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Domingo, 20 de Septiembre de 2020

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Cuando la fe mueve montañas: el milagro del Cristo de las Injurias de Huete

Una leyenda recuerda la agonía de un reo a muerte y cómo su suplica fue escuchada en su camino al cadalso hasta conseguir salvar la vida

Grabado del s. XVII del Cristo de las Injurias de Huete (Cuenca).

Grabado del s. XVII del Cristo de las Injurias de Huete (Cuenca). / jlgarmahuete.blogspot.com

En el espacio Misterios Conquenses que coordinan Sheila Gutiérrez y Miguel Linares, y que emitimos los martes en Hoy por Hoy Cuenca, esta semana recuperamos una leyenda de la localidad alcarreña de Huete, el milagro del Cristo de las Injurias, y para ello echamos mano de una de las historias que recoge el escritor José Talavera en su libro Cuenca de leyenda.

'Misterios Conquenses' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

En Huete se respira un aire en el que las culturas se mezclan, se puede disfrutar de maravillas arquitectónicas que así lo reflejan, un aire que nos invita a trasladarnos a otro tiempo, en el que el fervor religioso estaba siempre presente.

La ermita de San Sebastián es una construcción rodeada de árboles que hace de aquel lugar un enclave para poder desconectar, rezar, pensar, lo que cada uno y sus creencias le inviten hacer.

Ermita de San Sebastián, en Huete (Cuenca). / David Gómez (alcarriaesmas.com)

Ya en su interior nos encontramos con la talla de un Cristo, pero no es la representación típica, esta es diferente, y es que el brazo derecho aparece descolgado de la cruz, pero como nos dice José Talavera a esta curiosidad podemos añadirla otra más, y es que esta talla no es la original, ya que fue destruida en 1936 durante la Guerra Civil.

Para hacernos una idea, era tanto la devoción y la necesidad de creer que en 1825 el Obispo de Cuenca, ante la veneración a esta imagen y reconociendo que su fe era real y pura decidió que quién rezasen un Credo ante ella tendrían cuarenta días de indulgencia, que resumiéndolo se trataría de la obtención por parte de la Iglesia Católica del perdón de pecados.

Casi todo estaba regido por la fe y por la expiación de los pecados antes de morir, para que en momento del juicio final cuando pasaran al mundo espiritual todos estuvieran limpios de todo mal causado en el mundo terrenal. A todo el mundo se le daba esta oportunidad, incluso a los presos que habían recibido la pena capital, a quienes se les sacaba de la cárcel y se les hacía recorrer un camino trazado para acabarlo en el lugar donde sería ajusticiado y donde su vida acabaría.

Durante el trayecto pasaban por el templo donde se encontraba la imagen de un Cristo crucificado con actitud de resignación y con una expresión de dolor y pena a la vez. Las puertas se abrían para cuando pasaran los temerosos y asustados presos, sabiendo que su fin cada vez estaba más cerca.

Estas puertas estaban abiertas tanto para que aquellos que iban a morir sintieran algo de paz, de sosiego y quizá aliviados, pero también para que supieran que dentro del templo se encontraban fieles devotos rezando por sus almas.

En estos caminos de la muerte hubo acusados que sin lugar a dudas eran culpables, pero lamentablemente algunas de estas acusaciones no fueron tan claras.

En una ocasión un acusado juraba y perjuraba que era inocente. Hay que ser honestos y reconocer los errores porque cierto es que las pruebas y los argumentos que los culpaban no eran muy concisos ni irrefutables.

Los rumores de que quizá aquel hombre pudiera ser inocente corrían como la pólvora, imploraba justicia de una manera que encogía el corazón a todo aquel que le escuchaba, y esto hizo que algunas personas dudaran la sentencia que habían impartido unos jueces a veces imparciales.

Fue tanto el revuelo y el pesar por aquel pobre hombre que por las calles se oía una campana, la cual tocaban algunos monjes y niños que pedían limosna para aquel preso. Pero ya nada se podía hacer, sólo rezar por su alma. Y el día elegido llegó.

Fue un camino horrible no sólo para el que iba a morir sino también para aquellos que les quedaba algo de compasión, y es que por aquella época era costumbre que en algunos puntos del recorrido se hacían paradas donde se leía una y otra vez en voz alta a modo de recordatorio la sentencia que llevaba al reo a la ejecución. Era un jarro de agua fría cada una de estas paradas donde se confirmaba el destino y el obviar un dicho que dice: Todo el mundo merece una segunda oportunidad.

Como antes dijimos era costumbre pasar por la puerta de la parroquia de la Trinidad, y esta vez no iba a ser diferente. Desde fuera ya se escuchaban los rezos y de cómo el Señor le acogería en su reino. Al pasar por la parroquia el preso pidió una última voluntad, que le dejaran rezar en aquel lugar por última vez.

Petición que aceptaron, se bajó de aquel burro que se había convertido en su compañero y se arrodilló junto a los fervientes devotos que rezaban ante el crucifijo que se encontraba en el altar.

Entre sollozos pidió al Santísimo Cristo de la Injurias compasión ante tal injusticia o por lo menos que hiciera que su angustia desapareciera para irse en paz.

De pronto se escucharon unos gritos, la gente y las autoridades que esperaban fuera no entendían que ocurría en el interior del templo, sólo se podía escuchar: “¡Milagro, milagro!”

En el exterior la gente comenzó a llorar, otros corrieron para comprobar lo que se decía, y al entrar pudieron observar que algo increíble había ocurrido. La imagen del Cristo que representaba la crucifixión con los brazos extendidos en forma de cruz había sufrido un cambio. Ahora aparecía con el brazo derecho caído, lo que interpretaron como una petición de reconocer la inocencia de aquel pobre hombre, y por tanto el deseo de su liberación.

Ese deseo fue cumplido porque no sólo se libró de una muerte segura, sino que aquella víctima acusado de criminal dejo de serlo, borrando de su expediente e historial cualquier rastro de delito.

No sabemos en qué partes de esta historia se mezcla lo divino, lo milagroso, la leyenda con la cruda realidad, lo que sí sabemos es que desde aquel día aquel Cristo mantiene esa postura, donde su brazo nos recuerda que el hombre en ocasiones es injusto, pero que con la fe y el fervor divino se puede cambiar hasta el destino más horrible y cruel. Y que nadie tiene potestad ante una vida ajena.

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