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Miércoles, 16 de Octubre de 2019

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Así era Cuenca en 1916 y las cosas no han cambiado tanto

Recuperamos el artículo que escribió Eugenio Noel cuando veraneó en la ciudad con el pintor Santiago Rusiñol

Vista de Cuenca a principios del siglo XX. /

El escritor y novelista Eugenio Noel y el pintor Santiago Rusiñol coincidieron en Cuenca en el verano de 1916, y el artista catalán, que llevaba unas semanas pintando en el Casco Antiguo de la ciudad, como ya comentamos en otros programas, acompañó al entonces polémico autor madrileño, en su recorrido por la ciudad desconocida para él, y de la que tomó muy buena nota en su artículo titulado “La Hoz de Cuenca”, publicado en El Mundo de Madrid y reproducido en El Día de Cuenca del 15 de agosto de ese año de 1916, y que rescata ahora José Vicente Ávila para el espacio Páginas de mi desván que emitimos cada martes en Hoy por Hoy Cuenca.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Estamos ante otra pieza literaria sobre aquella Cuenca desconocida y olvidada de la primera quincena del Siglo XX, en este caso de un autor tan prolífico y discutido como lo fue Eugenio Noel.

Eugenio Noel y su libro Piel de España en el que figura el texto La paz de Cuenca. / Todocolección

En realidad se llamaba Eugenio Muñoz Díaz, nacido en Madrid en 1885 y que falleció en Barcelona, en 1936, a los 50 años de edad. El seudónimo de Noel se lo dio la cantante María Noel, que fue su primer amor, para la novela “Alma de santa”. Eugenio fue un personaje muy inquieto, que publicó más de medio centenar de obras entre novelas, y libros, destacando sobre todo “Castillos de España”, con tres tomos, el citado libro de viajes “Piel de España”, y de manera especial un amplio número de publicaciones antitaurinas y antiflamencas, que le originaron no pocas polémicas y disgustos en aquella España más pendiente de Joselito y Belmonte que de las causas sociales que defendía Eugenio, quien incluso se alistó para la guerra de África. Julio Cejador, de quien hablamos en otro programa tenía todos los adjetivos para Eugenio Noel: madrileño, admirable satirizador de las lacras españolas, flamenquismo, toreo, etc.; perspicaz observador, noble pensador, prosista sincero, brioso, pintoresco, suelto y castizo; copió del natural el habla de chulos y toreros…

Eugenio Noel y el pintor catalán Rusiñol se encuentran en Cuenca, en el verano de 1916. Era fácil encontrarse en aquella ciudad de apenas 15.000 habitantes, la mayoría residiendo en el Casco Antiguo de la ciudad. Aquella Cuenca que Rusiñol y Noel conocen en la parte baja, aún no contaba con edificaciones modernas de los años veinte como la Casa Caballer, el Hotel Iberia, y el naciente Parque de Canalejas, luego llamado de San Julián. Las obras que se realizaban entonces eran el ensanche de las calles de Andrés de Cabrera y el ensanche. Existía el viejo casino, la estación del lento ferrocarril y en la parte alta la Catedral tenía colocados los andamios de las lentas obras de la fachada. En el relato que hace Eugenio Noel de aquella Cuenca que descubre, hay retazos que nos hablan de una ciudad cenicienta, bella, pero pobretona y dejada de la mano del progreso. El artículo lo tituló Noel “La Hoz de Cuenca”, y salió a la luz en agosto de aquel año 1916. Lo vamos a ir comentando, pues el escritor supo captar aquella ciudad medio dormida en el tiempo:

Cuenca en 1915. / Universidad de Sevilla

“Cuenca es una de las capitales más desgraciadas de España; nadie hace caso de ella, y, por si era poco, sufre uno de esos sambenitos con que criticamos lo que no acertamos a arreglar.

Ser de Cuenca o un suceso ocurrido allí nos hacen sonreír, no sabemos por qué, pero reímos y nos hacemos guiños de inteligencia, como si estuviéramos en el secreto de alguna graciosa cosa.

Y Cuenca es una de las más bellas ciudades de España. Muy religiosa, como todas las ciudades abandonadas y largo tiempo sin comunicaciones; la ciudad, bellísima, vive de sí mismo, muy metida en sí. Tiene este ideal: que la dejen en paz.

Su cacique es un hombre muy rico, y nada más. Su diputado, otro rico. Hay un casino, donde se juega, se charla y se toma el fresco, que en Cuenca es excelente. De vez en cuando viene alguna compañía de teatro, que se marcha desesperada.

Se leen periódicos de la extrema derecha, y se espera al káiser como un Mesías. Está aquí hace dos meses el pintor Rusiñol, que, al verme, me saluda así:

-No sabe cuánto me alegro; hablemos de Joffre.

Y hablamos del viejo general, que ha salvado a Francia, y de esta Cuenca, que debía y puede ser un formidable centro de turismo. Hoy no lo es; ahora, en verano, vienen muchas familias a refrescarse, pasan el día encerradas en sus habitaciones, y por la noche se divierten como pueden.

Obras de la fachada de la catedral de Cuenca. / Archivo José Vicente Ávila

La famosa Catedral está en ruinas. Hace catorce años se desplomó la Torre, y así sigue. Recordamos que las Cortes votaron, para reedificarla, una cantidad crecida; que se premió en la Exposición de Bellas Artes el proyecto de reconstrucción; que se comenzaron las obras con solemnidad pontifical; que percibe como monumento nacional, amén de la subvención del presupuesto, otra cantidad; todo ello para que veáis colocadas unas piedras tan solo de la fachada.

No hace mucho tiempo la prensa se ocupó de determinadas denuncias de los obreros; cierto señor me cuenta horrores acerca de este asunto, y yo deduzco que el caso no es trágico, sino pintoresco y muy español; además, ¿qué significan catorce años en la eternidad?”

En el relato que hacía Eugenio Noel hace 103 años, ya citaba algunos problemas que tiene Cuenca de comunicaciones, sobre todo con Teruel, nuestra provincia hermana del sambenito ¿Existe Teruel, o existe Cuenca? No tiene desperdicio:

“Estad seguros de que esta Catedral se terminará algún día, por lo menos antes que los kilómetros que faltan para poder ir desde aquí a Teruel, sin dar la vuelta al mundo.

Hablo con cierta persona de los célebres mármoles y piedras de esta provincia; sabéis, según él, ¿cuánto cuesta el arrastre de un metro cúbico de piedra desde la cantera…? Doscientas pesetas…

La Hoz del Huécar que impresionó a Eugenio Noel. / Archivo José Vicente Ávila

De modo que tomaos la molestia de sumar el dinero que os haría falta para edificar una casa. Este problema se resolvería abriendo vías de comunicación; pero estas cosas no se hacen solas, y esto es detestable”.

Pero si la carretera era un problema, el ferrocarril lo era mayor al no tener conexión con Valencia, que no llegaría hasta 1947. Así continúa el relato pesimista de Eugenio Noel:

“Si miráis en un mapa la ciudad de Cuenca notaréis su espléndido aislamiento vergonzoso; ocupa el centro de una inmensa extensión de terreno, probablemente mayor que la de Bélgica, circunvalada por líneas férreas, polígono estupendo cuyas líneas van de Calatayud a Ariza, a Sigüenza, a Guadalajara, Aranjuez, Alcázar, Chinchilla, La Encina, Valencia, Sagunto, Teruel y otra vez Calatayud.

Sólo dos pequeñísimas líneas se aventuran en este polígono: una de Aranjuez a Cuenca; otra, de Valencia a Utiel. Todo esto quiere decir que ese polígono vastísimo es una gigantesca calva.

Cierta Compañía puso automóviles entre Cuenca y Utiel; ahora los quita. ¿Por qué? Porque no viaja en ellos nadie. Van demasiado deprisa, y los campesinos prefieren el burro y el carro; por otra parte, la carretera es tan admirable, que no vuelcan los coches porque Dios no quiere.”

Hoz del Huecar. / Archivo José Vicente Ávila

Tas esas reflexiones sobre el abandono en las comunicaciones, el escritor acompañado por el pintor Rusiñol empieza a entrar en trance lírico al contemplar las Hoces, aunque penando por los caminos de piedras para llegar a la Ciudad Encantada:

“En los alrededores de Cuenca existen preciosidades: una de ellas, la Ciudad Encantada, tan amada de Odón de Buen; quien se decide a visitarla y salva las tres leguas que hay hasta ese museo vivo de geología puede abrirse el mismo juicio contradictorio y ganarse la laureada.

Os dicen en la ciudad, poniendo los ojos en blanco: “¡Si usted viera la Ciudad Encantada…!, pero no vaya usted, porque se necesitan herraduras para andar por ahora…”.

En cambio, este descuido absoluto, esta trágica indiferencia nos ha conservado la Hoz de Cuenca, es decir, las Hoces, dos barrancos por cuyo fondo serpentean dos ríos. La más hermosa tiene unos doce kilómetros de largo desde la ciudad hasta un pueblecito (se refiere al Molino de Papel) en el que sorprende encontrar la escuela más linda y moderna que pudieran imaginar Prayer o Compayré, legado regio de una dama excelsa. ¡Qué belleza la de esta hoz…!

Las huertas se suceden más hermosas cada vez; los bosquecillos trepan por las laderas escarpadas del barranco; la arcilla, la piedra y la greda fingen torrecillas, cúpulas, seres vivos; los sedimentos sucesivos muestran las fajas de sus zonas en la depresión gigante; y la hondonada traza curvas de angosto radio; mintiendo el desfiladero sinuoso e imponente de una cordillera.

El río murmura con fuerte voz y la ciudad presenta panoramas deliciosos allá en las alturas con sus casas edificadas audazmente al borde del precipicio, a plomo sobre él, parecen me monstruosos semejantes a los de los monasterios de los maronitas. Un poema cada casa, una estrofa cada hueco.

Altas, estrechas, de colores turbios, en los que la humedad sirve de barniz, asustan y encantan. Los voladizos de sus ventanas, parecidos a palomares; los añadidos de mampostería colgados en el abismo por un milagro de geometría casera; los recodos y encrucijadas, con sus casas apelmazadas unas sobre otras, como si todas quisiera asomarse al barranco y se empujaran a riesgo de estrellarse; todo ello ofrece sensaciones únicas en el paisaje español.

Vista general de Cuenca. / Archivo José Vicente Ávila

Tal vez sean éstas sus obras maestras. Cuando volvemos los dos a la ciudad hablamos de esas hoces admirables que conservan su belleza profunda y salvaje tal vez… triste es decirlo… por la falta misma de las comunicaciones…”

Así terminaba el artículo de Eugenio Noel con esa descripción de la ciudad y sus hoces, que por cierto reflejó en sus cuadros Santiago Rusiñol, que coincidió también con Eugenio Noel en un artículo que publicó en catalán pocos días después: “Hablar de Cuenca, aquí en España, es como hablar de tierras desconocidas, de una ciudad imaginaria, de una capital de provincia de la cual muchos dudan que exista. Cuenca, con estar en el centro de Castilla –en la yema del huevo de Castilla--, los caminos para llegar a ella son tan largos y fuera de ruta, que los pocos que hasta allí han ido, así que vuelven se les pregunta de su viaje como si llegasen de la Meca”.

Y más adelante apuntaba Rusiñol:

“Encima de las costas que hoy son montañas, de los abismos que fueron playas, está emplazada la ciudad de Cuenca. Imaginaos para tener una idea, que las casas de arriba parecen nidos colgantes; unas encima de las otras, todas tienen por balcón aquellos agujeros que eran madrigueras de monstruos, y hoy son huertos y vergeles, que por un lado tienen diez pisos y por el otro están a pie llano…

Imaginaos, que encima, como sostenida por aquellos pilares que surgen del fondo, se sostiene la catedral, de piedra de color de oro con pinceladas de azul…. Eso es Cuenca; una ciudad vieja en una playa prehistórica”, escribía Rusiñol, quizá embebido en ese paseo conquense con Eugenio Noel.

Para concluir y dado que el artículo “La Hoz de Cuenca” fue incluido en el libro de viajes “Piel de España”, del propio Eugenio Noel, éste le cambió el título por “La paz de Cuenca” y en el texto realizó algunas correcciones de estilo, sin variar ni un ápice del fondo del texto que dedicó a Cuenca como una de las capitales más desgraciadas de España, en el sentido de que nadie le hacía caso, para a renglón seguido anotar que “Cuenca es una de las más bellas ciudades de España”, palabras recogidas en guías y publicaciones.

Otro Eugenio, con apellido D’Ors, que recordaba el olvido de nuestro licenciado Eugenio Torralba, que le tenía obsesionado, le dedicó a Cuenca, 35 años después, uno de los artículos más definitorios de sus bellezas y encantos, según opinión de expertos literarios, con el expresivo título de “Cuenca, la bella durmiente del bosque”. Pero esta es otra historia para otro día.

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