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Representantes falleras en el S.XXI

"Muchos nos preguntamos cómo durante años han soportado que las sometan a esas normas, a esos encorsetados dictados de protocolo sin revelarse, sin llamar la atención sobre el evidente machismo"

Foto de archivo de la elección de la Fallera Mayor de Valencia 2015

Foto de archivo de la elección de la Fallera Mayor de Valencia 2015 / Santi Botella

Foto de archivo de la elección de la Fallera Mayor de Valencia 2015

Valencia

Las normas que se les dan, o se les leen, o se les hacen firmar, a las candidatas a fallera mayor de Valencia han provocado estos días el escándalo de falleros y extraños. Sin embargo que existan esas normas lleva a abrir un debate mucho más profundo sobre la figura de la fallera mayor de Valencia y la corte de honor en pleno siglo XXI.

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Muchos nos preguntamos cómo durante años han soportado que las sometan a esas normas, a esos encorsetados dictados de protocolo sin revelarse, sin llamar la atención sobre el evidente machismo. Surgen varias respuestas, una puede ser que se trate de una organización clasista, no podemos consentir que se nos cuelen chonis, tronistas, modernas, garrulas, minifalderas y cosas por el estilo. Si se supone que representan a las mujeres falleras me temo que por estadística y por moda, habrá más que lleven este tipo de ropa que la que estamos acostumbrados a ver en la FM y la corte.

Otra puede ser porque no lo perciban como un machismo, que no se sientan ninguneadas o que no vean cómo son utilizadas como floreros. Esto sería más grave, estaríamos hablando de que todas las que se presentan tienen una educación en esos valores machistas. Por tanto tampoco serían reflejo de la mayoría de las mujeres falleras.

También puede ser que siendo conscientes de todo ello lo soporten por algún tipo de compensación mayor o que ellas perciban como mayor. El cargo no tiene compensación económica, más bien al contrario, ni laboral en la mayoría de los casos, por tanto la contraprestación debe ser la fama efímera o la necesidad de pertenencia a un grupo digamos de élite. Si este fuera el caso no es tampoco el de la mayoría de las mujeres ya que todo el mundo no valora esta notoriedad de la misma manera.

Puede que haya otras que desconozco pero el caso es que el perfil es siempre el mismo y no es el reflejo ni de la sociedad actual, ni de los jóvenes ni, por supuesto, de las mujeres. Se descarta así, por tanto, que se trate de una institución que represente al colectivo de las mujeres falleras entendiendo esta representatividad como reflejo del momento, de la personalidad y el carácter de las mujeres falleras del año en el que son elegidas. Porque si efectivamente representaran en este sentido a las jóvenes falleras querría decir que el mundo fallero no es un reflejo de la sociedad si no un colectivo homogéneo y todos sabemos que no lo es en absoluto. Se queda por tanto como un elemento tradicional, aunque sin embargo tampoco lo es exactamente.

Por un lado están las tradiciones que se conservan como tal, siendo conscientes de que ya no tienen sentido, pero que se siguen por cimentar el sentimiento de pertenencia o la reivindicación de la raíces. Por ejemplo los bailes de la Moma en la procesión del Corpus. Todo el mundo es consciente de que ya nadie baila así, en las discotecas no vemos estas coreografías, sin embargo se conservan y se repiten como símbolo del bagaje cultural de la ciudad.

En las fallas existen algunas comisiones que plantan al tombe, saben que esto se hacía porque no había grúas como las de hoy en día, pero se conserva el ritual por tradición, por conexión con aquellas fallas primigenias. Sin embargo la figura de la fallera mayor de Valencia se sigue conservando sin ser conscientes de su contexto, se ha intentado trasladarla al momento actual sin caer en la cuenta de que ya no tiene sentido.

La fiesta de las fallas, en sus inicios, es una fiesta masculina, hecha por hombres para hombres, las directivas, las reuniones, los estamentos, todo giraba en torno a la estructura masculina, a las mujeres, por tanto, había que darles cabida de alguna manera. En ese contexto surge la Fallera Mayor y la Corte de Honor. Recordemos que hasta no hace mucho, unos veinticinco o treinta años, en muchas fallas las mujeres no formaban parte de las comisiones falleras, eran corte de honor o de la sección femenina.

La fallera mayor de Valencia apenas tenía contacto con las fallas, era una señorita de la alta sociedad a la que sus padres querían dar a conocer, una suerte de puesta de largo en la sociedad. Al llegar la democracia se cambia el sistema de elección y muchas de esas familias aterrizan en el mundo de las fallas. Llega la incorporación de la mujer al mundo laboral, la lucha por la igualdad, y las fallas comienzan a tener presidentas, muy pocas, casi testimoniales, pero ya pueden acceder a ese cargo (¿pueden y hay pocas?, ese es otro debate para otra ocasión).

La fallera mayor de Valencia y su corte de honor deja de tener ese sentido porque ya no hace falta, las mujeres pueden participar con pleno derecho en todos los aspectos de la fiesta, no hace falta suplir su marginación porque se supone que ésta ha desaparecido. Se intenta, por tanto, darle sentido.

Cuando comienza todo el boom de las estrellas televisivas y la popularidad express, comienza a reflejarse en el mundo fallero, los medios de comunicación que empiezan a proliferar les otorgan una notoriedad que antes no tenían y que atrae a otro tipo de candidatas. También la industria juega su papel, indumentaristas, peluqueros, maquilladores y un largo etcétera ve en ellas un escaparate que llevará sus productos directamente al mundo fallero. Las trece chicas acaban convirtiéndose por tanto en un elemento sin objetivo aparente, no representan, no deciden, no opinan, no son transmisoras de tradición. ¿Qué son entonces?

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En otras fiestas existe en efecto la figura de la Reina, que en ocasiones es la encargada de costear la fiesta, en otras simplemente representa un papel durante un acto concreto en el que se recrea esa tradición, en otras acompaña en la inauguración, pero ninguna tiene la repercusión que tiene en nuestra ciudad. Desde fuera es una figura que no se entiende y que imprime a las fallas de esa pátina de fiesta rancia al conservar, no como tradición si no como elemento actual, una institución sin ningún sentido.

Escribía hace poco Jesús Peris, presidente de la Associació d'Estudis Fallers, sobre la necesidad de adaptar la figura a los tiempos que corren siendo consciente también de su anacronismo. Sin embargo es muy difícil que se sustente en una sociedad moderna esta institución. Quizá la solución sea la contraria, dejarla como mero acto simbólico en recuerdo de una tradición, la de tener a una mujer sin más papel que el de ser elogiada porque no se la consideraba lo suficiente para desempeñar otras tareas. Tal vez así podría servir de recuerdo de lo que las mujeres no queremos ser, de lo que tanto daño nos ha hecho a lo largo de la historia para que no se vuelva a repetir. La reflexión es ¿tiene sentido conservar la institución? ¿cómo? ¿a quién representa?.

 

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