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Martes, 20 de Agosto de 2019

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La Casa del Duende

Hace siglos, en Madrid existió una casa que podría parecer de cuento Pero de un cuento macabro: era un edificio habitado por un grupo de duendes (o eso era lo que se pensaba) que atemorizaban a quienes se vivían o acercaban al lugar y que hizo actuar a la mismísima Inquisición

La casa

La llamada Casa del Duende se hallaba entre las calles Duque de Liria, Mártires de Alcalá y la plaza del Seminario de Nobles. En origen, la casa se construyó, a principios del siglo XVIII, para albergar a una parte de la servidumbre real. Pero, con el tiempo, fue vendida y la arrendaron unos tipos que montaron un local de juego y apuestas.

Los duendes

La actividad de la casa se desarrollaba sobre todo por las noches. Una de estas, en la que había bastante alboroto, apareció de pronto una especie de enano con barba que mandó a todos callar. Al principio, los presentes se lo tomaron a broma. Pero, sin que se sepa muy bien cómo, el enano consiguió su objetivo y desapareció. Después de unos momentos de pasmo, los hombres volvieron a montar bulla. Y entonces volvió a aparecer el enano… Pero esta vez iba acompañado de otros cinco o seis como él, con unos buenos garrotes. La paliza fue de órdago, así que los jugadores huyeron y ya no se atrevieron a volver nunca más. Así nació la leyenda de la Casa del Duende.

La marquesa doña Rosario de Benegas

Pasó el tiempo hasta que la casa fue adquirida por la marquesa de Hormazas, doña Rosario de Benegas. Durante la mudanza, la marquesa se dio cuenta de que faltaban objetos que ya se habían trasladado, así que hizo responsables a sus criados. En medio de la broca, aparecieron unos enanos que portaban los objetos desaparecidos. El susto fue tan grande que la marquesa y sus criados salieron corriendo, y la casa fue de nuevo puesta en venta. La leyenda, por supuesto, aumentó.

El canónigo don Melchor de Avellaneda

El siguiente en adquirir la casa fue un religioso de Jaén, el canónigo don Melchor de Avellaneda. Él sí llegó a vivir en la casa, pero cuando aún llevaba muy poco tiempo instalado, de repente se le apareció un enano vestido de monaguillo. El canónigo, haciendo alarde de valor, le siguió, pero no pudo ver por dónde se metía. El enano desapareció sin dejar rastro, así que don Melchor se puso a buscar por toda la casa sin éxito. Más tarde, un paje al servicio del canónigo también se encontró con el enano, y se negó a seguir allí. De este modo, sin servicio que se atreviera a vivir en un lugar “embrujado” como aquel, don Melchor tuvo que dejar la casa. Y, una vez más, la leyenda se hizo mayor.

La lavandera Jerónima Perrin

Don Melchor tenía como inquilina a una lavandera llamada Jerónima Perrin, que tenía arrendada la buhardilla de la casa. Ella no se atemorizó con las historias de los duendes y optó por quedarse hasta terminar su periodo de contrato. Una tarde, estando sola en la casa, se desató una fuerte tormenta. Jerónima oyó unos ruidos extraños, bajó a la planta inferior y allí se encontró con tres enanos. Al verlos en persona, ya sí que asustó lo bastante como para irse. Y, como siempre, la bola de la leyenda de los duendes se hizo más grande.

Entra en escena la Inquisición

Las historias de los duendes de la casa llegaron a oídos de la Inquisición, sobre todo porque uno de los testigos había sido un religioso. Como no se encontró el menor rastro de ellos en un exhaustivo registro, la Inquisición empezó a tomarlos por entidades diabólicas que había que expulsar mediante un exorcismo. Se recurrió a varios sacerdotes e incluso a un obispo, que llevaron grandes cantidades de agua bendita y realizaron el rito con gran solemnidad.

La verdad al descubierto

Como todas las leyendas, en esta no hay una única versión. En una, la casa fue incendiada por los vecinos y quedó completamente destruida. Entonces, nueve enanos aparecieron al abrirse una trampilla que llevaba a un sótano secreto. En otra versión, la casa simplemente se derribó para construir un edificio más moderno, pero eso sí, los nueve enanos fueron hallados en el sótano secreto. En todo caso, en lo que coinciden todas las versiones es en que no eran duendes, sino hombres pequeñitos que falsificaban moneda allí escondidos. Existen referencias reales, históricas, a estos falsificadores. Pero los enanos no eran los autores materiales, sino que los habían contratado otros hombres, los verdaderos falsificadores, para ahuyentar a los posibles inquilinos de la casa y que, así, no los descubrieran.

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