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Martes, 21 de Enero de 2020

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Todos somos Víctor Sánchez

He seguido estos días el caso de Víctor Sánchez del Amo con curiosidad no exenta de regocijo. La idea de un hombre adulto siendo expuesto públicamente con un vídeo en el que se le ve autoestimulándose para luego ser despedido, es algo ridículo en sí. También es injusto, obviamente. Lo más que merecía Sánchez era ser objeto de bromas y memes, que fuera a trabajar un día y se encontrara con pintadas alusivas en los vestuarios del Málaga, o carteles irónicos en la hinchada del estadio. Pero le han despedido. Por hacerlo en horas de trabajo, dice el emir catarí que es dueño del equipo. O más bien por hacerlo con la camiseta del equipo. Supone, desde luego, una mancha imborrable para los colores del Málaga.

Así que Sánchez es víctima por partida doble. Primero, del hacker que le pirateó el ordenador y que usó la cámara del aparato para grabarle y chantajearle, exigiendo 20.000 euros que se negó a pagar y segundo, del emir catarí, que le despidió indebidamente. Pero que sea injusto no lo hace menos gracioso. Traté de explicárselo en Twitter a una joven periodista deportiva de la que me conmovió su indignación. Había escuchado en la radio a dos mujeres comentaristas que hacían bromas sobre la "cosa" de Sánchez del Amo y se preguntaba cómo era posible que se rieran de alguien que había sido víctima de un delito. Yo le expliqué lo mismo que ya he dicho antes, que es algo ridículo en sí mismo y por lo tanto, gracioso. Ella me respondió que no había escuchado chistes en el caso de Iveco pero yo alegué que: a) esa mujer se había suicidado, lo que lo hacía mucho más trágico y b) aquello se inscribía dentro de un relato que aseguraba que lo consideraba un síntoma de una sociedad machista que juzga a las mujeres por explorar sexualidad.

Por cierto, que el entrenador aludió a este hecho cuando concedió una entrevista sobre el tema. "Hay gente que se suicida por casos como el mío", recordó. Es, sin duda, cierto, pero no por ello deja de ser gracioso o, si se quiere, tragicómico. En una sociedad en la que poseer un Satisfyer es visto como un signo de liberación femenina, si Víctor hubiera sido Victoria probablemente nunca hubiera sido despedido pero eso solo añade más ironía al asunto. Tengo una conocida, feminista militante, que negaría esto último. Ella estalla en indignación (es como un volcán, si no estalla es porque está durmiendo) cada vez que surge en las noticias un caso semejante. Le asombra que la gente no tenga conciencia de la grave violación de la intimidad que supone compartir imágenes íntimas.

A mí lo que me asombra es su ingenuidad. Recuerdo de cuando era joven el caso de Pedro J. Ramírez. Media España vio las imágenes de aquel hombre de mediana edad, vestido con corsé y peinado en tejadillo, que recibía a porta gayola la meada de una mulata, ignorante de que un tipo les grababa escondido en un armario. Los enemigos del famoso periodista no consiguieron destruirle, pero lo interesante es que, en una época en la que no había what´sapp, la gente se pasara de mano en mano el VHS con las imágenes, lo que a mi parecer demuestra hasta qué punto a la gente le parece divertido y morboso ver a un famoso en una situación sexual. No creo que la educación refrene esta conducta, ahora que compartir las imágenes es mucho más fácil. Pero quizá la convierta en un placer culpable.

Sé que debería demostrar más empatía porque, a fin de cuentas, todos los hombres somos Víctor Sánchez. Y lo digo literalmente. El año pasado estaba revisando mi correo electrónico en el trabajo cuando descubrí un mensaje extraño. Alguien había descubierto la clave de mi cuenta de Pinterest y me escribía en inglés diciéndome que había pirateado mi ordenador y que había grabado con la cámara de este imágenes mías fustigando mi miembro como si fuera el cambio de marchas de un seiscientos. En tono irónico, me felicitaba por mi gusto en el porno y me exigía 6.000 dólares o enviaría el vídeo a todos los contactos de mi correo electrónico. Después del primer momento de asombro, pasé a sentir cierta diversión. Era evidente que aquello era una estafa, en primer lugar porque, como siempre he asegurado a mis amigas feministas, yo no consumo pornografía (que me parece degradante para las mujeres) y en segundo lugar, porque aquello parecía un mensaje prefabricado. Pregunté al informático y me confirmó que varios tipos preocupados le habían preguntado por lo mismo. Al parecer, miles de tipos en toda A Coruña, millones en toda España, habían recibido el mismo mensaje. Me sentí parte de una hermandad masculina, como no me ocurría desde la escuela, cuando hacíamos un corro en torno al compañero que había traído una revista guarra.

Así que no pagué, pero tuve más suerte que Sánchez y a día de hoy no hay circulando por ahí ningún vídeo mío con el rostro desencajado y los ojos en blanco desatascando el fregadero. Se podría decir que me libré de esa mancha. Y por tanto, que fue doblemente satisfactorio.

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