La València olvidada: Vicente Blasco Ibáñez (por Fco. Pérez Puche)
La València olvidada: Blasco Ibáñez
València
En esta ocasión estamos en la avenida del Oeste. En la esquina de la calle de Guillem Sorolla, al lado de la entrada de vehículos al estacionamiento del Mercado Central. Pero ¿por qué estamos aquí? Pues porque el 28 de enero se conmemora la fecha del fallecimiento del ilustre periodista, novelista y político don Vicente Blasco Ibáñez. Hace ahora 98 años que don Vicente murió en su casa de Menton, en la Costa Azul; una mansión llena de recuerdos valencianos.
Y nos situamos en la avenida del Oeste porque aquí nació Vicente Blasco Ibáñez, en la calle de la Jabonería Nueva, número 8, esquina con la calle de los Ángeles. Lo que pasa es que esa antigua calle de la Jabonería desapareció cuando se trazó la avenida del Oeste en los años cuenta y cincuenta; y con ella se perdió también el recuerdo, la placa que recordaba la casa natalicia. Blasco Ibáñez, en el año 1900, en un artículo escribió lo siguiente:
“Cerca del Mercado hay una calle habitada por industriales modestos, zapateros, tenderos de comestibles, etcétera. Aquella es mi gente; entre ellos nací yo. No puedo pasar por esa calle sin cierta emoción y miro con tanto orgullo como un Alba o un Osuna pueda contemplar su castillo solariego, el pobre establecimiento en cuya lóbrega trastienda, entre sacos de arroz y azúcar, di las primeras señales de querer venir al mundo”.
Así que Vicente Blasco Ibáñez nació en una tienda de comestibles, en la tienda de ultramarinos que tenían sus padres. Y nació un 29 de enero. Se cumplen ahora 159 años de lo que él llamó su 'venida al mundo', en el hogar de don Pascual Blasco y doña Ramona Ibáñez, el primero nacido en Aguilar, provincia de Huesca, y la segunda en Calatayud, Zaragoza. Aragoneses, pues, tanto el padre como la madre. Aragoneses, muy trabajadores, muy ahorradores y acostumbrados a la vida dura.
Se podría decir que Blasco Ibáñez, el novelista que mejor ha retratado a los valencianos, viene de una familia que podemos llamar de 'emigrantes'.
La madre se sabe que había trabajado de criada, a instancias de una tía suya que sirvió en la casa del editor Mariano Cabrerizo, también aragonés. El padre es uno de los muchos que bajaron desde Aragón a ganarse la vida. En València, como tantos otros, empezó a trabajar de aprendiz sin sueldo en los comercios de las inmediaciones del mercado. Un trabajo duro en que fue progresando hasta que pudo tener ahorradas 20.000 pesetas con las que compró tienda propia y pudo casarse en 1866.
Asimismo, fueron muchas las familias que vinieron de Aragón y que se instalaron en el comercio valenciano. València no es que fuera París, pero tenía más vida, más atracción que la España interior, que también entonces se vaciaba. Y para los aragoneses “bajar al Reino”, venir a València en busca de nuevos horizontes, fue algo natural. Lo sigue siendo ahora mismo. Blasco Ibáñez ya contó en su novela "Arroz y tartana" la leyenda de los niños que sus padres abandonaban en la plaza del Mercado: les hacían mirar el pardal de Sant Joan, esa veleta de los Santos Juanes ahora restaurada, y cuando se quedaban embobados, los dejaban solos. El chaval, con suerte, podía ser acogido como aprendiz en una tienda; y, si era espabilado, terminaba siendo un buen empresario del comercio. Así empezó la fortuna del marqués de Campo, en la tienda de especias de su papá, que también estuvo por aquí, cerca del mercado.
Pero volviendo a Blasco Ibáñez, sobre su vida sabemos que fue bautizado en los Santos Juanes, que era su parroquia. Y hay una foto que nos lo muestra a los tres años, vestidito con una piel de cabra, con un zurrón y zapatillas, como si fuera San Juan Bautista, para participar en la procesión del Corpus con la parroquia. Él, que sería el gran republicano, el duro anticlerical en sus años de madurez… pues empezó como todos los niños en aquella época: de la mano de su madre, que lo llevó a la parroquia primero y a aprender a leer y escribir, después, a las Escuelas Pías, el colegio del barrio del Mercado y de Velluters.
Y por lo demás, lo que Blasco siempre recordó fueron los amigos, el ambiente de la clase media, de los comerciantes de su barrio. La mayoría son calles desaparecidas por el avance de la avenida del Oeste: Cubells, Falcons, la Muela, la Madrina, Siurana. La plaza del Molino de Na Robella, la calle de la Beata y la plaza de San Gil, donde los padres de Blasco pudieron comprar otra vivienda en la que vivió de jovencito el aspirante a periodista y novelista…
De aquella València del joven Blasco se ha escrito mucho y yo recomiendo un libro, titulado "Blasco Ibáñez y la València de su tiempo", de Juan Luis León Roca, que responde como anillo al dedo a ese propósito de reconstruir el ambiente de la ciudad, no ya durante la juventud de Blasco, sino en los primeros años de Sorolla o Benlliure, que son más o menos de una misma generación. Es la València que derriba las murallas y crece, la que empieza a tener ferrocarril, luego tranvías de caballos y tranvía de vapor. Es la ciudad que vive la revolución de 1868, y luego la primera república y la Restauración. Una València que se va transformando, que conoce el telégrafo y el alumbrado de gas, luego el teléfono y la luz eléctrica, una ciudad que quiere modernizarse y cambiar y en la que el joven Blasco pelea por encontrar un camino literario mientras va forjando una vocación política republicana.
Sobre su formación académica, Blasco, luego de los escolapios, donde fue elegantemente expulsado por rebelde, fue a una escuela privada, en la plaza de la Pelota, donde comenzó su afición a los libros. Más tarde, con once años, fue al instituto. Y en esa época consta que leyó su primera novela, "El poder de la voz", al director del instituto, don Jaime Banús y su familia. Después estudió Derecho en la Universitat de València.
Él, en sus sueños juveniles, dijo que quería ser marino. Pero su padre prefería que estudiara 'leyes'. Así es que ya de mayor, Blasco Ibáñez escribió: “Por ser algo, me hice abogado”. De todas formas, lo suyo era escribir. No tenía intención de ejercer la abogacía. Hay una fotografía que nos lo muestra como componente de la tuna de la Facultad de Derecho en los desfiles de Carnaval de 1888, cuando tenía 21 años. Y un comentario de los suyos en el que dice: “Allí empezó mi vida de agitador. Yo no entraba en las clases más que para armar bronca…”
Para entonces ya le habían publicado varios cuentos. El primero, en 1882, se publicó en el Almanaque de Lo Rat Penat y se titulaba "La torre de la Boatella". En 1885, le editaron otro, que se titulaba Carmen. Luego, el periódico El Correo le publicó, en 1887 "Fantasías", que lleva como subtítulo “Leyendas y tradiciones”, y "Por la patria", que es una novela corta sobre el guerrillero Romeu. En esta época universitaria consta una huida a Madrid, donde durante unos meses pretendió vivir la bohemia literaria hasta que su madre lo trajo a València de una oreja. Ahí podemos decir que empieza la vida de Blasco Ibáñez como escritor… y también la de agitador. Pero eso ya son otras historias...
Texto: Fco. Pérez Puche
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Quique Lencina
Filólogo de formación y locutor de profesión,...Filólogo de formación y locutor de profesión, actualmente forma parte del equipo digital de Radio Valencia que gestiona la página web y las redes sociales de la emisora. Además, copresenta junto a Juan Magraner el programa de agroalimentación 'La Llavor'.