Últimas noticias Hemeroteca

Lunes, 23 de Septiembre de 2019

Otras localidades

Historias de boticarios, médicos, cirujanos y barberos a través de los siglos

Cómo fue este oficio, qué importancia tenía, cómo se concedían los títulos para ejercer la profesión o qué es la enfermedad de los lamparones

'El cirujano o la extracción de la piedra de la locura' cuadro de Jan Sanders van Hemessen. Óleo sobre tabla conservdo en el Museo del Prado. /

En el espacio Así dicen los documentos que coordina Almudena Serrano, directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, y que emitimos los jueves en Hoy por Hoy Cuenca, conocemos esta vez cómo fue el oficio de boticarios, médicos, cirujanos y barberos, la importancia que tuvieron o a quién y cómo concedían los títulos para ejercer la profesión. Y todo esto, como siempre, de la mano de los documentos antiguos. Y acabaremos con un informe médico sobre una curiosa enfermedad, los ‘lamparones’.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Vamos a comenzar por contar que ya en el año 1584 se presentó al rey Felipe II una Información sobre la importancia de los oficios de médico, boticario, cirujano y barbero, y la concesión que se hacía de las licencias para ejercer estas profesiones, que se hicieran a personas con los conocimientos adecuados y no que se vendieran por dinero, sin asegurar la ciencia y experiencia de quienes las compraban.

Veamos cómo lo cuentan los documentos: El conde de Buendía envía un papel para que se dé a Su Majestad, sobre las licencias de médicos, boticarios, cirujanos y barberos, lleno de lástimas y digno de remedio, para el bien público y consciencia, e se ponga remedio en lo que toca a médicos, cirujanos, boticarios y barberos, para el bien común.

Porque ninguno de veynte años a esta parte ha querido dar seis escudos que no aya alcanzado carta de cirujano y licencia para sangrar y purgar sin tener letras, ni aun sabe leer.

Y que también lo que passa de médicos es lastimosa cosa. E es perdición ver que no ay rapaz ni aprendiz que, como lleve 3 ducados, no le den carta de examen y luego ponga botica, de manera que son más de quarenta y cinco las que oy se hallen en la Corte, no habiendo en otro tiempo más de dos, con la de Su Majestad.

Y, debido a esta compraventa de títulos de médico y cirujano, se incluye este importante razonamiento: Y no se mira que tengan esciencia y experiencia, siendo de tanta importancia este oficio, porque no ay buen médico si no tiene buen boticario, y que si de nuevo se examinasen no se hallaría suficiente la quarta parte.

E convendría que el protomédico, para examinar al boticario, se acompañase de uno que lo fuese y experimentado, y se guardase esta orden en el examen de cirujano y barbero.

Es decir, que se había deteriorado tanto el acceso a estas profesiones que ya ni tan siquiera en los exámenes se encontraban presentes los profesionales necesarios para examinar a los aspirantes a médicos o boticarios.

Y tenemos un ejemplo más, en un Memorial en el que se pedía que se acabasen los abusos y las irregularidades para obtener la licencia de médico, que decía lo siguiente: El reino ha sido informado de la facilidad con que el doctor Olivares examinaba a hombres, del todo ignorantes y sin letras, a muchos de los quales dio liçençias para curar todo género de enfermedades, y para que pudiesen mandar sangrar y purgar, ha resultado daño muy general y notable, porque muchos hombres y mujeres, sin saber aún leer ni escribir, so color de las dichas liçençias se atreven a curar públicamente.

Esto que estaba sucediendo era gravísimo porque estaba en juego la salud de quienes caían en manos de aquellos desaprensivos que, a cambio de un título, ganaban cuantiosas sumas de dinero. Veamos qué se pide para poner fin a estas abusivas prácticas: Para remedio de esto suplica a Vuestra Majestad sea servido de mandar que todas las liçençias dadas a personas que no ayan estudiado, se suspendan y no husen dellas.

Y que, desde aquí adelante, los médicos y çirujanos algebristas, y los que curan de mal de orina, o quebraduras, o otras cosas semejantes, no puedan ser examinados sino por 3 de los protomédicos de Vuestra Majestad, con cuyo voto y pareçer, o con los dos dellos, estando el que viniere a ser examinado y no de otra manera.

Y que, así mesmo, Vuestra Majestad mande que los protomédicos den un memorial firmado, juntos o cada uno de por sí, de los excesos y abusos que ay en los boticarios, herbolarios, drogueros y especieros, mandado ver se ponga en todo ello el remedio que convenga, que en ello recibirá el reyno grande y señalada merced.

Avanzamos un poco en el tiempo y vamos al siglo XVII, al año 1648, y viajamos a Italia para conocer algo sobre las medicinas que se entregaban a las galeras del rey por un boticario, galeras de las que ya hablamos en un programa anterior y cómo era la penosa vida de los galeotes en ellas.

Cada vez que el boticario entregaba medicinas se ponía por escrito la certificación de lo recibido y su coste en reales. Este certificado lo hacían el veedor de las galeras y el contralor: Certificamos que Ottavio Frediani, boticario, a entregado oy día de la fecha, en las dichas galeras para la cura de los remeros enfermos dellas, importan según la tasación hecha por los tasadores públicos desta ciudad 1.969 reales de moneda corriente, y las vasijas de diferentes suertes. Total: 2025’5 reales.

Que ha de mandarlos pagar de los efectos y por la vía que fuese servido acudir al reparo de la falta de medicinas para la cura de la gente de las dichas galeras.

Las guerras frecuentes determinaban la presencia de médicos, cirujanos y boticarios, como así ocurrió en el año 1794, en Navarra. El marqués de Vadillo envió una carta al duque de Osuna, informándole de la decisión de trasladar a los enfermos y heridos de guerra hasta un lugar donde había médico cirujano y, sobre todo, abasto de carnes.

En virtud de la Orden de vuestra excelencia para internar los enfermos, di el correspondiente aviso al Intendente, para el caso halló ser esta la villa de Navascués que se halla 5 leguas a la espalda, población donde hay médico cirujano y abasto de carnes.

Y ahora viajamos a América, al año 1828, para comprobar cómo se hacía una solicitud para establecimiento de una botica única en Mayagüez, Puerto Rico: Para que el Consejo consulte su parecer, remito a vuestra señoría, de orden del rey, la adjunta instancia documentada a don Juan de Mata Martínez, boticario público de Mayagüez, en la Isla de Puerto Rico, solicitando que por los méritos y servicios que refiere, se le conceda privilegio exclusivo de tener solamente botica en aquel pueblo por espacio de 5 años, con las condiciones que ofrece.

Y veamos cómo escribió este boticario su solicitud, el 18 de julio de 1828, fundamentándola en que en aquel pueblo de Mayagüez no había botica y era necesaria, según establecía la ley: Don Juan de Mata Martínez, profesor de Farmacia y boticario público de Mayagüez, Isla de Puerto Rico, puesto a los reales pies de Vuestra Majestad, se presenta con el más sumo respeto y expone que, después de haber ejercitado 8 años de estudios y prácticas en las boticas principales de la ciudad de La Habana, en donde fue examinado por el Tribunal del Protomedicato, y despachado su título, se dirigió a este pueblo como nativo de él, con el objeto de poner un establecimiento bajo su inspección, en vista de que carecían de él, y apoyado en la circular del Gobierno que previene que en los pueblos de las islas se plantifiquen boticas para el pronto auxilio de los enfermos.

En su virtud, el año 1820, lo efectuó, desde cuyo tiempo no ha hecho más que emplearse en obsequio del vecindario, sirviéndoles los medicamentos a precios equitativos, y llegando hasta el extremo de consumir parte de su principal, suministrando gratis a los pobres y a todos los militares que, bien por causa de emigración, o bien por comisión, han llegado a esta población y necesitado medicamentos.

En 1822, el capitán general, estimando conveniente al mejor servicio de Su Majestad, defensa y tranquilidad de esta isla, establecer guarnición militar en los primeros pueblos, estimulado el que representa del deseo de contribuir a tan sagrado bien, se constituyó a franquear quantas medicinas necesitase las tropas destinadas a este por las quartas partes de su valor, pero aun no satisfecho con tal rebaja, y atendiendo después a la escasez del Real Erario, se obligó a hacerlo por el equitativo precio de un real por estancia, quando su legítimo precio es de 5 a 6 reales cada una.

A Vuestra Majestad pide y suplica que, en atención a los notorios servicios hechos durante 6 años, al amor y lealtad que en todos tiempos ha manifestado a Vuestro Real Padre, se digne concederle el privilegio exclusivo de tener solamente botica en este pueblo por espacio de 5 años, ofreciéndose a servicio de gratis los expresados 5 años a dicho Hospital militar, de las medicinas que necesitase y obligándose, siempre que esta pequeña población se aumente en términos que exigiese para el pronto servicio al pueblo otra botica, poner una o dos más, bajo su cuidado con legítimos profesores, sin alterar la ventaja que hasta ahora gozan, con el equitativo precio en este ramo, con sus casas. Gracia que espero merecer de la rectitud de Vuestra Majestad.

Y ahora vamos a ver cómo se expedía título de farmacéutico, en el año 1839.

El solicitante justifica que lo siguiente: Que ha sido examinado de farmacéutico en la ciudad de Manila, por disposición de las autoridades de aquella isla, y que ha desempeñado el título de boticario mayor y segundo de los hospitales militares de la misma.

Y por ello suplica a Vuestra Majestad se digne mandar se le expida el correspondiente título de tal farmacéutico.

Unos años antes, en 1795, se inició un expediente para el establecimiento de una botica de Real cuenta en la Ysla de Santo Domingo, conforme a la que había en Puerto Rico. Se dieron órdenes al Sumiller de Corps para el nombramiento de un boticario examinado, con un mancebo o practicante, y, también, se dio orden al Intendente de La Habana sobre si había en aquella ciudad sujetos aptos de farmacia que quieran pasar a servirlos, se disponga se trasladen a aquel destino, a la mayor brevedad.

En la isla de Santo Domingo estaban en igual necesidad de boticario y se pedía que no se permitiese a los médicos ni cirujanos ejercer de farmacéuticos asistiendo a los enfermos por lo siguiente: Con transgresión de las leyes y peligro de los adolecientes, y la multitud de inconvenientes que trae la tolerancia de una incompatibilidad de estos oficios que tanto repugna nuestra legislación y demás Reales disposiciones.

De ese principio viene el enriquecerse aquellos dentro de poco tiempo, con una tan negociación opuesta tan esencialmente a su instituto y las quejas de los enfermos y del público.

Se recuerda lo beneficioso del establecimiento de una botica porque sería de universal consuelo y evitará las quejas y disputas que el actual método acarrea, diariamente, con grande escrúpulo de los superiores, las que nunca cesarán mientras no se tome esta providencia y otra semejante, digna de la resolución de Su Majestad.

Y acabamos con el informe médico sobre aquella curiosa enfermedad, los ‘lamparones’. Porque todos sabemos que un lamparón es una mancha muy visible, aunque no sabemos si tendrá esto algo que ver con el nombre dado a la enfermedad. En medicina, un lamparón era una escrófula en el cuello. La escrófula era un estado de debilidad general que predisponía a algunas enfermedades y que se manifestaba con inflamación de ganglios, sobre todo, los del cuello. También se conocía como una erupción de tumores escrofulosos que también le salían a las caballerías en diversas partes del cuerpo.

El caso es que, en el año 1673, se emitió un Informe médico contra un supuesto diagnóstico de lamparones que podría haber sufrido el marqués de Castromonte: Mándame vuestra excelencia diga mi sentir sobre si el marqués de Castromonte, mayordomo de la Reyna, nuestra señora, ha tenido o tiene lamparones.

Y debo deçir, con la verdad que pide motivo tan sagrado y yo profeso, que abrá doçe años que el lizenciado Oliber, çirujano de Su Magestad y yo, asistimos al dicho marqués, que abiendo tenido una importuna destilación de la causa, con tos, se le hiço un absceso en el cuello, en la parte derecha, y que se abrió con lanceta, y no con fuego.

Y se curó regularmente con medicinas usuales y benignas, y es cierto que si fueran escrófulas o lamparones que no se hubiera abierto con lanceta sino con fuego, pues fuera error lo contrario.

Y, también, que estando actualmente curándole, si reconociéramos el menor resabio de lamparones hubiéramos pasado al uso de los medicamentos cáusticos, como el solimán y otros para extirpar sus raíces, en los quales medicamentos no se discurrió por no ser del caso, ni si lo fueran hubieran cedido en tan breve tiempo parte ni cicatrizado tan firmemente como se ve, pues de la naturaleza de los lamparones es reverdecer y abrirse en breve tiempo, siendo imposible y sin que jamás se aya visto su engañosa ocultación por tantos años como ha que el marqués está bueno.

Y así, abiendo visto los pareçeres que vuestra excelencia me remite de los doctores Bravo, Alba, Camacho, Cuevas Henriquez, Santa Cruz y Fariñas, y las relaciones juradas de los cirujanos de Su Magestad, González, Oliver y don Diego Serrano, y viniendo tan ajustadas a la verdad y sinceridad deste caso que parece por ellas, que se callaron en el conocimiento y curación actual de lo que el marqués padeció doce años ha, pues todos se ajustan conformes a que no tiene lamparones ni otro achaque alguno.

Bueno, pues, para tranquilidad de todos, especialmente para los reyes, puesto que era el mayordomo de la reina, el marqués de Castromonte estaba sano.

Cargando
Cadena SER

¿Quieres recibir notificaciones con las noticias más importantes?