¡Apaga y vámonos! con Romualdo López | 22-02-2016
El periodista Romualdo López reflexiona esta semana sobre "la fiesta de disfraces" en la que nos movemos cada día

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Murcia
Baile de máscaras.
No queda muy bien contarlo en estas fechas, pero no me gusta disfrazarme. Al menos no demasiado. Quizá es falta de chispa para hacerlo, lo mismo es que me da pereza o sencillamente no encuentro el momento para ello.
Y me he vestido de espantajo en diversas ocasiones. Incluso me lo he pasado bien, porque soy un hedonista. Pero lo cierto es que una vez se pasa ese momento en el que todo el mundo se encuentra al principio de la noche y fluyen las risas por las pintas que llevamos, me empieza a invadir una sensación creciente de que estaría mejor y más cómodo vestido de mí, currándome mis bromas sin la ayuda del disfraz. Aún así, si me lías y la cosa pinta bien, probablemente me engañes para disfrazarme. Incluso para travestirme, algo que casi todos los hombres han hecho alguna vez en carnaval. Curioso fenómeno, por cierto.
Insisto, no me gusta disfrazarme. Ni de forma literal, ni en sentido figurado. Ni que la gente disfrace su verdadero yo frente a mí. En el carnaval de identidades al que asistimos a diario en nuestros respectivos entornos, no nos basta con superar nuestros propios prejuicios a la hora de relacionarnos con los demás. Una vez lo hemos hecho, nos queda identificar si esa persona nos está mostrando su verdadero rostro, o se trata de un ser humano con estructura de muñeca rusa. ¿Cuántas capas de supuesta realidad debemos de atravesar hasta llegar a la verdadera identidad de los que nos rodean?
Pues supongo que irá por barrios, como todo. En el entorno íntimo, el más cercano, cuesta menos abrirse, pero en el laboral ya nos encontramos con un baile de máscaras tangible. Y no hay una norma clara de comportamiento al respecto. Simplemente fijarse en los puestos más altos de la jerarquía, saber hacia donde se orienta su cojera política, religiosa, incluso deportiva o sexual y hacerle un traje a medida. Hay auténticos profesionales de este arte, se mimetizan con el entorno como un auténtico Mortadelo y los solemos llamar pelotas.
La fiesta de disfraces de la vida se puede extender a muchos campos. Decía yo antes que en nuestro contexto más íntimo reina la verdad, pero si añadimos el matiz del amor y sus consiguientes interacciones, entramos muchas veces en terreno carnavalesco. Y no me refiero a disfraces de tipo erótico, más bien a dobles o triples vidas. Y así podría extenderme hasta hacer un reportaje en profundidad en vez de un artículo de opinión.
Yo apuesto por ir de frente, quitando algunas mentirijillas piadosas, que tampoco es cuestión de vivir por ahí sin misterio. Y doy fe de que la claridad y el carácter deslenguado cuesta más de un disgusto, incluso te puede costar dinero. Y si la cosa se tuerce, también la salud. Pero vive uno con la cabeza la mar de despejada.

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Y por fin hemos llegado a nuestra meta semanal, la canción que le da razón de ser a todo esto que os estoy contando. Otro año más, cuando llegan estas fechas, me doy cuenta de que se me ha pasado una nueva oportunidad de ir a Mardi Gras. Con esta expresión de origen francés es como llaman al carnaval en Nueva Orleans. Y allí, además de una celebración puntual, es una arraigada tradición que los tiene ocupados durante todo el año y que incluye un importante componente social, artesanal y musical. A mí me atrapa especialmente por un factor diferencial que es el de las melodías que tiene ligadas. Una cuna de la música negra como esta ciudad cuenta con un acompañamiento envidiable para sus celebraciones. Así, la mezcla del jazz, el rythm’n blues y las distintas corrientes de música tradicional que ocurren allí, salen a la calle y adquieren un formato de “brass band”, que no deja de ser una especie de charanga como las que gastamos por aquí, pero con ese groove especial que solo los negros saben aplicar a lo que hacen. La música y Mardi Gras fueron dos de los puntos de inflexión más importantes para el renacer de Nueva Orleans después del huracán Katrina y el posterior abandono gubernamental de la ciudad. Professor Longhair fue conocido por muchos como el padre del rythm’n blues de esa zona, que es como tener el título a nivel mundial y le cantó al Mardi Gras al ritmo de las teclas mágicas de su piano.
«Go To Mardi Gras». Que tengáis un feliz disfraz.
Romualdo López.




