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Venturas y desventuras de los viajeros en las posadas a lo largo de la historia

"Por cada uno que asaltan en un camino, a cien los asaltan en una posada", se decía sobre las pesadumbres que podían ocurrir en estos establecimientos de descanso

'Tópicos costumbristas de una posada andaluza', óleo de Manuel Cabral Aguado-Bejarano, 1855. /

En el espacio Así dicen los documentos que coordina Almudena Serrano, directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, y que emitimos los jueves en Hoy por Hoy Cuenca, esta vez hablamos de las posadas, aquellos edificios que, de una manera u otra, dieron cobijo, alimento y alguna pesadumbre a los viajeros y caminantes que por ellas pasaron siglos atrás.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

A lo largo de la historia, la tipología de alojamientos en España ha sido muy variada. En los documentos y en la literatura se habla de posadas, pensiones, casas de huéspedes, albergues, hoteles, fondas y otros, espacios que fueron fundamentales en los viajes que se emprendían.

Y para nuestro viaje en la Historia de hoy por aquellos caminos y posadas comenzaremos por repasar algunos episodios de algunas de las mejores obras de nuestra literatura. Iniciamos este caminar histórico con unas líneas de la obra más célebre de Quevedo, La vida del Buscón llamado don Pablos, en la que no escasea la picaresca, el hambre y la miseria, y en la que Pablos, su protagonista, llegó a una posada. “Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en casa de un aguador. Entramos en ella y díjome: No es alcázar la posada pero yo os prometo, sobrino, que es a propósito para dar expediente a mis negocios.

Subimos por una escalera, que sólo aguardé a ver lo que me sucedía en lo alto, para si se diferenciaba en algo de la horca.

Entramos en un aposento tan bajo que andábamos por él como quien recibe bendiciones, con las cabezas bajas.

La ya desaparecida Posada de la Sangre, en Toledo, declarada en 1920 Monumento Arquitectónico-Artístico. / Wikipedia

Y sigue Pablos contando qué pasaba con la comida…

Yo rabiaba ya por comer y por cobrar mi hacienda y huir de mi tío. Pusieron las mesas y por una soguilla, en un sombrero, como suben la limosna los de la cárcel, subían la comida de un bodegón, que estaba a las espaldas de la casa, en unos mendrugos de platos y retacillos de cántaros y tinajas.

No quiero decir lo que comimos, sólo que eran todas cosas para beber.

Otra elocuente descripción nos la ofrece Santa Teresa de Jesús, que como todos saben vivió durante el siglo XVI, y que entre otros libros escribió uno interesantísimo: el Libro de las fundaciones.

Este libro es como una novela de aventuras, en el que va contando las peripecias que le ocurren mientras fue fundando conventos por Castilla y Andalucía, libro que acabó poco antes de morir, en el año 1582. Veamos qué nos cuenta de una posada, a la que ella califica de mala y a la que la llevaron cuando andaba con calentura, en pleno verano, recorriendo las tierras de Andalucía:

No os dejaré de decir la mala posada que hubo para esta necesidad: fue darnos una camarilla a teja vana. Ella no tenía ventana y si se abría la puerta toda se henchía de sol. Habéis de mirar que no es como el de Castilla por allá, sino muy más importuno.

Hiciéronme echar en una cama, que yo tuviera por mejor echarme en el suelo, porque era de unas partes tan alta y de otras tan baja que no sabía cómo poder estar, porque parecía de piedras agudas.

En fin, tuve por mejor levantarme y que nos fuésemos, que mejor me parecía sufrir el sol del campo que no de aquella camarilla.

En la más célebre de las obras de Cervantes, El Quijote, por supuesto, aparece la posada. Veamos esta referencia del capítulo LXXII, en el que don Quijote y Sancho llegaron a su aldea:

Posada Massó en Villanueva de la Jara, en Cuenca / Wikipedia

Todo aquel día, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesón don Quijote y Sancho, el uno para acabar en la campaña rasa la tanda de su disciplina, y el otro para ver el fin della, en el cual consistía el de su deseo.

Llegó en esto al mesón un caminante a caballo, con tres o cuatro criados, uno de los cuales dijo al que el señor dellos parecía:

—Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la posada parece limpia y fresca.

Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:

—Mira, Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi historia, me parece que de pasada topé allí este nombre de don Álvaro Tarfe.

—Bien podrá ser —respondió Sancho—. Dejémosle apear, que después se lo preguntaremos.

El caballero se apeó, y, frontero del aposento de don Quijote, la huéspeda le dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas como las que tenía la estancia de don Quijote. Púsose el recién venido caballero a lo de verano y, saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y fresco, por el cual se paseaba don Quijote…

En otra novela extraordinaria del Siglo de Oro español, el Guzmán de Alfarache, podemos leer esto de las posadas:

Y cuando a la posada voléis, ni halláis luz con que os acostar, lumbre con que poderos enjugar, pan que comer, ni vino que beber, muertos de hambre, sucios y rotos.

Además, en esta novela, se advierte de los peligros de robos en las posadas:

Vuestra es la culpa, sobrino, que donde mi casa está no era necesario posada. Porque aunque la que tenéis es la mejor de aquesta ciudad, ninguna en todo el mundo es buena ni tal que podáis en ella tener alguna seguridad.

Y porque sois mozo, quiero advertiros, como viejo, que nunca os confiéis de menos que muy fuerte cerradura en vuestros baúles, y otra sobrellave de algunas armellas y candado, que llevéis con vos de camino, y donde llegáredes, la poner a las puertas de vuestro aposento.

Porque ya los huéspedes o sus mujeres o sus hijos o criados, no hay aposento que no tenga dos y tres llaves y, a vuelta de cabeza, perderéis de ojo lo que allí dejáredes con menos que muy buen cobro.

En la posada no hay cosa posada, nada tiene seguridad.

Y en otro momento de la novela se afirma esto:

Estaba en posada, donde me habían hecho la cama y quizá para tener achaque de robarme. Si allí los dejaba, quedaban como en la calle, y, si los quería sacar, no sabía dónde ponerlos.

Varios siglos después, se escribió esto sobre esa ausencia de seguridad en las posadas de España:

Por cada uno que asaltan en un camino, a cien los asaltan en una posada.

Las comidas que se ofrecían en las posadas, desde luego, no eran las más apropiadas para lo requerido por aquellos viajeros y caminantes.

Así las cosas, en el año 1796, el rey Carlos IV emitió una Real Cédula en la que se ordenaron diversas cuestiones referentes a los alimentos y precios de ellos, y que los que tuvieran posadas en el reino pudieran comprar todo género de comestibles. Veamos cómo lo expresó el rey, que empieza recordando que ya había una Instrucción del año 1794 sobre Caminos, Posadas y Portazgos, que decía lo siguiente sobre las Posadas:

En el arreglo de Posadas, después de lo material de sus habitaciones, que deben ser proporcionadas en su extensión al más o menos tráfico o comercio de aquella carretera, tiene el segundo lugar lo formal de su gobierno para que estén bien abastecidas de paja y cebada para las bestias y de los alimentos necesarios para sus dueños y viajeros.

Continúa hablando de que los precios han de ser moderados:

Todo a precios moderados y con arreglo al arancel que las justicias deben formar, según la abundancia o carestía de los años, por días, semanas o meses, y aun por todo el año, según corresponda a la naturaleza de los comestibles, y está prevenido por la Leyes.

Los precios debían fijarse en la entrada de las Posadas y, por supuesto, en ella deben hallar los viajantes las provisiones de comestibles necesarias, sin que tenga que salir a la calle a buscarlos.

Además, los precios debían quedar ajustados por todos, mesoneros, posaderos y fondistas para que fueran moderados. Y se advierte de que esto:

Pero se ha de tener mucho cuidado en que los Posaderos no revendan sus comestibles a los vecinos, sino en caso que haya peligro en su conservación.

El Posadero tendrá derecho de comprar al precio corriente del mercado del lugar lo que necesitare para su Posada, quando por alguna casualidad o justo motivo no pudiere hacer sus provisiones de los lugares circunvecinos.

En este documento se hace referencia a los problemas que hubo en el abastecimiento de un Parador, al que no le quisieron vender alimentos hasta después del mediodía, y de ahí que el rey tuviese que recordar los términos que estamos leyendo de esta Instrucción:

Sin embargo, de lo prevenido y dispuesto en estos capítulos, se me ha dado cuenta ahora de una representación hecha por el encargado de un Parador nuevo establecido en cierto pueblo del Reyno, acerca del embarazo que se le ponía por la Justicia de él, de comprar comestibles hasta después de mediodía, lo qual era causa de no tener el surtido competente para los pasajeros.

De este modo, el rey resolvió que a todos los que tengan Posadas en el Reyno se les permita comprar todo género de comestibles, a qualquiera hora del día, como a los demás vecinos, con la circunstancia de que cumplan lo prevenido en la nueva Instrucción de Posadas, para alivio de los viajantes,

Y que, si abusan de esta franquicia, comprando los géneros de regalo para volverlos a vender, como los que se llaman regatones, se les castigue con el mayor rigor, procediendo contra ellos las justicias.

Además, se estableció que se visitarían los Mesones y Posadas para ver cómo se cumplía lo mandado:

Por la qual, os mando a todos y cada uno de vos en vuestros respectivos lugares, distritos y jurisdicciones, veáis mi expresada resolución, y los capítulos insertos de la nueva Instrucción de posadas, y lo guardéis y hagáis cumplir y executar, cuidando de su exacta observancia y la de las Leyes que tratan de las visitas que debéis hacer en los Mesones y Posadas de los respectivos pueblos, a fin de que los viajantes consigan en ellas estar abastecidos de las provisiones necesarias a precios equitativos. Que así es mi voluntad.

Esta Real Cédula del siglo XVIII parece que no debió obedecerse porque a lo largo del siglo XIX tenemos los testimonios de diversos viajeros que anduvieron por nuestro país y que se alojaron en estos hospedajes.

Las descripciones que realizaron no dejaban en buen lugar estos alojamientos: pocas comodidades, ausencia de camas, camas con chinches y pulgas fueron los recuerdos más comunes de su paso por ellas. Además, falta de cristales en las ventanas, ausencia de muebles y un solo camastro, no invitaban, precisamente a hacer uso voluntario de ello, salvo el obligatorio descanso de un viaje largo y, a veces, muy difícil.

Tenemos una descripción del año 1850 que dice así:

Las escaleras crujían, se daban portazos, los cuchillos producían un ruido estrepitoso, las mujeres hablaban a gritos y, lo peor de todo, una humareda de aceite frito y ajo llegaba a todos los rincones.

En el año 1843, a un viajero le alojaron en una casa particular porque había pocas posadas en la zona por la que iba. A este caballero le llamó la atención que los vecinos decían de la casa que era la única que tenía ventanas con cristales en todo el pueblo. De esta casa y de sus dueños, este viajero quedó muy agradecido:

Nos mostraron una pequeña pero confortable habitación con alcobas o espacios para camas y provista de una ventana de cristal, que creo era la única de todo el pueblo.

Otra descripción de posadas de España incide en lo pésimo de su estado:

Las posadas de la Península, con escasas excepciones, hace mucho que se dividen en las malas, las peores y las que ni ya siquiera admiten comparación.

Además, un aspecto no menor era que los posaderos abusaban de los viajeros con los precios:

Por cada uno que asaltan en un camino, a cien los asaltan en una posada. Es entre estos posaderos donde se encuentran los auténticos y peores bandoleros de España, pues estos personajes ilustres se encuentran por doquier pensando únicamente en cuánto pueden inflar sus cuentas con decoro.

Y para finalizar nuestro programa de hoy, veamos qué ocurría con el menaje de la posada:

Tenedores y cucharas –objetos desconocidos en los hostales de España, donde te ponen tu plato y tu puchero de barro por delante y uno saca su navaja de la faja para dar cuenta de la comida-. A veces, mediante insistente súplica, se podía conseguir una cuchara de madera para un grupo numeroso.

Para la jarra de vino jamás se les ocurría proporcionar más de un vaso por cada dos personas, una de las cuales, por supuesto, no tenía otro remedio que beber de la jarra.

Finalmente, decir que hasta bien entrado el siglo XX, algún viajero se hospedó en edificios históricos como la Alhambra. Esto que hoy nos sorprende, no debe extrañarnos desde el momento en que entonces no existía la conciencia de hoy sobre nuestro Patrimonio, por supuesto.

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