La València olvidada: calle Archer y Anna Huntington
En esta ocasión nos encontramos en la puerta del edificio que fue Gobierno Militar y hoy es Centro Cultural de los Ejércitos
La València olvidada: calle Archer y Anna Huntington
València
Nos encontramos en la puerta del edificio que fue Gobierno Militar y hoy es Centro Cultural de los Ejércitos, concretamente, en la esquina de la calle que València tiene dedicada a Archer y Anna Huntigton, marido y mujer, que tanto hicieron por la difusión del nombre de València en el mundo.
Lo primero que llama la atención es que no es una placa con el nombre de ambos y ya está, sino una obra de arte, fundida en bronce, donde figura el rostro, el perfil, de un caballero, y detrás el perfil de una señora. Y desde luego es una obra de calidad, un altorrelieve como los que se dedican a los personajes importantes.
Aprovechando que el Ayuntamiento de València acaba de dedicar nombres de mujer a tres calles nuevas de la ciudad, por la proximidad del Día de la Mujer Trabajadora, un poco para demostrar, o al menos para argumentar, que lo que habitualmente llamamos OLVIDO DE LA MUJER en las calles valencianas, es relativo. Quiero decir que, aunque no hay todavía la paridad o la igualdad necesaria, tampoco es cierto que antes se olvidara absolutamente la presencia de la mujer en el callejero. Ni mucho menos. En los años cincuenta y sesenta fueron escasas las mujeres que dieron nombre a calles, pero no se puede decir que no hubiera NINGUNA. Y una prueba la tenemos en esta calle que se dedicó, en el año 1958, a una escultora internacionalmente famosa, ANNA HUNTINGTON, que regaló a València copias de dos esculturas suyas de las que hablaremos luego.
En este, como en otros casos, no se puede disociar a uno del otro. Y por eso la calle valenciana lleva los nombres de los dos. Porque el caso es que él era millonario, pero ella, también lo fue; porque compartió y heredó su fortuna. Él fue un coleccionista de obras de arte españolas de todos los tiempos; pero en muchas ocasiones él pagó y fue ella quien decidió qué Goya había que comprar, qué manuscrito valía la pena tener o qué tumba de un monasterio en ruinas se desmontaba para viajar a América. Si Archer fue un hispanista de primera línea, ella fue una escultora de un gusto exquisito. Se casaron en 1923, después de que Archer se divorciara de su primera esposa. Y aunque la fundación, la colección de obras de arte de la Hispanic Society of America, que tiene su sede en Nueva York, ya tenía entonces veinte años de actividad, yo creo que el resultado final fue posible gracias al empuje y la sensibilidad combinada del marido y la mujer.
La placa de la calle fue inaugurada oficialmente el 29 de julio de 1958, unos meses después de la riada de 1957, y unos meses antes de que el alcalde de València, el marqués del Turia, fuera relevado por su sucesor, Adolfo Rincón de Arellano. Y es que la presencia de los grandes paneles españoles de Joaquín Sorolla en aquel lejano museo, y la dedicación de los Huntington al fomento de la cultura española, empezaron a reconocerse en España cuando Archer murió, en 1955.
En ese momento, Anna tomó las riendas de la Fundación y empezó a trabajar para que la dedicación española de la Fundación fuera reconocida en España. Para ello confió en la labor de un profesor, llamado José García Mazas, especialista en cultura española en la Universidad de Nueva York que, para empezar, fue representante personal de doña Anna en la ceremonia de inauguración de la placa rotuladora que ella misma había modelado, fundido y regalado a València. En esa oportunidad, el profesor García Mazas, que vino a València para estar presente en el acto, recordó que Archer Hungtinton no solo era coleccionista de los de elegir y tirar de talonario sino un hispanista que en su juventud ya estuvo en Valencia, en el lejano año 1894. Conocía nuestra historia y nuestra cultura, y, en inglés, había escrito poemas dedicados a Jaume I, a la barraca y a la Senyera.
Ese discurso de García Mazas, en resumen, vino a recordar toda cuanto Archer Huntington sabia de València, que era mucho. Porque antes de conocer a Joaquin Sorolla, en 1908, antes de invitarle a exponer en Nueva York y de contratarle para que pintara los paneles, el hispanista ya había conocido a expertos en cerámica valenciana, como González Martí, y se había enamorado de la loza de Paterna y Manises, de la que hay grandes ejemplos en Nueva York.
Pero lo más bonito de esta historia es lo agradecida, lo generosa que la escultora Anna Huntington fue con València en los años sesenta, cuando su marido había muerto. Para empezar, nos vamos a situar en el 2 de marzo de 1964, cuando València, bajo la lluvia, vio llegar un camión plataforma, cargado con un gran bulto, a la encrucijada de la calle de San Vicente con la Gran Vía, la plaza de España.
Allí, los valencianos vieron descargar la figura de un caballo, cabalgado por nada mejor que el Cid Campeador, el personaje legendario que conquistó València mucho antes que Jaume I, el que don Ramón Menéndez Pidal ayudó a estudiar y recuperar para la memoria de todos. Si queréis también, el guerrero protagonizado por Charlton Heston en una película que se había estrenado un par de años antes. El resultado es que la estatua del Cid llegó a València. Es una copia de la original, que muchos valencianos hemos visto en Nueva York, a las puertas de la Hispanic Society. Y es la misma que se puede encontrar también frente al Museo de Bellas Artes de San Francisco, en medio de un precioso jardín.
Unos días antes, el 23 de enero de 1964, otro camión había dejado otro regalo especial de la escultora a Valencia. Lo había depositado en el paseo al Mar y era la figura de un atleta, que ha caído al suelo rendido por el cansancio pero que, antes de morir, entrega la antorcha a otro atleta que llega cabalgando un caballo. Es la escultura llamada EL RELEVO, que desde 1964 se encuentra en la rotonda del acceso de Barcelona.
Pesa tres toneladas y media, está situado entre el colegio del Pilar y Mestalla y es una alusión al mundo universitario, a la continuidad en el esfuerzo del estudio y la ciencia, que se ubicó en el campus universitario de Blasco Ibáñez que nació durante aquellos años de crecimiento de la ciudad. Por eso muchos hemos visto que hay otra escultura igual en la Ciudad Universitaria de Madrid.
Es curiosa esa generosidad de los Huntington, que regalaban esculturas. Es lo que tiene ser millonaria… y escultora. Es lo que tiene ser generoso. Sí, en varias ciudades de signo español se pueden encontrar esculturas de doña Anna. A mí me commovio especialmente la del Cid en San Francisco, situada de tal modo que se puede fotografiar viendo al fondo el Golden Gate. Pero la estatua del Cid, por ejemplo, estuvo también en la Exposición Iberoamericana de Sevilla del año 1929, como un regalo de la Fundación. Y es interesante saber que la que tenemos en la plaza de España se decidió ponerla allí pero antes, en las torres de Serranos, delante de la puerta principal, estuvo ubicada una copia burda, de madera y cartón, para ver si era un buen sitio para colocarla. Lo que ocurre es que no gustó y se optó finalmente por la plaza de España.
Texto: Paco Pérez Puche
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Quique Lencina
Filólogo de formación y locutor de profesión,...Filólogo de formación y locutor de profesión, actualmente forma parte del equipo digital de Radio Valencia que gestiona la página web y las redes sociales de la emisora. Además, copresenta junto a Juan Magraner el programa de agroalimentación 'La Llavor'.