Miércoles, 12 de Agosto de 2020

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Mario Ocaña

‘Calle Vieja’

Entonces, cuando el ciego pregonaba los iguales bajo la lluvia y la luz amarillenta de la farola de la esquina, la ciudad no sabía que su propia desmesura acabaría desdibujando sus perfiles y diluyendo sus esencias

Firma Mario Ocaña, "Calle Vieja"

Entonces, cuando el ciego pregonaba los iguales bajo la lluvia y la luz amarillenta de la farola de la esquina, la ciudad no sabía que su propia desmesura acabaría desdibujando sus perfiles y diluyendo sus esencias.

La calle en que vivía apenas había cambiado desde el siglo anterior, aunque los naranjos que daban sombra a las aceras en verano y figuraban en las postales viradas al sepia, se los había llevado el tiempo como si los hubiera arrancado una galerna furiosa.

Pero seguía conservando las casas blancas y las tejas de barro en las que florecían los ombligos de Venus cuando los otoños venían cargados de lluvia y duraban hasta que empezaba la primavera. Aun permanecía en pie el café de Bohorquez donde tomaban café los vecinos, los comerciantes del barrio y los que hacían la compra en el mercado; la carnicería de Paco que tuvo un hijo matemático; la zapatería de Hidalgo donde hacían botas de montar y botos camperos a medida; la carbonería, a la vuelta de la esquina, oscura como boca de lobo; la lechería de Pepa la Valenciana y Simón, que olía a establo y prados de hierba fresca y en el cruce, el Escudo de Madrid embellecía la esquina con los azulejos geométricos que competían con los letreros pintados en negro sobre el fondo verde de la Cervecería Universal, frente por frente. La Giralda, que acabó siendo bar después de haber sido almacén y bodega, olía a destilería vieja, a lata de atún recién abierta, a serrín mojado y a tabaco rubio de Gibraltar.

El olor del cuero, del material y de los zapatos nuevos envueltos en papeles blancos de seda venían de la zapatería de al lado, la de Manzanete, que tenía un hermano, médico famoso en Madrid, alergólogo como supe más tarde,dueño del único coche que relucía en la calle y era la admiración de los vecinos: un citroen dos caballos de color gris perla con una figurita plateada de mujer en la punta del capó.

Así era la calle vieja con adoquines de granito, tapas de tuberías que salían disparadas cuando la lluvia sacaba de madre al río de la Miel e inundaba la plaza de abastos hasta el arranque de la calle Real.

La calle, como el planeta, ha perdido en este medio siglo parte de su biodiversidad, la casi totalidad de la arquitectura tradicional que se asomaba por las fachadas y se recogía en los patios umbrios y el paisanaje humano que la habitaba y que formaron parte de la historia viva de la ciudad.

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