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Martes, 21 de Enero de 2020

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El síndrome del 'trabajador quemado' se puede evaluar

Las personas que ejercen su profesión con mucha implicación son las que tienen mayor riesgo de verse afectadas por el síndrome de quemarse por el trabajo, que puede ocasionarles problemas psicosomáticos que precisen una baja laboral

Después de saber que la Organización Mundial de la Salud (OMS) se plantea incluir el “síndrome del trabajador quemado” en la Clasificación Internacional de Enfermedades, en Hoy por Hoy Locos por Valencia hemos querido hablar con el catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones de la Universitat de Valencia (UV) Pedro Gil-Monte, que recientemente ha sido reconocido en Brasil por el desarrollo de un instrumento para la evaluación del síndrome de desgaste profesional, también conocido como burnout.

Gil-Monte, señala que si se llama a este problema "síndrome del trabajador quemado", como se ha popularizado, se culpabiliza a la persona de la situación, cuando desarrolla la enfermedad por "unas condiciones laborales que no son adecuadas".

"No es la persona la culpable de que eso ocurra, sino unas condiciones de trabajo que no son saludables". Este síndrome es "una respuesta al estrés laboral crónico, de tipo interpersonal y emocional, que sufren los profesionales que trabajan hacia otras personas".

Afecta a entre un 10 o 12 % de profesionales, de forma más grave a un 5 %, especialmente a aquellos que están en contacto diario con personas problemáticas o muy demandantes emocionalmente, como trabajadores sociales, funcionarios de prisiones, cuidadores de personas dependientes, educadores o profesionales de la Enfermería.

Pedro Gil-Monte, catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones de la Universitat de Valencia (UV) / UV

Esta afectación puede identificarse por la aparición progresiva de bajos de niveles de ilusión y motivación por el trabajo o la percepción de que no se es capaz de hacer cosas que antes sí que podía hacer, y se acompaña de un fuerte desgaste emocional y psíquico por la relación emocionalmente intensa que tiene con las personas a las que atiende.

Gil-Monte explica que se han determinado dos perfiles de gravedad: el primero, el de quienes desarrollan baja ilusión por el trabajo, desgaste psíquico e indolencia, pero que afrontan el problema distanciándose y decidiendo que solo van a trabajar para cobrar a fin de mes.

Ese sería un perfil que es dañino para las organizaciones pero no para las personas porque les protege. Otro sería aquel que sí lesiona a las personas, que desarrollan sentimiento de culpa y de remordimiento y, como forma de manejarlos, se implican aún más en su trabajo y entran en un ciclo de culpa crónica.

Esto lleva a la aparición de problemas como depresión clínica, problemas psicosomáticos, trastornos de sueño o crisis de ansiedad, que les lleva a precisar una baja laboral.

A su juicio, este síndrome no está bien diagnosticado y suele tratarse como una depresión, pero tras tratarse con antidepresivos se vuelve a caer, cuando la solución al mismo es un buen diagnóstico y un buen tratamiento.

Aunque ya en los años 50 se hablaba de este síndrome, desde los 70 en Estados Unidos y los 90 en Europa, se ha disparado por los cambios en las condiciones sociales, económicas y tecnológicas.

Hoy en día, al haber menos trabajadores, las cargas de trabajo se incrementan, hay más quejas y agresiones, y los trabajadores están solos. Trabajar de cara al público es muy complejo, asegura, para añadir que la situación de España "no es muy diferente" a la de otros países europeos.

 

 

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