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Viernes, 17 de Septiembre de 2021

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Opinión

Distintos

En Córdoba, cada jueves, nos reunimos un grupo de amigos. Hablamos y discutimos con pasión y vehemencia. A veces suele aparecer la inevitable trinchera y, una dialéctica de antagonismo se instala. Somos distintos. Al fin, casi siempre, la trinchera desaparece cuando se inunda de amistad y vino.

Ser distinto en este país se ha convertido en ser opuesto. De ahí pasamos a ser contrario y, en poco tiempo, ya estamos rodeados de enemigos y adversarios. Así llegamos a la conclusión de que hay que destruir al otro, al distinto, para probar que tenemos razón. Todo un infame proceso en el que se ha ido profesionalizando la mentira y el engaño, haciéndolos pasar por verdad y necesidad.

Albert Camus escandalizaba a Jean Paul Sartre cuando le decía que "el adversario puede tener razón en algo". En sentido opuesto, el conservador nacionalista Sabino Arana, definía el "carácter simio y bestial" de los maketos, los distintos, los emigrantes andaluces, castellanos y extremeños que llegaban a Vizcaya a finales del siglo XIX. A esos distintos se les llamaba "belarri-motxas" (orejas cortas). Cuando los distintos están en una posición de fragilidad, su condena y expulsión de nuestro universo está asegurada.

Ahora no siempre estoy seguro de tener razón. Y cuando me olvido, intento desandar el camino que me imponen y vuelvo a leer el poema de Juan Ramón Jiménez:

"Lo querían matar

los iguales

porque era distinto.

Si veis un pájaro distinto,

tiradlo;

si veis un monte distinto,

caedlo;

si veis un camino distinto,

cortadlo;

si veis una rosa distinta,

deshojadla;

si veis un río distinto,

cegadlo;

si veis un hombre distinto,

matadlo (...);

si te descubren los iguales,

huye a mí"

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