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Sábado, 19 de Octubre de 2019

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Mario Cuenca Sandoval: "Muchos de los problemas políticos que tenemos tienen que ver con el fracaso del sistema educativo"

Entrevistamos al escritor galardonado con el Premio Ciudad de Barcelona por "El don de la fiebre"

Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975) acaba de ser galardonado con el Premio Ciutat de Barcelona 2018 en la categoría de Literatura en Lengua Castellana. Un premio que reconoce el trabajo realizado en su última novela, “El don de la fiebre” (Seix Barral), y que nos ofrece una excusa estupenda para conversar con este escritor, también profesor de Filosofía en el IES Maimónides.

¿Qué dijiste al recoger el premio?

Primero expresé mi estupefacción porque es un premio que tiene una nómina realmente espectacular: Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza, Ricardo Piglia. Mi primera pregunta fue: ¿Realmente esto es para mí? De hecho, en la gala, en la proyección que había al fondo, se equivocaron, y en vez de poner Mario puso Mariano –no había otro nombre-. Eso aumentó mi estupor. No podía ser para mí sino para este Mariano. Evidentemente agradecí el premio, que para mí tiene un valor sentimental importante. Yo nací en Sabadell pero Barcelona era la ciudad de los fines de semana, de las Ramblas, de ir a Plaza Cataluña a ver la decoración de Navidad. Forma parte de ese reino mágico que tenemos todos que es la infancia. Que te reconozcan allí, sentimentalmente, también era algo impactante.

¿Hasta qué edad viviste allí?

Hasta los 5 años, pero a partir de ahí estuve yendo y viniendo mucho tiempo porque la mayor parte mi familia se quedó. La familia de mi padre era originaria de Priego y solo una parte regresamos a Córdoba. Cuando vuelvo tengo muchos amigos y muchos familiares por allí.

Eres un migrante inverso.

Algo así. Como un charnego que huyó. Como un andaluz de los de la novena provincia, los que nacimos fuera.

¿Cómo llevas las dos identidades?

Quizá te da un punto de vista más lúcido, más completo, sobre esas dos realidades, pero por otra parte te hace sentirte una especie de extranjero. Yo no he dejado de sentirme extranjero nunca. No soy de allí y cuando voy allí no me puedo sentir en casa. Tampoco soy de aquí, tampoco me puedo sentir aquí en casa. Eso me persiguió siempre, pero fíjate que no creo que sea realmente un problema. Te da una ventaja porque puedes desarrollar un sentido crítico mayor sobre lo que está pasando en uno y otro lugar.

¿A que te refieres con eso de una visión más completa de lo que pasa?

Te desprendes del patriotismo y patrioterismo de uno y otro lado. Te desprendes del chovinismo de uno y otro lado y te permite ver de una manera más crítica lo que sucede.

¿Eso lleva implícito que los que estamos aquí y los que están allí tienen una visión parcial del asunto?

Sí, una visión transida por muchos prejuicios que bastaría con viajar un poco para curarlos. Lo decía Unamuno, que el nacionalismo se cura viajando. Y realmente es así. Conozco mucha gente allí que tiene estereotipos muy rancios sobre lo que es ser español y aquí pasa a la inversa con la gente de Cataluña, hay una percepción también muy cerrada. Y por las circunstancias políticas está muy polarizado el discurso y parece que uno solo puede estar en una posición, en un extremo o en el otro extremo de la cuerda, cuando entre uno y otro hay millones de personas con percepciones distintas, ideologías distintas. Pero aquí parece ya que si uno hace alguna mención en un sentido, automáticamente le ponen en la casilla, en uno de los dos polos.

Mario Cuenca Sandoval / CADENA SER

¿Te interesa la cuestión de la identidad?

Pero no me interesa el tema de la identidad nacional o política, quizá por mí circunstancia vital. Me interesa más cómo se forma la identidad individual y sobre todo la relación entre la memoria personal, no la colectiva, y la individual. Somos nuestra memoria, somos lo que hacemos con la suma de los recuerdos que conservamos y que modificamos. A nivel político no me interesa mucho y además soy reacio, me produce repulsión el nacionalismo, todos, también el catalán y el español.

¿Qué harías con el inventor de las banderas?

Las banderas se han convertido en un arma arrojadiza. Lo ha sido en muchos momentos de la historia, pero parecía que en democracia era solo un elemento sentimental, algo que uno podía sacar en los partidos de fútbol o algo así. Ahora han vuelto a hacer armas todas las banderas. Como decía El Roto, todas las banderas son de los chinos.

¿La memoria está haciendo demasiada palanca en la construcción de nuestra identidad individual? ¿Es excesivo el peso de la infancia?

No nos damos cuenta de la importancia que tiene hasta que en un momento de lucidez descubrimos cuál es la fuente o el origen de alguna manía o percepción. Casi todas tienen su origen en la infancia, qué es un universo en sí mismo. Además, 5 años para un niño no son 5 años para nosotros, para ellos 5 años son un mundo, un porcentaje muy alto de su vida. Todos recordamos esa experiencia de los veranos eternos, parecía que duraban años. En la infancia está prefigurado lo que nos va a obsesionar en el futuro, sin saber por qué. Diría que incluso el tipo de personas que nos van a traer.

¿No es un poco lastre?

No sé si es un lastre, al fin al cabo es una herramienta con las que construyes tu identidad. No sé si fuera de eso seríamos más libres o no. A veces uno cae en la cuenta de dónde viene. A mí me pasó hace poco. A pesar de haber estudiado en un colegio religioso, siempre recuerdo haber sido agnóstico. Al final de la E.G.B. ya me sentía así, muy descreído y muy desconfiado. Yo pensaba que era una cuestión puramente racional, que uno va llegando a conclusiones cuándo va creciendo. Un día hablando con mi suegra, que sí es religiosa, debatíamos sobre este tema y yo le pregunté, algo molesto, por qué me sacaba este tema si ella sabía que yo era agnóstico. Ella me dijo, “tú eres agnóstico porque perdiste a tu padre cuando eras muy joven”. Yo nunca había establecido ese vínculo entre una cosa y otra cuando posiblemente era evidente, y estaba ahí, a la vista de todo el mundo menos de mí.

 

¿Qué tiene que hacer el ciudadano ante lo que ocurre: observar, pensar, actuar, pasar?

Observar y entender el mundo es lo típico de los filósofos. Se supone que eso es la vida contemplativa que predicaban algunos filósofos sobre todo de la antigüedad. Quizá sirva una comparación que hacía Pitágoras: decía que la vida es como unos Juegos Olímpicos en el que podemos encontrar tres tipos de personas: los que van a participar en las competiciones, los que van a vender mercancía en el estadio y los que van a ver los juegos, los puros espectadores. Los filósofos somos los espectadores y realmente esa ha sido siempre mi posición vital, la de mirar un poco estupefacto el mundo que nos rodea. Aunque también entiendo que, como ciudadano, tenemos que implicarnos, sobre todo en las cuestiones más profundas. Las que tienen que ver con los derechos humanos.

Tú enseñas filosofía en un instituto. ¿Deberíamos decirte ánimo, lo siento, enhorabuena?

No podemos ser muy pesimistas. Ahora se dice que vuelve a estar la filosofía muy de moda. A mí me parece una cosa apasionante, trabajar con los chicos intentando ayudarles a desarrollar un sentido crítico me parece una experiencia fundamental. Cada vez es más difícil, porque el mundo está cambiando, su manera de afrontar la búsqueda de información y el conocimiento es completamente distinta a la nuestra; nosotros venimos de la cultura impresa, de la Galaxia Gutenberg y ellos tardan poco tiempo en buscarte en Youtube a un profesor de matemáticas que te explica sus dudas. Enfocan el conocimiento de la manera completamente distinta a nosotros, por un lado más superficial, el texto escrito tiene más profundidad que la imagen, pero al mismo tiempo tienen otras habilidades. Y no sé hasta qué punto estamos desaprovechándolas. Seguimos dando clase, yo el primero, como si estuviéramos todavía en el siglo XX. Hemos incorporado proyectores, pero no hemos cambiado la mecánica del aula. Debería ser una mecánica más creativa y el alumno más protagonista de lo que es. Se pasan seis horas escuchando, y cuando salen del centro viven en un mundo absolutamente interactivo.

Mario Cuenca Sandoval / CADENA SER

¿La reducción de las horas dedicadas al estudio de las humanidades forma parte de un plan premeditado para hacer que la gente tenga menos capacidad crítica?

La interpretación más benévola sería que esa reducción responde a una concepción de la educación según la cual el sistema tiene que formar a trabajadores, a futuros profesionales. Pero no podemos olvidar que la función principal del sistema educativo es formar ciudadanos, y en la formación de la ciudadanía las humanidades juegan un papel fundamental. Las humanidades son la clave para formar al ciudadano del siglo 21 y parece que el sistema cada vez se está volviendo más utilitarista. Existe una supeditación de la escuela a la empresa. Estamos impregnando esa mentalidad de la productividad y la Filosofía y las Humanidades tienen una rara virtud y es que son inútiles. No te sirven para reparar un electrodoméstico roto, pero precisamente esas cosas inútiles son parte de lo que nos hace humanos.

¿Leer nos hace mejores?

Esa es una pregunta terrible porque todos sabemos que hay gente muy lectora y que son personas detestables. Leer debería hacernos mejores. La ignorancia sí se paga cara, eso sí es seguro. Muchos de los problemas que tenemos en la actualidad y de problemas políticos tienen que ver con el fracaso del sistema educativo. Estamos oyendo barbaridades que solo las puede decir alguien que ha pasado por el sistema educativo como el que se mete en el agua, se da un chapuzón y sale. O bien demuestran que tienen una incultura jurídica descomunal o bien sencillamente le da igual, te mienten y ya está.

¿Escribir te hace mejor?

Pasa lo mismo que con la lectura. Debería, pero no en todos los casos se cumple. Escribir te permite pasar a limpio, urbanizar un territorio de por sí bastante salvaje, el de la sentimentalidad. Habría que preguntarle a cada escritor. A Kafka la literatura le había impedido entrar en la casa, la casa era un símbolo de la vida y la literatura era algo que le había impedido penetra en la vida.

Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, te entregaba el premio Ciudad de Barcelona por tu última novela, “El don de la fiebre”. El jurado decía que por “abordar de una manera ambiciosa inevitablemente inconclusa las relaciones entre la creación y sus condiciones más adversas en los momentos más oscuros del siglo 20”. ¿La adversidad es un obstáculo o un aliciente para la creación?

El siglo 20 ha sido uno de los siglos más terribles de la historia de la Humanidad. Está la famosa frase de Adorno de que no es posible escribir un poema después de Auschwitz. Bueno, lo hemos hecho. Hemos escrito muchos poemas, algunos muy buenos, algunos tan buenos o mejores que los que se escribieron antes. En el caso de esta novela, el protagonista del libro atravesó todas esas tragedias del siglo 20, y yo creo que en mención del jurado hace referencia a esa idea. El personaje, el músico Olivier Messiaen, atraviesa todo ese escenario y permanece fiel a su a su vocación literaria pese a todo ese ruido de fondo.

¿Pero la convulsión ayuda a la escritura?

Supongo que puede ayudar pero en diferido. A toro pasado. Decía Bécquer: “cuando siento no escribo”. Escribir implica cierta distancia sobre la experiencia para poder meditar lúcidamente.

¿Un tipo como Messiaen que es capaz de llevar a una partitura el canto de los pájaros es un genio o es un loco?

Hay un punto de locura en eso. La locura que hay es la de la obsesión, pensó que había encontrado la fuente de la música en la naturaleza y por lo tanto se dedicó a escribir al dictado de la naturaleza y a recoger el canto de pájaros hasta elaborar un catálogo completo de los cantos de pájaros. Sí hay cierta locura y también cierta percepción de uno mismo como una especie de médium, un artista, el vehículo que ha elegido la naturaleza para que transmita su música.

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