Callejeando: El Padre Diego Mirón y el Chernóbil de Campanar
Una de las zonas más degradadas de la ciudad, apodada como el Chernóbil de Campanar, ya tiene un plan de saneamiento
Callejeando con Luis Fernández (23/02/2026)
València
Urbanísticamente hablando, Valencia es una ciudad fallida. No hace falta ser experto en la materia para observar la mala planificación de la ciudad, siempre sometida al dictado de constructores y promotores, en cualquiera de nuestros barrios. Uno de los muchos ejemplos paradigmáticos lo podemos encontrar en lo que de forma grandilocuente pero muy esclarecedora se ha bautizado como el Chernóbil de Campanar.
Este espacio urbano, situado en el triángulo que forman las avenidas de Campanar y Pío XII con el río, fue urbanizado en un principio bajo el Plan General de 1946, que contemplaba una serie de manzanas cerradas y achaflanadas tipo ensanche. Fruto de este plan es el edificio que, degradado y desahuciado, todavía preside la zona como si fuese un barco encallado en la orilla, y que al poco de levantarse ya se encontraba fuera de ordenación.
Con el cambio de plan urbanístico en 1966, esta zona fue reorganizada con una serie de bloques de edificación abierta alineadas o escalonadas con las avenidas, que dejaban el espacio interior reservado para dotación educativa. Pero la realidad, que siempre se impone sobre lo proyectado en nuestra ciudad, es que esta zona es un galimatías de alineaciones, donde conviven edificaciones de diversos planes mal solapados, que finalmente han generado una serie de solares y parcelas muertas que llevaban degradando el barrio décadas.
Ahora parece que el Ayuntamiento ha aprobado el nuevo PAI que pondrá fin a este desaguisado —evidentemente con unas buenas prebendas para los promotores reflejadas en una mayor edificabilidad— derribando el polémico edificio y arrasando con lo poco que queda de los elementos del paisaje urbano de la zona, entre ellos, las dos placas cerámicas, colocadas en los años 50, que dan nombre a la calle del Padre Diego Mirón.
Calles bautizadas con nombres de santos, curas y vírgines
Después de la Guerra Civil, el nacionalcatolicismo fue uno de los principios ideológicos en los que sustentó el franquismo. Tras la victoria de los sublevados, las calles volvieron a sacralizarse y la iglesia las hizo suyas para representar allí su credo. La religión dominaba de nuevo el espacio público de las ciudades, y la censura y la propaganda católica fueron desplegadas, en connivencia con la dictadura, como unos tentáculos largos y poderosos que abarcaron todos los ámbitos de la sociedad, desde la educación hasta la prensa, pasando por el espacio simbólico y la onomástica urbana.
Decenas de calles y plazas de la ciudad fueron bautizadas con nombres de santos, curas y vírgenes. Entre ellas, la plaza y la calle proyectadas sobre plano en el antiguo barrio de La Figuera, junto a Campanar, que fueron dedicadas al canónigo Juan Gerónimo Doménech y al padre Diego Mirón, ambos jesuitas responsables de la fundación del Colegio de San Pablo en el siglo XVI —actual Instituto Luis Vives—.
A mediados del siglo XVI, San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, autorizó la construcción del primer colegio de jesuitas en España donde se debían formar los novicios de la congregación. El edificio se levantó en Valencia entre 1552 y 1566 gracias a la ayuda del arzobispo Santo Tomás de Villanueva, y su primer rector fue el padre Diego Mirón (1516-1590), un publicista y sacerdote valenciano originario de Ruzafa y bautizado en la parroquia de San Valero. Mirón recibió sus primeras enseñanzas en nuestra ciudad y estudió lenguas clásicas en la Universidad, desde donde pasó a París para cursar Teología.
En la capital francesa conoció a San Ignacio de Loyola y su nueva compañía, a la que se unió en 1541. El presbítero valenciano ayudó a la expansión de los jesuitas por la península ibérica, primero fundando un colegio en Coimbra y posteriormente el mencionado de Valencia, siendo nombrado primer general de la compañía en la provincia de Aragón.
Con la influencia de los jesuitas en la posguerra, el nombre del padre Digo Mirón fue rotulado en dos placas cerámicas y colocadas sobre el primer edificio que se construyó sobre el antiguo barrio de la Figuera, ahora totalmente denostado. Si nadie lo remedia, y con la poca sensibilidad que está mostrando el consistorio, las placas acabarán expoliadas o directamente destruidas. Una pérdida patrimonial que va despersonalizando nuestros barrios, olvidando que el paisaje urbano también es memoria y que cuidar de ella es una forma de cuidarnos como comunidad.
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Luis Fernández Gimeno
Ingeniero Técnico en Topografía y Máster en Teledetección...Ingeniero Técnico en Topografía y Máster en Teledetección por la Universidad Politécnica de Valencia. Divulgador especializado en toponimia y cultura popular, es autor de libros como 'Toponimia i Memòria Urbana' (Ayuntamiento de València, 2023) y 'Las calles y su historia' (Drassana, 2017). Conduce los espacios 'SER Falleros' y 'Callejeando'.