Jueves, 06 de Agosto de 2020

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El alférez de fragata que engañó a lo más distinguido de la sociedad vitoriana

En nuestras 'Historias antiguas de Álava' recogemos la historia de uno de los grandes estafadores de principios del siglo pasado

El 'alférez' cuando superaba los cincuenta años de edad

El 'alférez' cuando superaba los cincuenta años de edad / LA VOZ DE ARAGÓN

El sábado día 9 de noviembre de 1901 llegó a Vitoria en el tren mixto de las cinco de la madrugada un joven veinteañero de aspecto elegante y distinguido. Vestía el uniforme de alférez de fragata y se hospedaba en el Gran Hotel Quintanilla de la calle de La Estación -hoy Dato-, el mejor alojamiento de la época.

Ocupó la habitación número once y fue inscrito en el registro de clientes como Manuel Villaamil. Contó a los empleados que era hijo de un afamado militar, Fernando Villaamil Fernández Cueto, fallecido en la batalla naval de Santiago de Cuba en 1898 y considerado un héroe. Al recordar a su padre le entró la congoja, se emocionó y no pudo contener las lágrimas.

Cuando los militares con graduación cambiaban transitoriamente de domicilio, tenían como obligación personarse ante el jefe militar de la plaza al que llegaban. Así que el mismo sábado por la mañana, el alférez acudió a presentarse ante el gobernador militar, el general González Tablas. Este no se encontraba en su despacho, así que fue atendido por Ángel González Tablas, hijo y ayudante del gobernador.

El alférez contó al hijo del general que había llegado a Vitoria para esperar a una hermana recién casada que regresaba del extranjero y con la cul emprendería viaje a Madrid. Añadió que no conocía a nadie en Vitoria, por lo que rogó a González Tablas que le presentara a compañeros oficiales de la guarnición para poder entretenerse los dos o tres días que permanecería en nuestra ciudad.

Ángel González Tablas accedió a la petición y lo acompañó a todas partes, presentándolo a sus compañeros de armas y a sus amigos de la élite vitoriana como hijo del héroe Villaamil. Rápidamente trabó amistad con varios oficiales y con jóvenes pertenecientes a familias bien situadas.

Vitoria era una ciudad con importante presencia castrense, pero solamente del ejercito de tierra y el unifrome del alférez llamaba mucho la atención allá donde iba en la ciudad.

El domingo por la mañana se le vio paseando por el centro tras haber participado en una cacería ofrecida por los hijos del gobernador militar. Por la tarde estuvo en el Circulo Vitoriano, acudiendo por la noche al Club Alavés, que estaba situado en la calle San Antonio número 45, entidad que frecuentaba lo mas distinguido de la sociedad vitoriana. Varios socios representaron dos actos de la obra “Don Juan Tenorio”. Entre los actores estaba Ángel González Tablas, el hijo del gobernador militar.

En la velada, Emilio bailó valses y rigodones con varias chicas vitorianas, que apreciaron su porte de caballero, su simpatía y su galantería. Les dijo que había estado tan a gusto, que todos los sábados trataría de venir desde Madrid para asistir a las reuniones de la elegante sociedad. Cenó posteriormente con los actores aficionados que habían representado la obra y con otros socios del club, a los que contó que el uniforme de oficial se lo había regalado 'Geraldine', una artista famosa entonces. Presumió de sus dotes “donjuaneras” y apostó ante la concurrencia que en veinticuatro horas sería capaz de conquistar a las chicas vitorianas que se le indicaran.

La identidad del alférez

El lunes el gobernador civil de la provincia recibió un telegrama del gobernador militar de Burgos en el que rogaba se identificara al oficial Villaamil y se comprobara su identidad. El gobernador llamó a su despacho al alférez, y aunque este incurrió en alguna pequeña contradicción, no adoptó ninguna medida. Temía meter la pata si dudaba de su identidad, y recibir una reprimenda de sus superiores. El alférez era familiar de un militar de prestigio y no se atrevía a tomar medidas contundentes, pero en todo caso ordenó que el tal Villaamil fuera vigilado por la policía, en espera de algún dato que pudiera fundamentar alguna duda sobre su nombre y apellidos.

Por su parte el capitán general de Burgos telegrafió al gobernador militar de Vitoria, en el mismo sentido para que se comprobara la identidad del alférez. González Tablas envió a uno de sus oficiales para hacer la comprobación y este se encontró en la calle con Villaamil, el cual ante el requerimiento de la documentación dijo que se le había olvidado en el hotel. Fueron al Quintanilla a buscar los papeles y no aparecían en la habitación y el alférez se disculpó de mala manera, lo que infundió algunas sospechas al oficial.

Ese lunes, Emilio pasó la tarde metido en su cuarto y advirtió a la servidumbre que si alguien preguntaba por él, comunicaran que se había ausentado. Por la noche se cambió de habitación sin avisar y se acostó en la número 12 que estaba vacía, en vez de en la 11 que era la suya. Este extremo fue observado por el vigilante nocturno del hotel, al que manifestó que había llegado con fuerte dolor de cabeza y había confundido los cuartos, pero que no obstante volvería a su habitación, cosa que no hizo en toda la noche. En realidad, se había percatado de que estaba siendo vigilado y, por ello, tomo precauciones y cambió de dormitorio.

A la derecha el Gran Hotel Quintanilla en 1911 / E. Guinea / Archivo Municipal

El martes por la mañana se presentó en la administración del hotel y dijo que la noche anterior había perdido trescientas pesetas en el juego, todo el dinero que tenía encima, y que por tanto deseaba se mandara un telefonema a un familiar de Bilbao para que le facilitara la cantidad referida. Esto decía el telefonema: “Doña. Carolina San Pedro.-Hurtado de Amézaga 10, Bilbao.- Querida mama, espero me mandes 300 pesetas al Hotel Quintanilla.-Tu hijo, Emilio.” El despacho fue pagado por el hotel y enviado a la central de teléfonos.

Mientras llegaba el dinero, pidió un adelanto a cuenta al administrador del hotel que amablemente le entregó quince pesetas.

Desde Bilbao devolvieron la misiva: el destinatario era desconocido. Desde ese momento no se volvió a ver mas al oficial en el hotel. Examinaron el cuarto que ocupaba y únicamente encontraron un par de guantes, otro de puños y una tarjeta de visita en la que ponía: “Emilio Villaamil alférez de fragata, del cuerpo general de la Armada, Madrid”. El nombre aparecía tachado y debajo estaba escrito a mano: Emilio Villaamil y San Pedro.

Por la tarde de ese martes el gobernador civil de Álava recibió un nuevo telegrama desde Burgos, en el que se requería la inmediata búsqueda, detención y entrega a las autoridades militares de un individuo vestido de alférez de la marina por dudarse de su identidad, especificándose que había dejado varias deudas en la capital burgalesa.

El alférez durante su estancia en Vitoria encargó en el comercio de los señores Olivares una docena de camisas y pidió que le enviasen al hotel una ya confeccionada, como así se hizo. Estuvo también en la tienda del óptico señor Alonso de la calle La Estación número 9, acompañado de varios oficiales de infantería, donde con un fonógrafo grabó algunos cánticos de flamenco, solicitando al dueño del negocio que le enviara al hotel un gramófono cuyo precio era de 300 pesetas, mas cuarenta placas o discos cuyo importe era de 160 pesetas.

No pagó ni el hotel, ni el préstamo del administrador, ni las camisas ni la grabación. El señor Alonso fue a entregar el gramófono y las placas y se le indicó que el cliente estaba ilocalizable, por lo que se volvió con todo el material a la tienda.

El 'alférez' lo tenía claro: debía desaparecer cuanto antes. Enfiló a pie la carretera de salida a Navarra y fue caminando hasta Alegría-Dulantzi, donde cogió un tren con dirección a San Sebastián. Manifestó al jefe de estación que la caminata que se había tragado se debía a que en Vitoria le habían engañado respecto a la distancia a una aldea donde tenía un familiar: “Pues deseando visitar a un tío suyo, cura del pueblo de Elburgo, le habían dicho que este pueblo se hallaba cerca de Vitoria, y no queriendo volver a la capital, prefería seguir en tren a San Sebastián”.

La policía consiguió enterarse a través del jefe de estación de la partida del oficial hacia tierras guipuzcoanas. Finalmente nuestro protagonista decidió dirigirse a Irún.

Unos vecinos de Pasajes que viajaban en el tren le reconocieron y avisaron a los viajeros que charlaban con él que tuvieran cuidado ya que se trataba de un timador que había cometido varias estafas, alguna de ellas en su pueblo ocho mese antes. Nuestro alférez se esforzó en demostrar que era oficial del ejercito. Exhibió varios documentos pero los pasaitarras le recordaron que, cuando estuvo en su pueblo vestido de oficial de la Compañía Trasatlántica, cometió varias estafas y se marchó sin pagar el alojamiento.

Al detenerse el tren en Pasajes el individuo desapareció y se bajó del tren, pero con el convoy de nuevo en marcha, a la entrada de un túnel, accedió de nuevo a otro vagón. Llego a Irún y allí fue detenido por la policía; pero con su verborrea y su don de gentes, consiguió convencer a los agentes de que él era Villaamil. Prometió a los agentes que al día siguiente traería de San Sebastían la documentación correspondiente que guardaba en su equipaje. Ahora no la tenía a mano porque se había dirigido a Irún a esperar a un hermana. Nuestro protagonista se instaló en una fonda de la ciudad fronteriza para pernoctar, pero cuando por la mañana se presentó el teniente de la guardia civil a buscarlo, el tal Vilaamil se había marchado la noche anterior en el sudexpreso a San Sebastián.

Finalmente fue detenido en Donostia y ya no pudo escapar. Y se descubrió por fin que su verdadero nombre era Emilio San Pedro Bienes, natural de Madrid.

¿Cómo consiguió el uniforme?

El periódico El Día de Madrid informaba unos días mas tarde sobre las circunstancias en las que Emilio San Pedro había conseguido su uniforme y otros complementos del "ajuar” de alférez de fragata. Merece la pena reproducir el artículo completo:

“Emilio San Pedro, el falso oficial de Marina -que como saben nuestros lectores- fue anteayer detenido en la capital de Guipúzcoa, por orden del gobernador civil de Álava, es todo un pájaro de cuenta.

A los interesantes datos que nos transmitieron oportunamente nuestros corresponsales en Vitoria y San Sebastián, podemos añadir hoy otros curiosísimos, reveladores de la increíble audacia del que se titulaba hijo del infortunado marino Villaamil.

El famoso uniforme de alférez de fragata que usaba por esos mundos de Dios para conquistar amistades, rendir corazones y dar timos, tiene una historia edificante y sabrosísima.

A fines del mes de Octubre último se presentó el fingido oficial de la Armada en la sastrería que en la calle del Carmen posee D. Manuel Cimarra, para encargarse el tan paseado y explotado uniforme.

Al preguntársele por su nombre, entregó una tarjeta, en la que figuraba con el de Emilio Villaamil y el aditamento de oficial de la Marina de Guerra.

Pero al Sr. Cimarra, como buen sastre, quiso tomar bien sus medidas y le rogó que le citase alguna persona conocida que pudiera servirle de garantía.

San Pedro indicó el nombre y domicilio de un general de la Armada que, según parece, ocupa un elevado cargo en el ministerio de Marina.

Un dependiente de la casa fue a visitarle; pero no le encontró en la suya. Cuando volvió al establecimiento ya había recibido su principal una carta del aludido general diciendo que efectivamente conocía al oficial Sr. Villaamil, de quien daba referencias inmejorables.

La carta llevaba el membrete del ministerio, y claro es que era sencillamente apócrifa.

Días después se presentó en la sastrería un soldado de infantería de Marina, llamado Álvaro Aguilar, a quien paró en la calle el tal San Pedro, diciéndole que era oficial, hijo del Sr. Villaamil, etc., y ordenándole que fuese a la casa del Sr. Cimarra para recoger el uniforme y la factura, para lo cual le dio una tarjeta de presentación.

El dueño cayó en aquel lazo, tan admirable como osadamente tendido... y no ha visto aún las 200 pesetas que importaba la cuenta.

Al gorrero de la calle de Jacemetrezo, Sr. Rabio, le estafó 104 pesetas, a que ascendía la hechura de un sombrero apuntado, de gran uniforme, y la de una gorra de diario, amén de la compostura de otra. Allí se presentó con el nombre de Emilio Torrado.

A un espadero, cuyo apellido no recordamos, le dio el «sablazo» de una espada para completar su uniforme.

Victima suya igualmente fue un camisero, a quién no conocemos, y al cual estafó también un piquillo muy regular.”

Las correrías de Emilio

La estafa en Vitoria fue una de las primeras en el inicio de “su carrera”. Los periódicos de la época están plagados de noticias durante muchos años sobre sus estafas y el uso indebido de uniformes civiles y militares para conseguir sus fines. Incluso llegó a ser guardia municipal en Zaragoza, entre agosto y octubre de 1929, de donde tuvo que salir corriendo tras estafar a varios de sus compañeros.

Llenaríamos varias páginas si diéramos cuenta de todas sus aventuras, pero sí contaremos dos de ellas que muestran su audacia.

En 1906 se hizo pasar por el príncipe de Battenberg, con el que tenía cierto parecido físico. Vestido con el uniforme correspondiente y acompañado de otros dos “satélites” que hicieron los papeles de ayudante y secretario, fue recibido en la frontera francesa con todos los honores. En Valladolid fue agasajado y logró que el arzobispo le entregara varios miles de pesetas al aducir que le habían enviado dinero equivocadamente a Valencia y por tanto no disponía de efectivo. En Toledo estuvo alojado en la Academia de Infantería y le regalaron una espada de honor. También fue recibido en Valencia y Zaragoza, donde disfrutó de las correspondientes recepciones ofrecidas a tan “alto dignatario”.

Al enterarse de que el verdadero príncipe iba a visitar España, suspendió la gira y desapareció. Más tarde fue detenido y condenado por a ocho años de prisión. Cumplió seis antes de que se le aplicara un indulto.

Su esposa Suceso Bernal Herrero, a la que quería mucho, falleció con 52 años el 10 abril 1932 en Zaragoza. A fin de dedicarle un entierro de postín sin pagar un duro, encargó a un colega que llamara a la funeraria de Luis Alonso, diciendo que era un general del ejercito afincado en Bilbao y que correría con los gastos del sepelio, ya que era hermano de la fallecida. Añadió que la factura sería satisfecha por él mismo tras la celebración de la ceremonia a la que pensaba asistir. Tras el funeral, el impostor del general llamó diciendo que estaba en Madrid por un asunto oficial y no había podido asistir al entierro.

El funerario no cobró y denunció a Emilio por estafa. También en esta ocasión fue detenido y encarcelado.

Emilio era además un gran orador. El 28 de abril de 1917 con motivo de la celebración del Precepto Pascual en la prisión de Valencia, donde estaba encarcelado, pronunció un discurso ante las autoridades y mas de 600 presos, que según el Diario de Valencia “conmovió a las autoridades, invitados y presos, viéndose muchas lágrimas resbalar por las mejillas de los allí presentes”. La extensa disertación de carácter religioso comenzaba así: “A mi amadísimo Prelado y Padre en Jesús y María, al excelentísimo e Ilustrísimo señor Arzobispo de esta archidiócesis, en prueba del acendrado cariño que le profesa su humilde hijo de Nuestro Señor Jesucristo.”

Hay varias teorías sobre la verdadera identidad del estafador, ya que usó varios nombres falsos en sus correrías. La gran mayoría de los que han escrito sobre su figura se inclinan por sostener que su verdadero nombre era el de Emilio San Pedro Bienes. Así parece confirmarlo el dato que aparece en la sección de “Movimientos de población de ayer”, del periódico Diario de Valencia del 25 de noviembre de 1917, donde se da cuenta de los matrimonios celebrados, entre los cuales está el de Emilio San Pedro con Suceso Bernal. Emilio estaba en aquel momento cumpliendo condena en la Prisión Celular de Valencia y Suceso Bernal Herrrero era celadora de prisiones y había conocido a Emilio en una de las tantas cárceles donde estuvo alojado

Referencia al matrimonio de Emilio San Pedro con Suceso Bernal (1917) / Diario de Valencia

En el mismo sentido sobre su identidad, se pronunció el “Diario de Burgos” en abril de 1935, que publicó la lista de sus engaños, -entre los que se encuentra el de Vitoria- , e indica que en su ficha policial constaba que su nombre era el de Emilio San Pedro Bienes, nacido el 28 de abril de 1882 en Madrid, hijo de Deogracias y Carolina.

El periodista Fernando Gastan Palomar, de “La Voz de Aragón” logró entrevistarlo en la cárcel de Zaragoza en abril de 1933. Emilio dijo al periodistas que deseaba por fin ser otro hombre y llevar una vida que lo regenerase. Y añadió una frase aclaratoria respecto a su pasado que tiene su gracia: “¡yo no he engañado jamás a nadie!.”

La verdad es que he sufrido el síndrome de Estocolmo con este personaje. Me ha resultado simpático, este especialista y maestro en “dar el pego”.

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