad valenciana de principios de siglo y que podría haber firmado el mismísimo Blasco Ibáñez.
Los huertos-jardín de la calle Alboraya fueron desapareciendo a lo largo del siglo XX bajo un manto de hormigón y asfalto en pro de una modernidad mal entendida. En el huerto de las fresas se instaló la Alfarería artística saguntina, que conservó el jardín para exponer sus piezas y estuvo en activo hasta finales de la década de los 60, cuando fue definitivamente expropiado para urbanizar sobre su fértil tierra la incatalogable plaza de Ávila.
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Luis Fernández Gimeno
Ingeniero Técnico en Topografía y Máster en Teledetección por la Universidad Politécnica de Valencia....




