Martes, 27 de Octubre de 2020

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Historia

La vida en las cárceles siglos atrás y lo que queda de ellas en Cuenca

En la Cuenca antigua había dos cárceles, una del Corregidor y otra de la Inquisición, y en ellas aún se conservan restos como rejas, grilletes o un soneto escrito en la dura roca de una de sus paredes

Cadena usada para encadenar presos que aún se conserva en la antigua cárcel del Corregidor de Cuenca.

Cadena usada para encadenar presos que aún se conserva en la antigua cárcel del Corregidor de Cuenca. / Antonio Madrigal

A lo largo de la Historia, las cárceles se han visto como castigo que cumplir y como una medida preventiva que llevaría a los recluidos a juicio. Sin embargo, no siembre se pasaba por la cárcel para cumplir condena. Esta semana, en el espacio Así dicen los documentos, la directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, Almudena Serrano, nos cuenta en Hoy por Hoy Cuenca cómo era la vida en las cárceles siglos atrás.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Historia de la institución carcelaria

Antes de revisar nuestra Historia más cercana debemos recordar que en el ordenamiento jurídico romano o en el visigodo, las penas se cumplían siendo reducidos a servidumbre; por supuesto, se desterraba a quienes quebrantaban las normas y se aplicaba la confiscación de bienes y la condena como galeotes. La cárcel era un lugar apropiado para esperar el juicio y no como lugar donde necesariamente se cumplía el castigo impuesto. Durante la Edad Media, las cárceles adelantaron lo que serían estos lugares en los siglos siguientes de la Edad Moderna.

Cómo eran

Las cárceles carecían de higiene, preponderaba el descontrol, eran muy severas y como escribió alguien ‘andaban sobradas de insolidaridad’. Por supuesto, no faltaba el soborno y las mujeres entraban y salían con propósitos diversos. Esto fue así hasta que los códigos legales del siglo XIX impusieron otras sanciones y con la aprobación de las Constituciones se desarrollaron los derechos fundamentales.

En otros lugares como Londres, con independencia de las viejas cárceles, se implantaron las ‘casas de trabajo’ o ‘casas de corrección’, establecidas en el año 1557, que unos años más tarde, en 1596, llegaron a Ámsterdam, en el año 1704 a Roma y en el año 1773 a Gante. En estas casas de trabajo los presos estaban sometidos a duros trabajos y, además, en ellas la disciplina era muy estricta.

Según se ha venido afirmando, la primera de las modernas prisiones fue la construida en Filadelfia, en el año 1790.Durante el siglo XVIII, que tanta afición hubo por los viajes, también nos informan de cómo veían estos viajeros las cárceles. Aquellos viajeros contribuyeron a un mejor conocimiento del modo de vida de otros lugares y en lo que atañe a las prisiones contamos con el testimonio de John Howard, que fue un viajero británico, penalista, y que escribió una obra The state of the prisons, en la que cuenta las visitas que hizo a distintas prisiones de Badajoz, Talavera de la Reina, Toledo, Madrid, Burgos y Pamplona.

Habla de cárceles atestadas de gentes, en un régimen de promiscuidad que era absolutamente propicio para el contagio de enfermedades y donde no faltaban el gran desorden y descontrol, etc. Para ello, su propuesta pasaba por el aislamiento y la atención separada de los presos.

Sin duda, lo mejor es recordar algunos testimonios de los contemporáneos de entonces. Veamos lo que escribió Cervantes, que lo sabía por experiencia…

‘La cárcel es el lugar donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido tiene su habitación’.

Es un apeadero de necios, república confusa, infierno breve, muerte larga, puerto de suspiros, valle de lágrimas, casa de locos donde cada uno grita y trata de su sola locura’.

Otra imagen la aporta Carlos García que escribió de la cárcel: ‘una torre de Babilonia, a donde todos hablan y nadie se entiende. Aquí, el silencio se convierte en voces. Aquí, uno llora, otro canta. Uno ora, otro blasfema, uno duerme, otro se pasea…’.

Y continúa: ‘La hediondez, la infame compañía, la variedad de naciones, los humores diferentes, la vergüenza, la persecución, mofa y escarnio, la crueldad, el tormento, la pobreza…’. Un panorama desolador que no resultaba disuasorio a todos aquellos delincuentes que seguían cometiendo fechorías.

Otro testimonio que recuperamos es el de Gonzalo de Céspedes, que fue escritor e historiador, y que también estuvo en la cárcel varias veces, y que en su obra Varia fortuna del soldado Píndaro, el autor hace confesar al protagonista que estaba en la cárcel de Córdoba: ‘El rumor de los grillos y cadenas, los gemidos de aquestos, la gritería y música de estotros me tuvieron inquieto hasta más de las once. Les fue imposible mantener una conversación en medio casi del confuso bullicio que les rodeaba’.

Edificio de la antigua cárcel de la Inquisición de Cuenca. / Cadena SER

Mateo Luján de Saavedra escribió: ‘¿Qué mal mayor puede haber en la cárcel que parece retrato del infierno? En ella, si la miráis de noche, veréis el horror de voces confusas, tinieblas espesas, ruido de cadenas, resuello de infinidad de gentes, hedores insufribles… Los suspiros de uno, los gritos de otro y al fin viene aparar la escoria del mundo’.

Sin duda, estas actitudes contribuían a hacer más ingrato el paso por la cárcel de todos aquellos reclusos.

Como dijo Mateo Luján de Saavedra: ’Todos los males se siguen al preso y todos los bienes le huyen’.

La falta de higiene

El hacinamiento y la falta de higiene tuvieron como consecuencia que a los presos les acompañasen otros seres vivos: las ratas. Y volvemos a mencionar al soldado Píndaro, de la obra de Gonzalo de Céspedes, en que cuando se disponía a descansar en su celda de la cárcel de Córdoba, la noche en que fue detenido, se sobresaltó: ‘Pues unos animalejos inoportunos, en forma de conejos, que luego començaron a acompañarme.

Fue tal la desvergüenza y ánimo destas comadrejas o ratas que, como si yo fuera una estatua de bronce, así cruçaban sobre mi misma ropa, haziéndome erizar los cabellos, y mayormente temí que en cerrando los ojos me habían de dexar sin narizes. Y así, no sin trabajo, hice toda la noche centinela, al más notable miembro de mi rostro…’.

Las celdas

Este texto es del año 1802, de una prisión inquisitorial de Lisboa, de una obra de Philip Limborch, La Historia de la Inquisición, y a quien se pone voz es Hipólito José da Costa Pereira Furtado de Mendoça, natural de Río de la Plata.

Aquí vemos que la algarabía de las cárceles públicas no se permitía:

‘El carcelero, que para mayor dignidad tenía el nombre de Alcaide, es decir, guarda del castillo, me dirigió casi un pequeño sermón, recomendándome que me comportara con toda propiedad en tan respetable casa, diciendo también que no debería hacer ningún ruido en mi habitación, ni hablar alto, no fuera a ser que los presos situados en las celdas vecinas pudieran oírme, con otras instrucciones parecidas.

Entonces me llevó a mi celda, una pequeña habitación de cuatro varas por tres, con una puerta que daba al corredor. En esta puerta había dos rejas de hierro, apartada una de otra y ocupando el grosor de la pared, que era de tres pies, y fuera de estas rejas había, además, una puerta de madera.

En la parte superior de ésta había una abertura que permitía que entrara alguna luz del corredor, que, a su vez, la recibía de las ventanas, que daban a un pequeño patio, pero que tenían frente a ellas, a corta distancia, un muro muy alto.

En esta pequeña habitación había una especie de cama de madera, sin patas, con un colchón de paja, que había de ser mi lecho; un pequeño jarro para agua y otro utensilio para varios propósitos que sólo se vaciaba cada ocho días, cuando iba a misa a la pequeña capilla de la cárcel.

La celda estaba arqueada por arriba, y el suelo era de ladrillo, siendo las paredes de piedra y muy gruesas. El lugar era, por lo tanto, muy frío en invierno y tan húmedo que a menudo las rejas estaban cubiertas de agua con rocío; mis ropas, durante el invierno, estaban siempre mojadas. Esta fue mi morada en un período de casi tres años’.

Las cárceles de Cuenca

En la ciudad de Cuenca hubo varias cárceles: la del Corregidor y la de la Inquisición. Además, en muchos pueblos de la provincia hubo cárcel.

Reja de la antigua cárcel del Corregidor de Cuenca que aún se conserva. / Antonio Madrigal

En la cárcel del Corregidor de Cuenca que, como todos saben, es un edificio que se está rehabilitando, en esas tareas hace unos años se localizó en una de las celdas, sin ventana, sólo con la puerta de acceso, una de las cadenas con que se ataba a algunos presos, lo que en su momento se denominaba en los documentos como los grillos, los grilletes. Esa cadena que tanto se usó en siglos pasados.

La cárcel de la Inquisición de Cuenca estaba en el edificio en el que se instaló el Archivo Histórico Provincial hace 27 años. ¿Qué queda de aquellos siglos de uso penitenciario?

Del magnífico inmueble que se construyó a finales del siglo XVI para el Tribunal de la Inquisición de Cuenca, además de la importante y poderosa estructura, se conserva un soneto en una de las paredes de la zona este de esta construcción.

Se trata de un soneto escrito en la pared por su autor, lógicamente. Y la particularidad que tiene es que los visitantes del Archivo que lo soliciten pueden estar en el lugar en el que se escribió este testimonio de la literatura del siglo XVII. Es una experiencia muy emocionante que nos dice cómo se sentía en aquella prisión quien lo escribió:

‘Es tan grande mi pena y sentimiento

en esta prisión triste y rigurosa

ausente de mis hijos y mi esposa

que de puro sentillo no lo siento.

Oh, si llegase presto algún contento.

Oh, si cansada ya la ciega diosa

conmigo se mostrase más piadosa

poniendo treguas a tan gran tormento.

Mas, ay que mi esperanza entretenida

consume el alma en tan larga ausencia

a donde está aresgada honra y vida’.

Mas yo confío en Dios que mi conciencia

Sé yo que está tranquila aunque afligida

Al menos reconozcan mi inocencia’.

El soneto ha sido el tipo de poema más utilizado en la literatura española y que esta persona, como algo fuera de lo común en lo cotidiano, tenía una importante cultura.

Recordamos también que el nivel de analfabetismo en la población era elevadísimo. Se ha estimado que tan sólo el 1% de la población sabía leer y escribir en aquellos siglos. De ahí que estos testimonios, como este soneto escrito en la pared de la cárcel inquisitorial de Cuenca, adquieran un mayor valor. Y debemos apreciarlo como la segunda joya del pasado de este edificio, hoy Archivo, porque la primera joya es el propio edificio.

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