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Jueves, 12 de Diciembre de 2019

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Libros, lecturas y bibliotecas en Cuenca en siglos pasados

¿Qué leía la reina Isabel I de Castilla? ¿Qué se conservaba en las bibliotecas conquenses en el siglo XVI, y en el XVII? Los inventarios de bienes del Archivo Histórico nos lo desvelan

¿Qué se conservaba en las bibliotecas conquenses en el siglo XVI, y en el XVII? /

En el espacio semanal Así dicen los documentos del programa Hoy por Hoy Cuenca hablamos esta vez de libros, lectura y bibliotecas en siglos pasados. Para ello, como siempre, vamos a comprobar qué nos dice Almudena Serrano, la directora del Archivo Histórico Provincial sobre aquellas bibliotecas de la ciudad y de los pueblos y quiénes fueron los lectores de aquellos viejos libros.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Durante la Edad Media, la organización universitaria tuvo muchísimo que ver con el incremento y expansión del número de libros y bibliotecas en uso. Los stationarii eran los encargados de tener los libros a disposición del estudiante, establecían los precios de alquiler de libros y estimulaban la copia de originales.

Al margen de la vida universitaria, los libreros independientes con amplias clientelas y ámbitos de interés más extensos que el de los libros de texto, tuvieron gran importancia en Florencia, Milán y otras ciudades italianas, en las que hubo una fuerte industria del libro a mediados del siglo XIV.

Los libreros eran lo que hoy llamaríamos empresarios, pero también, trabajadores, que intervenían en todo el proceso de composición de un libro. Por ejemplo, compraban el pergamino o el papel que se utilizaban en la hechura de las obras, pasando por la escritura, copia de obras antiguas, realización de miniaturas. Y, por supuesto, almacenaban los libros en espera de que llegasen los clientes.

Papel o pergamino

La materia preferida para escribir fue el pergamino. De hecho, es el soporte de escritura que más y mejores condiciones de conservación presenta, y el más duradero. No olvidemos que el documento más antiguo del Archivo Histórico de Cuenca cumple este año 800 años y está escrito en pergamino.

El uso más frecuente del papel, algo que sucedió a partir del siglo XIV, contribuyó al abaratamiento de la producción de libros. El papel era más fácil y rápido para trabajar que el pergamino.

La imprenta

La imprenta llegó a mitad del siglo XV, invento que debemos a Juan de Gutenberg, que compuso en Maguncia una Biblia completa, entre los años 1452 y 1456. Al principio, la imprenta se caracterizó por su lentitud, y, además, a la sociedad europea le costó aceptar la novedad, salvo los humanistas que lo vieron inmediatamente como muy útil a su trabajo.

Hasta que no transcurrieron varias décadas del siglo XVI no se tuvo conciencia de la importancia que iba a tener la imprenta. Lo primero perceptible es el abaratamiento del coste de los libros, que ya no se tienen que escribir a mano si no se quería: encargar un libro a mano era más lento y más costoso que comprarlo impreso.

Los libros en una casa del siglo XVI

En los archivos públicos, se conservan muchos documentos con descripciones de aquellas bibliotecas o librerías, e incluso, imprentas, a través de los cuales podemos saber qué se vendía, cuánto costaban aquellos libros, qué libros tenían en sus casas algunas personas, y todo gracias a los Inventarios de bienes y los Testamentos, que son documentos valiosísimos en investigación histórica para conocer muchos datos de la sociedad de una época, y en los que tenemos datos de todo lo que poseía una persona y del valor de estas posesiones, desde tierras, casas, pasando por ropas, muebles, joyas y alhajas, dinero, y, por supuesto, libros.

Las bibliotecas de los Reyes

Tenemos el caso, por ejemplo, de Felipe II, que llegó a tener la mayor biblioteca privada del mundo occidental. Para que nos hagamos una idea de cómo fue aumentando su biblioteca, en el año 1553, los estantes del rey contenían 812 volúmenes; en el año 1576, el número de libros aumentó a 4.545 y, en el momento de su muerte, la colección constaba de 14.000 volúmenes.

Y de Isabel la Católica también se conserva el inventario de su biblioteca. Entre los años 1499 y 1503, se hicieron tres inventarios de sus libros, y entre los libros que tenía se encontraban obras clásicas, contemporáneas y escritas todas en latín y castellano. Por ejemplo, los textos bíblicos y devocionales son muy numerosos, junto a obras asociadas a la tarea de gobernar y, también, recopilaciones legislativas. También tuvo la reina libros de caballerías, obras de frailes franciscanos, orden religiosa muy protegida por los Reyes Católicos. Y, finalmente, la reina Isabel también leyó poesía lírica.

Biblioteca Nacional de España

Fue de creación real, en concreto el 29 de diciembre del año 1711, el rey Felipe V aprobó un plan para la creación de la que se convertiría en Biblioteca Nacional, en Madrid. Algunas curiosidades sobre la mayor de nuestras bibliotecas fueron que se abría al público los días laborables durante 6 horas, pero la entrada estaba prohibida para las mujeres, que podrían acudir de visita a la Biblioteca Real sólo los días feriados, con permiso del Bibliotecario Real. También se impedía la entrada a los hombres con gorro, cofia, pelo atado, embozo u otro traje indecente o sospechoso.

Libro con cordón marcapáginas de la Biblioteca Nacional. / BNE

Pero a España, la Biblioteca Real llegaba con retraso respecto de Europa porque fray Martín Sarmiento dijo: ‘Esto, que parecerá novedad en España, es ya viejo y muy trivial en otras naciones…’.

Bibliotecas particulares

Vamos comenzar por conocer qué libros se vendían en Cuenca en el año 1545, según un inventario conservado en el Archivo Histórico, y así conoceremos los gustos literarios de quienes sabían leer.

Librería de Cuenca de 1545. / Archivo Histórico Provincial de Cuenca.

En primer lugar, encontramos que se tenían a disposición de los lectores un amplio abanico de obras religiosas, entre las que se encontraban: Breviarios, Diurnales, Vida y milagros de Nuestra Señora, Salterios romanos en latín, Vocabularios eclesiásticos, Libros de la pasión del Señor, disposiciones sobre la misa, sacramentales en romance, Vida de san Juan Bautista, Epístolas de san Pablo, Sermones de San Vicente, Loor de virtudes, Artes para servir a Christo, La pasión de la monja, Soliloquio de san Buenaventura, Sumas de paciencia, Tesoro de pobres, Oraciones en latín, Tratado para todo fiel cristiano, los misterios de la misa, Tratado de penitencia, Libros De Vita Beata, libros de horas, Flosculos sacramentorum, Testamentos de Nuestro Señor, oraciones de san Cebrián, Coplas de Nuestra Señora, avisos de cura, rosarios chicos en romance, y, por supuesto, también se imprimían Canciones de Navidad, y un largo etcétera.

Además, no faltaban las obras clásicas, como obras del poeta Ovidio y del escritor de comedias, Laurencio; también, cartillas y modelos de escrituras que luego usarían los notarios, Pragmáticas reales, que eran documentos en los que los reyes publicaban leyes.

Algo que puede resultar curioso es que también se publicaban libros de cocina. Además, en aquella librería se encontraba a la venta La Celestina, una obra que rápidamente consiguió el favor del público, siendo célebre. También se publicaron proverbios, como los de Mendoza, Libros de coplas, Libros de aritmética, cancioneros generales, Libros de derecho, Crónicas de reyes, Libros de gramática, etc.

Siglo XVII

Ahora vamos a trasladarnos al año 1616 para entrar en la biblioteca de un catedrático, Antonio Martínez de Miota, del que conservamos su inventario de libros. En su biblioteca encontramos obras sobre Geografía, Literatura, Historia, Derecho, Historia de la Iglesia y otras sobre legislación. En Historia mencionaremos una Historia de las Indias, una Historia de España y una Historia de Nápoles, escrita en toscano.

Y como nuestro catedrático estaba muy interesado en el toscano también tuvo en su biblioteca otras obras en esta lengua: Letras amorosas y una Historia de Nápoles. Pero era fundamental un Vocabulario de lengua toscana. Además de lo dicho, tuvo una Historia de Roma y en castellano, el Tesoro de la lengua castellana, de Sebastián de Covarrubias.

Según el inventario de su biblioteca sabemos que tuvo muchas obras de autores clásicos, como Cicerón, Suetonio, Lucano, Virgilio, Terencio, Juvenal, Lucano, Marcial, Plutarco, Salustio, Catón y Tito Livio. Además, un Dioscórides, que es una obra científica con ilustraciones de plantas utilizadas en farmacia, que se escribió hace más de 1.400 años.

Por supuesto, no faltaron en aquella librería los libros religiosos y, de hecho, encontramos en este inventario una Biblia comentada, Catecismo romano, la Ciudad de Dios de san Agustín, etc. Y literatura española, como las obras de Garcilaso de la Vega comentadas.

Una biblioteca del siglo XVIII

Es la librería de José Julián Mayordomo, del año 1776, que fue abogado de los Reales Consejos. Los libros aparecen en este inventario por orden alfabético y era una librería muy grande, a tenor de lo que consta en este documento al que le faltan muchas hojas, más de la mitad. Una pena porque de haberse conservado completo tendríamos una información valiosísima. Este abogado y su esposa, Josefa Carrasco, tenían en su librería casi de todo, y lo que es más importante, el inventario está hecho con tanto detalle que dice en casi todas las obras dónde se editaron y en qué año, algo valiosísimo para quienes investigan sobre ediciones de libros, imprentas, bibliofilia, etc.

Libros que tuvo un clérigo a principios del siglo XIX. / Archivo Histórico Provincial de Cuenca.

Algo muy interesante es que no todas, ni muchísimo menos, fueron impresas en España porque tuvo obras que fueron editadas en Amberes, Lyon, Bruselas, Venecia, Leipzig, Tubinga, Bolonia y París. Las editadas en España procedían de Madrid, Barcelona, Valencia y Pamplona.

El primer libro que aparece en este inventario es la Vida de san Julián, obispo de Cuenca, escrita por un jesuita. Otra vida de san Nicolás de Bari, una Vida de sor María de Jesús de Ágreda, una vida de santo Tomás de Aquino, otra de san Francisco de Borja, quien, recordemos fue íntimo del emperador Carlos V, y una Biblia vulgata.

Otras obras religiosas que tuvo fueron una Historia de la Iglesia, bularios, Biblias vulgatas, Cartas pastorales de Benedicto XIV. Además, un tomo de Ordenanzas de Madrid, una Historia de la Iglesia, Política para corregidores de Castillo de Bobadilla, un bulario de Benedicto XIV, otro libro sobre práctica criminal y juicios de residencia, El abogado instruido y otras obras de Derecho, como un Alfabeto jurídico.

Sobre Geografía destacamos varios Atlas con mapas, una Guía de Caminos, una Historia General del Imperio Otomano y un Tesoro Geográfico. Colección de Ordenanzas militares, un libro sobre letras de cambio y otro sobre falsos médicos y, por supuesto, grandes obras de la literatura, como un Don Quijote y las Novelas ejemplares, de Cervantes. Lo más inusual que aparece en esta librería respecto del resto y otras obras es un libro sobre animales.

Como hemos visto, las bibliotecas o librerías de siglos pasados nos dan información de los gustos y dedicación de sus poseedores, además de contener datos muy relevantes para llevar a cabo ciertas investigaciones.

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