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Domingo, 20 de Octubre de 2019

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Cuando ser inmigrante ilegal se paga con la esclavitud

Lery tuvo que trabajar tres años sin cobrar, solo por la promesa de ayudarle a llegar a España. Salió de su país con 15 años y ha llegado al nuestro con 19

Lery y Paco Garrido, coordinador de CEAR Madrid, en los estudios de SER Madrid Sur. /

Acaba de cumplir los 20 años y Lery, como quiere que le llamemos para preservar su intimidad, sabe el precio que hay que pagar por querer huir de una guerra después de haber perdido a sus padres y quedarse huérfano con su hermano mayor. Procedente de un país del Sahel, con 15 años se marchó, dejando atrás la desolación. Lery se ha hecho mayor a golpe de desarraigo y sufrimiento, tras cuatro años pasando de país en país hasta llegar hace un año a España. Ahora vive en Fuenlabrada, en un piso gestionado por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR.

Solo llegó a Mauritania, donde durante mucho tiempo vivió en la calle, durmiendo en una estación de autobús. Allí quería ganar dinero para mandárselo a la familia que le quedaba en su país. Trabajó de pescador en un barco, aunque finalmente puso sus ojos en Europa para buscar una vida mejor.

De Mauritania llegó a Marruecos, donde durante 3 años estuvo trabajando para dos hermanos, primero con uno y luego con otro, pero sin recibir ningún sueldo ni contraprestación en comida o casa. Pero Lery aceptó porque le prometieron que “si trabajaba con ellos me ayudarían a llegar a España”. Es la nueva esclavitud que genera la inmigración y la huida de la pobreza o la guerra. Su caso, como el de otros muchos inmigrantes, que vemos en televisión, pero a los que no ponemos nombre, muestra un periplo lamentable que marca no sólo físicamente.

“Estaba en la zona de Nador y me refugiaba en un bosque cercano, donde había otros africanos”. Allí sufrió las acometidas de la policía. Fueron, reconoce, “tres años de miedo”. Algunos de sus compañeros llegaron a morir en esa incursiones de los agentes, otro perdió la vista y él tuvo ‘más suerte’. Varias cicatrices en la ceja y en el cuerpo de los golpes recibidos y tres días en una cárcel de Marruecos.

Al final llegó el día. Le dijeron el sitio y la hora para cruzar el Estrecho. No fue al primer intento. La segunda vez lo consiguió. Montó sin dudarlo, aunque con el miedo en el cuerpo, en una zodiac en la que iban “unas 56 personas”. Trece horas de incertidumbre, tensión y miedo hasta llegar a las costas de Málaga.

Ahora Lery gracias a la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR, es un solicitante de protección internacional y desde hace un año vive en España, en concreto en Fuenlabrada, donde la Comisión tiene un piso de acogida. Su futuro más inmediato pasa por un curso de electricista que está decidido a hacer, después de haber seguido otro de un español que todavía no entiende muy bien y que empieza a hablar poco a poco.

Paco Garrido, coordinador de CEAR Madrid, recuerda como Lery ingresó en un programa de ayuda humanitaria, para personas que acaban de llegar a nuestro país sufriendo un periplo muy duro y afectados psicológicamente. “Su caso es de una huida continua en los últimos cinco años, además de lo vivido en el conflicto de su país y por eso puede acogerse a ese estatus de protección internacional”.

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