Domingo, 17 de Octubre de 2021

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Peste

El vinagre como remedio contra la peste y cómo se cuidaron de ella en San Clemente

Este pueblo de Cuenca puso en marcha distintas medias contra la infección ante los brotes ocurridos a finales del siglo XVI

'El triunfo de la muerte', de Pieter Bruegel (1562)

'El triunfo de la muerte', de Pieter Bruegel (1562) / .

El anuncio de una infección de peste ponía en alerta solo con oír el susurro de su nombre. Se ordenaban reforzar las puertas de villas y ciudades, se daban consejos de higiene… De los remedios contra la peste hemos hablado en el espacio Así dicen los documentos con Almudena Serrano, la directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, como cada jueves en Hoy por Hoy Cuenca.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

En un programa anterior ya hablamos de qué era, cómo se manifestaba y qué efectos mortales causó esta terrible enfermedad, contados en millones de personas, un azote cíclico que con su aparición inauguró un temible ciclo que, periódicamente, aparecía causando el terror entre la población.

Esta vez dedicaremos este espacio histórico a contar cuáles fueron los remedios que se recomendaban y que se propagaron para luchar contra la peste y cómo se combatió contra ella en una zona de nuestra provincia, en San Clemente.

Empezaremos por recuperar un testimonio que es básico en la lucha contra enfermedades contagiosas, como es la higiene. Así, en el año 1404, en París y a propósito del río Sena, se dijo lo siguiente: ‘Sería una gran maravilla que el cuerpo humano, bebiendo esa agua, no incurriera en muerte o enfermedades incurables’.

Otro hecho significativo de la toma de conciencia que hubo ante la peste del año 1348 es que muchos ayuntamientos, tras aquella peste, prohibieron la circulación de ganados por sus calles y el vertido de despojos en sus ríos. Pero, en el mundo variopinto de la lucha contra las enfermedades, no todos los consejos para remediarlas eran científicos.

En el amplio abanico de sugerencias hubo algunas verdaderamente curiosas, que nos trasladan muy bien a la mentalidad tan singular de aquellos años, repleta de prejuicios y condicionamientos. La importancia que adquirió la peste llevó a muchas personas a usar recursos y medios populares que habían demostrado su eficacia para prevenir otras enfermedades. Algo así como cuando ahora recomendamos a otras personas un medicamento que nos fue bien para un catarro o una gripe o un dolor. Algo que no deberíamos hacer.

Por ejemplo, en cuanto a la higiene, se decía: ‘Bañarse es cosa muy dañosa, pues el baño hace abrir las porosidades del cuerpo por las cuales el aire corrompido entra y produce fuerte impresión en nuestro cuerpo o en nuestros humores’.

Y otra que aconsejaba: Usar poca comida, de manera que cada uno sufra en sí mismo más hambre que hartura’.

Y en cuanto a la prevención del contagio de la peste, el médico Agramunt recogió unos cuantos consejos y son los siguientes:

-Usar mucho vinagre en todas las carnes y jugo de naranjas y limones.

-Tomar comidas calientes y sustanciosas. Y también coles, chirivías, zanahorias, carnero, gallinas y pimienta.

-No tomar pescados viscosos, como anguilas y morenas. En todo caso, evitar que huelan mal. Si hubiera que consumir pescados, escoger los de la zona, aderezados con vinagre. Los fritos o asados son también muy recomendables para la salud.

-Hacer mucho ejercicio físico, como saltar, cazar a pie, luchar y practicar esgrima.

-Consumir verduras y frutas, como melones, calabazas, lechugas, etc.

-Beber vino flojo o rebajado con agua, porque el dulzón se pudre y se convierte en cólera.

-Dormir con las ventanas abiertas para que entre el sol.

-Usar vestidos de lana fina o seda y proteger especialmente los pies y la cabeza, pues están lejos del corazón, que es la fuente de calor.

-No comer pájaros que se críen cerca de lagos, como patos y ocas, ni otras carnes húmedas en su naturaleza ni tampoco lechoncillos.

No obstante, lo común era que la actitud de gran parte de la población era huir pronto, lejos y volver tarde: cito, longe, tarde, palabras clave que resumen en parte aquella idílica imagen campestre y también el escenario en el que podríamos situar a los protagonistas de El Decamerón, que se marcharon al campo para estar al abrigo de todo contagio, algo que sólo se podían permitir unos pocos. Y así lo expresó Boccaccio, el autor:

‘Yo juzgaría excelente que, en nuestras condiciones, saliéramos de este lugar igual que muchos han hecho y hacen; y, huyeno como de la muerte de los deshonestos ejemplos ajenos, fuéramos a establecernos honestamente en nuestras posesiones de la comarca, que con fiestas alegrías y placeres (…)

Allí, además, el aire es más fresco, hay mayor abundancia de las cosas necesarias para la vida en estos tiempos, y es menor el número de molestias; y aunque también allí mueran los campesinos igual que aquí los ciudadanos, el desgrado es menor, pues escasean las casas y los habitantes’.

Lo común en las ciudades fue que, agotados todos los recursos, las posibilidades se reducían a esa huida o a la cuarentena. Como ya vimos, la cuarentena fue el remedio más eficaz para muchos lugares que pudieron escapar a la peste.

Una consecuencia inevitable de las huidas de la población era el pillaje y la falta de seguridad al deteriorarse la autoridad, con lo que el crecimiento de la inseguridad fue notable. Se desarrollaron bandas de mercenarios que saquearon el territorio y lo sometieron al saqueo.

Otra de las consecuencias fue la obsesión que se fue apoderando de las personas que tenía su base en la brevedad de la vida y la preparación para la muerte. Estos conceptos fueron decisivos y tuvieron una presencia importantísima en la literatura y en el arte, que los asimilaron muy bien. Recordemos una obra que a todos los oyentes sonará: Las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique, por ejemplo, o las Danzas de la Muerte, en las que ordenados en jerarquía aparecen los miembros de cada estatus social.

Medidas contra la peste en San Clemente

Nos vamos al año 1581 y las precauciones se tomaron porque ‘Açerca de questa villa a reçibido una requisitoria por la qual pareze que en las çiudades de Sevilla y Cádiz anda gran peste (…) se acordó que las guardas puestas guarden fielmente la parte e lugar que les an encargado e no dexen entrar en esta villa ningún forastero ni caminante syn que traiga testimonio bastante del lugar donde viene…’. Es decir, que se controlaba como en una frontera de dónde procedían para evitar problemas. Si venían de zonas afectadas por peste no se les dejaba pasar.

Además, se resolvió hacer muros o cercas para afianzar la protección: ‘Otrosí, se acordó que en lo que toca a la çerca del lugar, que se a de haçer, se pague de los propios de esta villa’.

‘Acordóse que los alcaldes tengan cuidado de conservar las çercas y castiguen a los que derribaren alguna tapia o hizieren portillos y que se pregone que ninguno rompa la dicha çerca, con apercibimiento que a su costa se hará de piedra’.

Y llegó el año 1600 y con él el mal contagioso. ‘El señor corregidor dijo que, como es notorio, la falta de la salud aprieta tanto ques necesario tener en esta villa el cuidado de guardalla de las enfermedades contagiosas que hay, y así es neçesario se nombres personas deste ayuntamiento que tengan el cuidado de hazer que las salidas a los campos, como son puertas, portillos y postigos, se çierren de manera que no se pueda tener ninguna salida…’.

‘Tratóse cómo conbiene questa villa se guarde, atento que se dize aver en muchas partes y lugares peste y estar apestados, se acordó se notifique a los vecinos que estuvieren çerca de las calles que se an de çercar, las zerquen dentro de ocho días…’.

‘Dijeron que por quanto los médicos, que a este efeto llamaron, diçen que es de grande ynportançia e mucha necesidad, para remediar mayores males, el acudir a las grandes neçesidades que tienen muchos hombres pobres desta villa que, por falta de tener con qué se alimentar, están enfermos…’.

Para remediar a los enfermos que no tenían qué comer, se acordó socorrerles de la siguiente manera: ‘Dixeron que como está decretado, se saquen de las sobras del alholí de don Alonso de Quiñones otros dos mill reales para los pobres nezesitados enfermos que más necesidad tienen’. Recordemos que el alholí era el pósito, almacén de cereales.

Y continúan las medidas: ‘Atento a que el mal va en aumento, ay nezesidad de personas que acudan a el serviçio de los enfermos, y aquí no se halla quien lo aga, por mucha cantidad dedinero. Acordóse que se escriva a el señor Pedro de Tévar, questá en Madrid, para que procure que vengan dos o tres Hermanos del Ospital de Antón Martín, haciendo la negoçiaçión en la forma que se suele para otros lugares que tengan enfermedad…’.

Los lugares cercarnos también tomaban sus medidas, como, por ejemplo, en Perona: ‘Tratóse cómo en el lugar de Perona se guardan desta villa e no dexan entrar a ninguna persona por orden de don Juan Pacheco…’.

Una vez más, el Pósito sirvió de alivio a las necesidades: ‘Tratóse de que esta villa, con la gran nezesidad de la enfermedad que a tenido e pasado, a gastado con más de 2.800 muertos que a avido, e otros 4.000 que an enfermado, gran cantidad de dineros.

Que se tome de los Pósitos cantidad de 600 ducados, como está acordado en otro ayuntamiento, para con ellos comprar las mantas que pudieren…’.

Y algunos remedios dados por el médico André Soubiran, en su obra Diario de la Medicina, eran rociar el suelo con agua avinagrada, esparcir plantas aromáticas, purificar el aire de las casas quemando maderas aromáticas y haciendo fumigaciones de mejorana o de ámbar, respirar el mayor tiempo posible con una esponja empapada en vinagre y agua de rosas, de clavo y canela.

En tiempos de peste el vinagre era uno de los específicos más recomendados. Había que usarlo en las comidas, como medicina y como alimento, porque posee las propiedades de oponerse a la putrefacción y a la corrupción del cuerpo. También se recomendaba el ajo.

Además, se recomendaba tomar carnes blancas y asadas mejor que cocidas. En cuestión de frutas, se recomendaban las granadas, los limones y los membrillos. Y beber vino clarete sin exceso.

Evacuar el cuerpo era muy importante y si había dificultades, se recomendaban lavativas. A las personas gordas se las recomendaba no sentarse al sol y a los hombres que fueran castos, si tenían aprecio a su vida.

Más pestes en los años siguientes

Efectivamente, durante los años 1649 y 1676 a 1678, una peste que afectó en gran medida a Sevilla y Málaga, enviando el rey Orden para que las villas se guardasen y se ‘notifique a los cavalleros comisarios que tienen la guarda de la peste que, sin ninguna dilaçión, nonbren guardas en las puertas desta villa y hagan çerrar los portillos o ronpimientos que se an hecho en la çerca, puertas falsas y postigos que salen fuera, de manera que se guarde esta villa con la vigilançia y cuidado que la materia pide…’.

Vemos que estar alerta e informado de los focos de peste fue decisivo a la hora de protegerse ante tan terrible y temible enfermedad.

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