Viernes, 22 de Enero de 2021

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Diego Ramírez de Villaescusa un clérigo honrado, letrado y honesto en Cuenca

Natural de Villaescusa de Haro, fue confesor de la reina Juana I de Castilla y llegó a obispo de Cuenca

El obispo Diego Ramírez de Villaescusa en un retrato anónimo.

El obispo Diego Ramírez de Villaescusa en un retrato anónimo. / Universidad de Salamanca

En el espacio El archivo de la historia que coordina Miguel Jiménez Monteserín y que emitimos los jueves cada quince días en Hoy por Hoy Cuenca, hemos conocido la vida de Diego Ramírez de Fuenleal o de Villaescusa, nombre de su pueblo manchego, Villaescusa de Haro, con el que fue conocido.

Sección 'El archivo de la historia' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

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MIGUEL JIMÉNEZ MONTESERÍN. Volvemos hoy a evocar un nombre que por hallarse incluido en el callejero de Cuenca es de presumir haya pertenecido a alguien ilustre por razones diversas. Querríamos por ello traer a la memoria de quienes ascienden al barrio de Tiradores desde la calle de Las Torres la figura y personalidad de Diego Ramírez, de Villaescusa por el nombre de su villa natal, o de Fuenleal por el apellido más encumbrado que quiso adoptar para su linaje. Referirse a un obispo en el contexto histórico y social del Antiguo Régimen no supone sólo destacar su actividad como hombre de Iglesia según haríamos hoy, cuando los ámbitos del poder temporal y el sacro se ciñen, al menos en la teoría y el programa de actuación respectivos, a ámbitos muy bien diferenciados. Durante los siglos modernos, los monarcas hispanos requirieron la colaboración estrecha de un buen número de prelados aprovechando tanto su preparación universitaria como el ascendiente que sobre los súbditos les otorgaba el ejercicio del poder religioso. Legitimaba este las funciones sacramentales que pautaban la vida de las gentes y daba respaldo a la instrucción doctrinal cristiana como clave de las creencias dogmáticas y los valores morales sobre los que se asentaba la autoridad política y se sustentaba la vida social. Intentaremos en consecuencia sintetizar la plural trayectoria de Diego Ramírez, universitaria, hombre de Iglesia, alto funcionario y destacado cortesano a la vez.

Fue obispo del cuño impuesto a los suyos por los Reyes Católicos, hispano, hidalgo, letrado, honesto y fiel a ellos. Portador de tal impronta, sirvió de puente entre las épocas medieval y la moderna y llevó hasta la del emperador, definitivamente marcada sin otra alternativa por la controversia doctrinal nacida de la ruptura luterana, los afanes de renovación disciplinar del clero y los fieles sentidos e impulsados por la anterior generación de prelados hispanos a la que él pertenecía. Haciéndola propia, temprano estimaron tarea ineludible aquella solicitud los abuelos de Carlos; obra clave donde vertebrar el convulso mundo social heredado que confiaban someter a su inapelable autoridad monárquica, validos de auxiliares tan fieles como eficaces.

Uno de los rasgos más visibles de la nueva monarquía de los Reyes Católicos fue su marcado carácter confesional. Es este un aspecto de la política de aquel tiempo sin duda novedoso, porque estos monarcas no hicieron sino implantar más temprano de lo que la historiografía germánica, fijándose en lo actuado por los diferentes estadistas europeos, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVI, denomina “proceso de confesionalización”. Ello implicaría no concebir una fórmula política concreta si no era con un respaldo religioso y, sobre todo, apoyada en una formulación bien explícita en cuanto a la ortodoxia doctrinal y militante a la vez en lo disciplinar como clave del comportamiento social. Isabel y Fernando procuraron por ende enmarcar las más significativas de sus actuaciones de gobierno en una orla de propaganda mesiánica y providencialista encargada de otorgar justificación trascendente a muchos de sus actos. Así la conquista de Granada significó esencialmente la derrota de los enemigos de la cristiandad, la expansión africana se realizó bajo el signo de la prolongación del espíritu de cruzada y la colonización de América encontró su legitimación en la evangelización de los indígenas. En consecuencia, la concesión del título de Católicos por bula del papa Alejandro VI en 1496 no fue otra cosa que la sanción emblemática de un obstinado y tenaz proyecto político cristiano.

Había nacido don Diego Ramírez el año 1459 en Villaescusa de Haro, localidad manchega de señorío santiaguista próxima a la villa de Belmonte, cuyo topónimo de origen, como a algún otro de sus parientes, le apellidaría luego. La familia, ligada de manera reiterada al clero y la burocracia laica, debido a la instrucción universitaria adquirida por varios de sus miembros, habría iniciado merced a ello su ascenso social al menos desde la generación precedente. Fue nuestro personaje hijo de Pedro Martínez de Villaescusa y de la segunda esposa de éste, María Fernández Ramírez, natural del Corral de Almaguer. El padre, escribano del rey en Cuenca, falleció a 9 de mayo de 1470, según reza su lápida sepulcral conservada en la capilla familiar del pueblo. Tío de nuestro personaje era el bachiller en Decretos Gil Ramírez de Villaescusa, canónigo de Cuenca, Arcediano de Cuenca y provisor de este obispado, parece haber sido obispo electo de Calahorra, de cuya sede no llegó a tomar posesión por haber muerto en Bolonia, cuando se dirigía a ella desde Roma, donde había recibido del Papa el nombramiento. Hermano mayor, fruto de anterior matrimonio paterno, era García Ramírez de Villaescusa, quien con toda seguridad le abriría camino en su carrera personal. Bachiller en cánones, ingresó este personaje el año 1453 en el Colegio Mayor de San Bartolomé de Salamanca. Como canónigo regular de la orden de Santiago, hizo su profesión en el convento conquense de Uclés. Después, con título de prior perpetuo, gobernó durante diez y siete años (1486-1503) la casa de San Marcos de León. Nombrado en 1493 miembro del Consejo Real y luego presidente del de las Órdenes, ocuparía al final de su vida la sede ovetense (1503-1508), hecho cabeza de una nutrida estirpe prelaticia oriunda de la localidad de Villaescusa de Haro. De ella fue eslabón inmediato nuestro Diego, quien se encargaría después de consolidarla y expandirla, trabajando para configurar una notable dinastía familiar, bastante mimética en cuanto a sus estrategias de encumbramiento social, compuesta de colegiales universitarios, prelados y altos funcionarios más tarde, llamados unos a ocupar sucesivamente importantes sedes episcopales y a desempeñar los otros elevados cargos administrativos o judiciales en diversos lugares de España y América durante los siglos modernos.

Después de aprender latín en la localidad conquense de Castillo de Garcimuñoz, próxima a la suya, Diego Ramírez se trasladó a Salamanca, donde, como el hermano García, vestiría la beca del colegio de San Bartolomé. En aquella universidad se le documenta desde 1478, alcanzado ya el grado de bachiller en Artes, actuando como sustituto de varios de sus catedráticos durante las ausencias veraniegas de éstos. Discípulo aventajado de Antonio de Nebrija, en 1480 parece haber opositado a una cátedra de Retórica que, si la ganó, no ocuparía por mucho tiempo, teniendo en cuenta que entre aquel año y el de 1488 regentó la de Prima dedicada a exponer la doctrina teológica del "Maestro de las Sentencias", Pedro Lombardo, antes de pasar a desempeñar la dedicada a explicar el comentario “moderno” a tales Sentencias propuesto por el teólogo nominalista Durando de Saint Pourçain (1275-1334).

Diferenciándose de la mayoría de sus colegas universitarios, letras humanas y teología hallarían en él un cultivador entusiasta. El acendrado clasicismo en la expresión debió singularizar en consecuencia su quehacer docente, si hacemos caso al testimonio de Lucio Marineo Sículo quien, al referir la pobre impresión recibida en 1484 de los profesores y estudiantes salmantinos, poco entusiastas del humanismo en aquel tiempo, sólo destaca de entre ellos por su elegante latín al entonces joven catedrático con subido elogio: “Nemo tunc erat in gymnasio tam celebri in tantaque literatorum et studentium multitudine, qui prae dulcem linguae Latinae degustationem suavemque fructum delibasset, aut gramatice saltem congrueque loqueretur, nisi dumtaxat unus, Iacobus Ramirus Villascusanus.”

Nadie había entonces en tan afamada academia y en tan grande multitud de letrados y estudiantes que por delante de él probase el grato gusto de la lengua latina y su dulce fruto o al menos hablase de manera congruente y con arreglo a las leyes de la gramática, sino solo uno, Diego Ramírez de Villaescusa.

Labor propia de aquellos tiempos universitarios debieron ser algunos escritos de filosofía y teología, un tanto al uso académico más o menos circunstancial, que los biógrafos le atribuyen y de los tan sólo nos es conocido por ahora el título: De potentiis animae; Ad Aristotelis Oeconomiam commentarios; Super Symbolum Athanasii.

En Salamanca estuvieron los Reyes Católicos durante el invierno de 1486 y entonces, valido quizá de sus nada mediocres credenciales familiares, debió trabar nuestro hombre las primeras relaciones con los medios cortesanos donde desenvolvería después la futura carrera. Las grandes dotes intelectuales desplegadas por el bachiller Ramírez durante el brillante acto donde obtuvo el grado de licenciado en teología llamarían con seguridad la atención del prestigioso e influyente confesor de la reina, el monje jerónimo fray Hernando de Talavera (1430-1507), otrora catedrático él mismo del claustro salmantino. Reciente obispo de Ávila mal de su grado, buscando tal vez incorporarlo al ambicioso proyecto de reforma de la Iglesia castellana que él inspiraba y los monarcas promovían a la sazón, Talavera le hizo miembro del cabildo abulense designándole arcediano de Olmedo. Cuando, un año más tarde, abandonó el colegio de Anaya fue nombrado además magistral de Jaén y en esta ciudad recibió la ordenación sacerdotal de manos seguramente del prelado de ella Luis Osorio (1483-1496). Noble -de la familia de los condes de Trastámara-, a la sombra de este obispo, guerrero, diplomático e influyente cortesano, desempeñaría Villaescusa sus primeras tareas pastorales secundando además la convocatoria y celebración de un importante sínodo diocesano en mayo de 1492. No cabe duda por otra parte de que las buenas relaciones establecidas tiempo atrás con el entorno regio, se harían aún más firmes cuando Isabel se aposentase en Jaén de mayo a diciembre de 1489 con motivo del cerco de Baza, en cuyo real permanecería Fernando hasta tomar la plaza.

Concluida la conquista del reino nazarí en enero de 1492, fue nombrado primer arzobispo de Granada fray Hernando de Talavera. A instancias suyas y sin que faltara a la gestión algún inesperado tropiezo, muestra temprana de los ardides que en el mundo de la política le aguardaban, Villaescusa sería el primer deán del nuevo cabildo allí instituido. La circunstancia de edificar una diócesis desde el cimiento les brindaba una ocasión de oro. Diplomacia y cautela juntas habían aconsejado a las autoridades cristianas respetar de momento el culto musulmán en la aljama mayor y otras muchas de la ciudad, de manera que, como primitiva catedral, fue dedicada la mezquita existente entre las dependencias de la fortaleza de la Alhambra. Breve y todo aquella etapa de su vida, no debió resultar menos profunda por ello la enseñanza espiritual y pastoral recibida entonces del nuevo prelado. Cabe suponer pues que la directa experiencia de los afanes apostólicos de Talavera en Granada, fruto de sus excepcionales virtudes humanas y religiosas, calarían hondo en el ánimo del deán Villaescusa, por más que tardasen todavía bastantes años en aflorar de pleno; cuando se viese definitivamente apartado de aquella prometedora carrera de prelado áulico, justo entonces comenzada, haciéndose cargo con decisión del gobierno de la diócesis de Cuenca en el último tramo de sus días.

De Bruselas a Tordesillas al servicio de doña Juana

A fuer de buen patrón, el arzobispo alentó que la promoción de su deán continuase, aun cuando le doliera deshacerse de un auxiliar eficaz. En 1495 la implacable política antifrancesa de Fernando el Católico cuajaba en el doble matrimonio por poderes de sus hijos el príncipe Juan y la infanta Juana con Margarita y Felipe respectivamente, hijos ambos del emperador Maximiliano de Austria. Así, al ordenar en la primavera de 1496 la casa de su hija la archiduquesa, nombró Isabel capellán mayor al deán granadino. Incorporado al cumplido séquito de aquélla, embarcaría en Laredo el 22 de agosto rumbo a Flandes, a cuyo puerto de Middelburg llegaría la flota castellana el 13 de septiembre. El día 18 tuvo lugar el encuentro de Felipe y Juana en el pequeño pueblo de Lier. De inmediato recibieron los desposados las bendiciones nupciales del capellán Villaescusa y consumaron el matrimonio que dos días más tarde solemnizaría velándolos el obispo de Cambray.

Mientras estuvo en Flandes al cargo de la conciencia de la archiduquesa como confesor suyo, aprovechó don Diego para culminar la carrera académica y en Lovaina recibió por entonces el grado de maestro en teología. Además, para galardón propio y mayor autoridad de la capilla archiducal que presidía, en febrero de 1498 fue nombrado obispo de Astorga. La pluma sería puente que salvara la distancia entre ambas cortes y no tan sólo mediante la asidua correspondencia política cruzada. Después de casar con Margarita, el príncipe Don Juan, “(...) en espacio de medio año, se partió desta vida mortal [4-X-1497], no sin gran dolor y sentimiento de sus padres y grandes lloros y tristezas de toda España y Sicilia.” Bien situado para comprender el calado histórico del suceso, oportunamente unió Villaescusa su voz a las del clamoroso duelo suscitado en España por aquella muerte -” entierro de la esperanza de España”-, de tan impensadas consecuencias políticas luego. Dirigiéndose pues a los lectores de ambas cortes, afanoso redactó en depurado latín unos Dialogi quattuor super auspicato hispaniarum principis emortuali die, aparecidos en el mes de julio de 1498, donde la retórica consolatoria de neta raigambre medieval concurre al empeño edificante y didáctico sin atisbo “paganizante” alguno. Cuajan el núcleo de la obra varias sesudas disputas del más puro estilo académico acerca de la muerte inexorable, su sentido cristiano y la esperanza trascendente -doctrina de los sufragios incluida-, encaminadas a aliviar el dolorido estupor que, atribulados, manifiestan en sus parlamentos introductorios los padres y la esposa del fallecido. Abundantes las citas, más o menos directas, tomadas, entre otros filósofos, de Aristóteles, Boecio o Séneca, de los santos padres Agustín, Jerónimo o Gregorio el Grande, de Tomás de Aquino al frente de los teólogos, se entretejen éstas con innumerables referencias bíblicas y un puñado de tópicos extraídos de la mitología y la historia antigua, orientadas todas a persuadir con su inequívoca autoridad al lector. El diálogo final entre Fernando, Isabel y Margarita ilumina en clave de esperanza inmediata el último significado político de aquella obra, ya privada de él empero cuando salió de las prensas.

En medio del inmenso drama por ella provocado, la muerte del príncipe Juan podía aún cobrar sentido si se consideraba la vida que había dejado alentando en el vientre de su viuda: “Lo que quitó la muerte no podemos devolverte -dice Isabel a Margarita-. Lo que se ha conservado, sea lo que fuere, es tuyo. Pero no es sólo tuyo, sino que lo que nacerá de ti, éste poseerá solo los reinos que tenemos. En nuestra alma está asentada esta decisión, que también el serenísimo e invictísimo rey nuestro señor tiene por firme y mantendrá irrevocablemente.” El aborto de una niña muerta desvanecería aquél último consuelo al comenzar 1498.

No era pues gratuito ni retórico el opúsculo de Villaescusa. Salía seguramente al paso de la opinión cundida entre los cortesanos flamencos, apoyo de la audaz maniobra de Felipe quien, con la vista puesta en la herencia hispana, vacante a juicio de “privados ambiciosos y lisonjeros”, según Zurita, habría asumido el título de príncipe de Castilla tan pronto conoció la muerte de la malograda sobrina. Hacia Portugal se dirigían entonces, siquiera de paso, las expectativas sucesorias hispanas antes de orientarse definitivamente a Flandes. Desde aquélla corte informaría don Diego a los Reyes Católicos de cuanto a su alrededor observase tocante en particular a las complicadas relaciones que, desde el principio de su calculado parentesco, venían éstos manteniendo con su yerno, más difíciles aún luego del retorno de la princesa viuda Margarita en marzo de1500, cuyo nuevo matrimonio, a instancias del padre y el hermano –acordado al fin un año más tarde con Filiberto de Saboya- inquietaba sobremanera en los reinos hispanos. Merecía y gozaba de la confianza regia y la distancia no le traía menoscabo en el medro; para prueba, en febrero de 1500 fue preconizado para la mitra de Málaga. En lugar destacado entre los demás prelados, asistió al bautizo de Carlos, titulado entonces duque de Lucemburg, que le fue administrado un mes más tarde por el obispo de Tournay. La recién llegada tía -futura tutora- que lo sostuvo en la pila, hubiese querido darle el nombre del esposo perdido, pero se impuso al cabo la voluntad de Felipe y en gala de la dinastía borgoñona recibió el del bisabuelo Carlos el “Temerario”.

En noviembre de 1501 emprendería don Diego el regreso a España en el séquito de los archiduques, una vez el fallecimiento del príncipe portugués Miguel, el 20 de julio del año anterior, hubo convertido de manera inexorable a Juana y su marido en herederos de las coronas de Castilla y Aragón. Contra los deseos de Fernando, en perpetua enemistad con el rey Luis XII, Felipe de Borgoña, aliado suyo en cambio, impuso que el viaje se hiciese por tierra, atravesando Francia. A poco de comenzar, Villaescusa informaba de los pormenores del viaje y los reyes le pedían, “que vos travaiéys que en su camino den toda la priesa que pudieren, sin detenerse.” Llegados por fin a España, cuando los príncipes se aposentaron en Madrid en abril de 1502, antes de ser jurados por las Cortes de Toledo el mes siguiente, el obispo de Málaga bautizó durante las solemnidades pascuales a varios musulmanes granadinos apadrinados por los príncipes. Concluido con éxito el crucial negocio que a España le había traído, Felipe no ocultó la incomodidad sentida en la corte hispana y raudo emprendió viaje de retorno a Flandes a finales de año; Juana le seguiría la primavera siguiente, después de dar a luz en Alcalá de Henares al infante Fernando el 10 de marzo de 1503. Fiel a la princesa, apoyó en todo momento sus determinaciones aun a riesgo de enajenarse la confianza de la madre y en pos de su señora marcharía otra vez a Flandes, donde se mantuvo entre los pocos servidores españoles restantes aún en la casa de ésta. Con ellos asistiría al progresivo aislamiento que allí le preparaban por directa inspiración del marido, con quien las relaciones empeorarían de día en día, conforme se iba extinguiendo la vida de Isabel y emergían las exclusivas ambiciones personales del borgoñón hacia el trono castellano.

La soberana católica fallecería el 26 de noviembre de 1504 y a partir de entonces el ambiente familiar y político en torno a Juana se enrarecería cada vez más por culpa de la encontrada ambición de padre y marido, dispuestos, superando la mutua antipatía, a aliarse estratégicamente en su contra con tal de hacerse con el gobierno y rentas de Castilla. Villaescusa seguiría siendo uno de los pocos incondicionales que a la infeliz reina quedaban y de él se valdría ocasionalmente como mediador en las disensiones sucesorias que a los tres enfrentaron entonces.

Muerto Felipe el 25 de septiembre de 1506, Fernando se mantuvo ausente en Nápoles para mejor lograr sus propósitos de reinar otra vez en Castilla, viniendo casi en triunfo a restablecer el deteriorado orden político que allí cundía otra vez; Villaescusa volvió al punto de Málaga, abandonando sus retomadas tareas pastorales para permanecer al lado de la desconsolada viuda mientras ésta intentaba casi en vano hacerse por sí con las riendas del reino sorteando, desasistida e inerme, dificultades sin número. Desde fines de diciembre de 1506, asendereada vagaría la menguada corte de pueblo en pueblo, errando tras el fúnebre cortejo que conducía sin rumbo el insepulto cuerpo del rey Felipe, hecho emblema de la frágil legalidad dinástica sustentada en los débiles hombros de Juana. En la localidad palentina de Torquemada nacería el 14 de enero de 1507 Catalina, la hija póstuma del malogrado monarca; la apadrinaron Villaescusa y el condestablede Castilla. En agosto recibió el obispo malagueño a Fernando en Tórtoles, donde pudo el rey avistarse al fin con su hija Juana. Con ella se aposentó el archicapellán en Arcos, junto a Burgos, cerca de un año y con ella llegaría a Tordesillas en febrero de 1509.

No menor que a su reina había mostrado lealtad el antiguo deán granadino al arzobispo Talavera. No le escatimaría su ayuda en las horas amargas de la persecución inquisitorial que sobre él y los suyos vino a abatirse, última consecuencia de los cambios políticos que a la muerte de Isabel siguieron. Hecho pretexto de los debates a que entonces se vio sometido el Santo Oficio, Talavera fue encausado en 1507, junto con un buen número de colaboradores y parientes; llevado el proceso de un juez a otro, ganada por Fernando la aquiescencia del papa Julio II, quisieron las revueltas autoridades cordobesas, fiadas de la integridad de éste, fuese sustanciado al cabo por el obispo de Málaga junto con el cardenal Cisneros. Cupo por fin al nuncio Juan Rufo restablecer, tarde y todo, la inocencia del prelado granadino y sus deudos, pero el juicio divino se adelantaría a la sentencia humana y fray Hernando moriría sin conocerla el 14 de mayo de 1507.

En pos de la promoción diocesana

Al lado de Juana continuó don Diego alimentando ambiciones. A comienzos de 1510 obtendría premio la constante fidelidad para con ella puesta de manifiesto. A sus hermanos y a él se les otorgaría el privilegio de ser tenidos como hidalgos de solar conocido y con ello el derecho a exhibir blasón en sus casas. Por otro lado, con más de medio siglo ya cumplido, consideraba justo el prelado de Málaga ambicionar mitra más rica. No prosperó entonces el intento y quizá por alejarle un momento de su hija, temeroso del influjo que sobre ella pudiese ejercer un hombre de sus prendas, Fernando le encomendó en 1512 la visita de la universidad salmantina. Dos años después alcanzaría la ansiada mejora, hecho presidente de la chancillería de Valladolid. En calidad de tal y por capellán mayor, aún acudiría a poner orden en el tolerado desastre doméstico en que, bajo la tutela de un mosén Ferrer, aragonés de la confianza de Fernando, discurrían en Tordesillas los tristes días de Juana cuando aconteció la muerte de aquél en enero de 1516.

No cabe duda de que los cargos recibidos hasta entonces por Villaescusa eran importantes y de pareja enjundia económica. Sin embargo, una vez llegado el momento oportuno al fallecer el rey de Aragón, con toda probabilidad debió pensar que el ascendiente todavía ejercido sobre la reina podría resultarle más valioso en la nueva circunstancia que se avecinaba si quería lograr el favor de su hijo Carlos, a quien algo habría tratado, siendo éste muy niño, en Bruselas. Así pues, provisto de una minuciosa instrucción, donde no faltaban incluso los consejos políticos dirigidos al joven rey, en el verano de 1516 envió hasta la corte flamenca a su sobrino el doctor Pedro Ramírez, en demanda de mayor promoción diocesana en España y quizá con la mira puesta, a más largo plazo, en el logro del capelo cardenalicio. El regente Jiménez de Cisneros mostraba su acuerdo con las posibilidades de traslado ofrecidas por Villaescusa y en respuesta a la consulta que en este sentido le fue dirigida desde Flandes, a comienzos de 1517, proponía al rey una combinación diocesana que pudiese satisfacer a todos, según la cual, mediante la obtención de una pensión sobre el obispado de Málaga los siguientes tres años, Villaescusa lo permutaría por el de Cuenca al cardenal de San Jorge, Rafael Riario.

Entre dos fuegos: Villaescusa y el alzamiento comunero

Sin que obstase cuanto antes había manifestado al abuelo y al nieto pidiendo su relevo, ni sus aparentes deseos de instalarse en su nuevo obispado tampoco, don Diego se mantuvo al frente de la chancillería vallisoletana. Allí le sorprendieron los complejos acontecimientos en que, durante 1520 y 1521, se fue traduciendo el movimiento comunero, trasunto organizado del descontento sentido en las ciudades castellanas ante las primeras muestras de lo que una porción representativa de sus elites sociales juzgó insoportable arbitrariedad en el comportamiento político del nuevo rey y sus consejeros flamencos. La personal toma de postura adoptada por el prelado de Cuenca frente a aquellos acontecimientos determinaría decisivamente el futuro de su carrera eclesiástica.

El prestigio personal de don Diego, añadido al del cargo desempeñado, le convertiría en una pieza destacada del juego político mantenido entre autoridades y alzados en medio de aquellas difíciles circunstancias. Eclesiástico de alto rango, hábil cortesano y letrado respetado, tales particulares concurrentes, hicieron del obispo de Cuenca un mediador e interlocutor obligado en distintos momentos del conflicto para mengua final de su crédito político entre los vencedores de aquél. En calidad de presidente de la Chancillería vallisoletana, garante último del orden en la ciudad del Pisuerga, había informado del clima hostil que hacia los flamencos del entorno de joven Carlos cundía en ella desde fines de 1517 y durante la primavera siguiente. Alentaban tal malestar las encendidas pláticas dirigidas al pueblo llano por unos cuantos frailes franciscanos desde diferentes púlpitos, denunciando el virtual secuestro político de que era objeto por parte de los cortesanos el nuevo monarca en quien tantas esperanzas habían sido hasta allí puestas.

Dos días después del incendio de Medina del campo, perpetrado por las tropas reales el 21 de agosto de 1520, la Comunidad de Tordesillas fue a entrevistarse con la reina, quizá con la intención de preparar la visita que una semana más tarde le harían Padilla, Ayala, Bravo y Maldonado, principales cabecillas del movimiento comunero. Cuando el representante del regimiento de la villa, "dixo a su alteza muchas cosas acaesçidas en sus Reynos después que el Rey Católico murió", antes de dar respuesta alguna, se apresuró Juana a reclamar la presencia de su capellán mayor, a quien todavía llamaba "obispo de Málaga", y que le acompañasen los licenciados Polanco, Zapata y Aguirre, miembros del Consejo Real conocidos suyos. Pocos días más tarde habría de justificar Villaescusa el proceder del cardenal Adriano y los del Consejo Real ante la airada Junta de Valladolid, directamente culpados por sus miembros del desastre medinés.

Comenzaba así un complejo ir y venir del presidente de la Chancillería, unas veces en funciones de mediador y otras como representante indiscutido del poder regio con cuya autoridad juzgaba y sentenciaba aquel alto tribunal, convertido por los insurrectos en alternativa al denostado Consejo. Sin duda el momento verdaderamente álgido de su gestión política tuvo lugar cuando en el mes de noviembre se preparaba el primer enfrentamiento armado entre las tropas reales y las de los rebeldes. Diferían las actitudes de los dos nobles que Carlos había nombrado regentes juntamente con el cardenal Adriano. Así, aunque por parte de ellos se había declarado la guerra a la Junta el 31 de octubre, el almirante de Castilla don Fadrique Enríquez se afanaba por llegar a un acuerdo con los comuneros, reuniéndose entre los días 15 y 20 de noviembre de 1520 con varios representantes de la Junta de Tordesillas. Paralelamente, el condestable, Don Íñigo Fernández de Velasco, aprestaba sus tropas, junto con las de otros nobles en los alrededores de Medina de Ríoseco.

Fue precisamente entonces -el martes 27 de noviembre para ser concretos- cuando don Diego Ramírez, tomó la iniciativa de intentar conciliar, aunque en vano, a quienes no iban a tardar en iniciar una serie de sangrientos combates, al cabo de los cuales los sublevados serían vencidos el 23 de abril del año siguiente en Villalar. La edad y la experiencia le proporcionaban suficientes datos para entender la situación planteada, pero no bastaron a evitar que su empeño pacificador fracasase por completo. Su cercanía personal a los archiduques de Austria no le había impedido aconsejar en su día a Carlos mayor prudencia de la que su padre había tenido en orden a supeditar en exceso los intereses de Castilla a las ambiciones de quienes formaban parte de su entorno flamenco.

Hombre de gobierno al cabo, comprendía perfectamente el riesgo que el poder de la Corona corría en aquella sazón, según de qué lado se inclinase la victoria militar. Si del de los sublevados, no le cabía duda de que se reducirían las prerrogativas regias; si del de los nobles, éstos se harían pagar caro el apoyo que hasta entonces le habían venido escatimando. Importaba por ende negociar y llegar a un acuerdo pacífico con la Junta que permitiese ganar tiempo, moderando, de cara al futuro, las pretensiones políticas de ambos bandos. Sin embargo, era ya tarde para tales gestiones: en ninguno de los dos campos tenía nadie intención de retroceder sobre los pasos de todo orden dados hasta aquel momento.

En medio de un clima de abierta hostilidad, el encuentro con el obispo Acuña, cabecilla de los sublevados, se produjo en Villabrágima, lugar colindante con Medina de Ríoseco, donde se hallaban parapetados los nobles. De nada valieron las exhortaciones a la concordia hechas a los dos bandos contendientes, ni tampoco las órdenes comunicadas a los sublevados para que disolvieran su ejército. Malquisto de unos y otros y aún expuesto a grave riesgo personal, completamente fracasado el propósito pacificador que le había conducido hasta las inmediaciones del campo de batalla, hubo de tornarse Villaescusa a Valladolid en los primeros días de diciembre, cuando ya era inminente la toma de Tordesillas por las tropas nobiliarias.

Desterrado a Cuenca

Pese al no muy gallardo futuro que a la estima e influencia de Villaescusa aguardaban en la corte, considerando los datos conocidos, no parece posible afirmar a estas alturas con alguna certeza que el obispo de Cuenca haya dado nunca con su comportamiento ocasión auténtica de pensar que sus preferencias políticas se inclinaran realmente del lado comunero. Además de las suspicacias que, a fuer de leal servidor de la Corona, le producía la actitud de los nobles, era buen conocedor de los manejos llevados a cabo por los grandes cerca del nuevo monarca. Al tanto estaba también, como presidente de la chancillería vallisoletana, del amparo buscado antes cerca de Fernando para eludir las demandas que les habían sido puestas ante aquel tribunal por causa de las tropelías que en sus señoríos venían cometiendo aquellos, habiendo dado ocasión al complementario refrendo rural de la revuelta, manifestada en primer lugar como movimiento de protesta urbano. Por todo ello, estimaba don Diego mayor que el de los demás partícipes el cargo aristocrático, a la hora de asignar responsabilidades a los causantes del conflicto. Considerados un momento la Chancillería y su presidente soporte indiscutido de la legitimidad monárquica y prevalido luego de la confianza en él depositada por el cardenal Adriano, no vaciló en manifestar con valentía su sentir a unos y otros.

Una vez convertida la ciudad de Valladolid en nueva capital comunera al trasladarse a ella Padilla y una parte de los procuradores de la Junta luego de la caída de Tordesillas, el César Carlos y sus gobernadores ordenaron al claustro de la universidad y a los jueces de la Chancillería salir de ella. Después de amenazar con matar al mensajero que había llevado la orden de partir, por orden expresa de la Junta, diferentes vecinos se les opusieron con las armas en la mano cuando, el 24 de enero, presidente y oidores quisieron emprender el camino de Arévalo a donde se les había mandado trasladarse. Villaescusa y sus jueces hicieron saber entonces a los rebeldes que después de aquello carecían ya de legitimidad para seguir actuando, pero es muy probable que, deseando remediar males mayores, todavía administrasen justicia en medio de la creciente confusión padecida en el bando comunero hasta el momento de la derrota de éste en Villalar.

Tan pronto los acontecimientos giraron en favor suyo, caro harían pagar a Villaescusa los nobles el manifiesto despego antes mostrado hacia ellos. No bien los sucesivos éxitos militares logrados les brindaron ocasión, Condestable y Almirante le apartarían de la chancillería mandándole marchar a Cuenca a hacerse cargo de sus obligaciones pastorales, aunque al tiempo se cursaba también al corregidor de allí la orden expresa de no permitirle instalarse en esta ciudad, ni tampoco en la de Huete, quizá con el fin de obligarle a exiliarse en algún otro lugar del obispado de menor entidad.

Una esperanza que salió vana

Es probable que don Diego pasase en su obispado de Cuenca los últimos meses de 1521 y los primeros de 1522, pero la noticia de la elección papal recaída en el cardenal Adriano de Utrech, ocurrida el 9 de enero de este año, considerada la benevolencia que éste ya debía haberle manifestado antes y ahora, pudo hacerle concebir nuevas expectativas de futuro, tanto de cara a su carrera eclesiástica como para eludir las graves acusaciones políticas de que ante el emperador, todavía ausente, se le hacía objeto. Procuró, en suma, acercarse al cortejo del nuevo sumo pontífice y a este fin, al empezar el mes de junio, se trasladó a Zaragoza para ofrecerle sus plácemes personalmente, de modo que, cuando Carlos llegó a Santander a principios del mes de julio de 1522, Villaescusa acompañaba a Adriano VI en Tarragona. Desde esta ciudad, formando parte del séquito papal, emprendería viaje con destino a Roma el día seis de agosto. Había escrito a los canónigos de Cuenca el día anterior manifestándoles su intención de procurar fuese breve la nueva ausencia de su diócesis. Sin embargo, tanto si aquella era sincera como si no, Villaescusa en realidad tomaba entonces el camino de un dorado exilio, en cuyo transcurso y de no mediar contradicciones mayores, confiaba llegar a vestir con harta probabilidad la púrpura cardenalicia, la cual, además de colmar sus personales ambiciones, le pondría del todo a salvo de cuantas suspicacias se barajaban aún en la corte en contra suya.

Durante el año largo que, en funciones de prelado asistente al solio pontificio, permaneció don Diego en la Ciudad Eterna, los embajadores del emperador no cesaron de importunarle, instándole con requerimientos continuos a que volviese a España e hiciese allí frente a sus múltiples compromisos. Sin manifestar una rotunda negativa a tales demandas, sus respuestas evasivas eran un modo de ganar tiempo en orden a lograr sus propósitos de hacerse un hueco aún más holgado en la corte papal. Debido a sus prendas intelectuales y humanas, parece claro que gozó de la estima papal y desempeñó en consecuencia un papel destacado entre los componentes de la "familia española" del pontífice.

Así y todo, una vez se hubo convencido del error táctico cometido al fiar su promoción eclesiástica en un hombre como Adriano VI, a quien tan profundamente repugnaba el corrupto mundo de la curia romana y cuya íntegra piedad despreciaban ostentosamente sus propios cortesanos, finalmente no tuvo otro remedio que aceptar el fracaso sufrido. Ignoramos si recibió del emperador alguna garantía en lo tocante a las responsabilidades políticas que se le exigían y cuya gravedad crecería tanto más cuanto se prolongara aún su voluntaria ausencia de España. De lo que no hay duda es de la inapelable decisión adoptada al cabo por el monarca para presionarle de modo tajante cuando ordenó le fuesen secuestrados las rentas y frutos que le correspondiese recibir del obispado conquense. De todos modos, debió ser el fallecimiento de Adriano VI, sobrevenido el 14 de septiembre de 1523, lo que acabaría de convencerle en definitiva de la inutilidad de su presencia en Roma, donde la sobriedad que había guiado el pontificado del antiguo obispo de Tortosa, habría frustrado, además de las suyas, las expectativas de medro que a muchos otros habrían conducido también un año antes a formar parte de la comitiva papal.

Elegido nuevo papa el cardenal Julio de Médicis, quien había pasado hasta entonces por ser el jefe del partido imperial en Roma, debió Villaescusa prolongar allí su estancia hasta fines de noviembre. Probablemente no emprendería viaje hasta después de la coronación de Clemente VII, celebrada el día 26 de dicho mes, y no se arredró ante lo crudo del invierno a la hora de apartarse del mundo romano que, a la vista del cambio sobrevenido en su cúspide, debía antojársele ya definitivamente hostil al desarrollo de cualquier proyecto que hasta entonces hubiese abrigado de obtener promoción en la corte papal. A fines de enero de 1524 reanudaba desde su villa de Pareja el gobierno de la diócesis conquense a la que, con enorme celo, iba a dedicar todos sus desvelos pastorales durante los trece años venideros. Una de sus primeras iniciativas en este sentido fue convocar sínodo con el fin de actualizar las normas de régimen diocesano dadas por sus predecesores y en especial las todavía vigentes, ordenadas por Don Fray Alonso de Burgos en la asamblea celebrada en aquella misma villa de Pareja en octubre de 1484. Villaescusa convocó pues a los representantes de sus diocesanos, clérigos y laicos, para que fuesen a reunirse con él en Huete a mediados de marzo de 1525.

Al iniciar la segunda etapa del que al final sería un fecundo pontificado, eran muchos los problemas que la falta de pastor asiduo y vigilante habría hecho nacer entre el clero conquense y buena prueba de ello es que, tan pronto supieron de su presencia en el obispado, los regidores de Cuenca manifestaron al rey la urgencia de que volviese lo antes posible a la ciudad, donde ciertos clérigos revoltosos prolongaban aún las pasadas inquietudes. Era esta la primera de la larga serie de conflictos y dificultades que, en el gobierno de aquella diócesis, "huérfana" durante casi cincuenta años, le aguardaban, pero no cabe duda de que, a su muerte, ocurrida el 11 de agosto de 1537, bien pudiera decirse que, fruto de su obra, las bases de la prerreforma tridentina habían sido sentadas en aquellas tierras con toda firmeza.

Enseñar, santificar y gobernar: la prerreforma en Cuenca

A tal efecto, todos cuantos tenían derecho a participar en él, personalmente o a través de procuradores, clérigos y laicos, fueron convocados al sínodo que habría de celebrarse en Huete a mediados de marzo de 1525. Hubo después reuniones sinodales en Cuenca y Pareja y en 1531, fruto temprano del todavía balbuciente arte de la imprenta en Cuenca, vieron la luz, de molde, las Constituciones que habrían de configurar la vida diocesana durante los próximos cuarenta años hasta tanto otras vinieran a sustituirlas para poner en vigor las disposiciones tridentinas.[1]

En las páginas de este libro, junto a muchas otras medidas de reforma adoptadas para el gobierno diocesano, venían por fin a quedar fuera de discusión la mayor parte de las cuestiones tan ásperamente debatidas desde treinta años atrás. Con firme decisión retomaba don Diego a su vuelta de Roma la tarea de enseñar, santificar y gobernar a su rebaño, los tres procesos básicos en que tradicionalmente se compendia la acción eclesial sobre los fieles. Según antaño hiciera Alonso de Burgos, tornaba a encomendar a cada párroco predicar los domingos de Cuaresma, por su orden, el contenido de la tabla moral que en cada iglesia debía haber, escritos en ella los fundamentos doctrinales y prácticos del cristianismo, proponiéndole, además, "si fuere sufficiente para ello, declare el evangelio de aquel día o la epístola, cada uno según entendiere que más conviene a la salud de los oyentes, y en ello tarde y esté a lo menos un quarto de hora.” La instrucción elemental de los niños quedaba como antes encomendada a los sacristanes.

En cuanto a la formación y aptitudes de los candidatos al sacerdocio se establecía como norma que, además de saber latín, estuviesen convenientemente instruidos en lo tocante al ejercicio de su oficio a juicio de examinadores pertinentes, rechazándose de plano cualesquier intercesiones para recibir el orden sacro. A falta de centros locales solventes, la instrucción eclesiástica había sido cometida a la universidad. Al iniciarse el siglo XVI, don Diego Ramírez había erigido el Colegio que luego se llamaría “de Cuenca” en Salamanca, cuyo definitivo espaldarazo lo recibiría del papa Adriano VI en 1523. Aunque más parece conseja lugareña que otra cosa, se le ha atribuido la intención primera de fundar en Villaescusa de Haro, su villa natal, una universidad y Colegio Mayor para que acudiesen a estudiar en él los naturales de Castilla la Nueva y Andalucía, designio al que habría renunciado tan pronto supo de los de Cisneros en Alcalá. Parece mucho más plausible sin embargo pensar que la magnífica fábrica palaciega allí iniciada, inconclusa al cabo, estuviese destinada a perpetuar la memoria del propio linaje, una vez hubo asegurado a sus sobrinos un mayorazgo en 1508. Guiado del sentido práctico que siempre mostró hizo su fundación en Salamanca, ciudad que, como él tan bien conocía de sus primeras andaduras académicas, contaba con medios suficientes para afianzar sobre bases mucho más sólidas el aprovechamiento de los futuros alumnos.

Se rechazaban también la concesión de reverendas, esto es, de letras o cartas dimisorias por las que el prelado autorizaba que otro obispo extradiocesano confiriese cualesquier órdenes sacras a un aspirante al clericalato, salvo en el caso de los graduados en estudio general. Por precepto expreso, todos cuantos gozaran de un beneficio en la diócesis habrían de estar obligatoriamente ordenados de presbíteros. Por otra parte, para obstaculizar los abusos de quienes presentaban expectativas, esto es, breves apostólicos obtenidos en la curia romana que, de modo más o menos expreso, les otorgaban la posesión de uno o varios beneficios tan pronto éstos vacasen, prescribía Ramírez ser él o su provisor consultados antes de ejecutar documentos tales. Además, se ponían trabas al ejercicio del ministerio sacro por clérigos extradiocesanos, salvo que el prelado lo autorizase. Si se había de mejorar la cura de almas, menester era poner coto a la existencia de un amplio grupo de clérigos vagabundos, muchos de ellos religiosos apóstatas, de cuya precaria condición material se valían los titulares absentistas de varios beneficios, ofreciéndoles salarios miserables a cambio de levantar en lugar suyo las cargas pastorales o litúrgicas inherentes a éstos. En consecuencia, se urgía bajo graves penas la residencia de hecho de todos los beneficiados curas, beneficiados simples y capellanes perpetuos y, zanjando definitivamente un tema debatido, quedaba atribuida al obispo en exclusiva la facultad de nombrar a los capellanes que hubiesen de servir en lugar de los ausentes, hecha excepción en ambos casos de los prebendados de la catedral.

Inflexible en el objetivo de segregar a los clérigos del resto de la sociedad, justificaba Villaescusa el haber dictado una constitución a tal propósito, apelando a la necesidad de "reprimir la osadía de los clérigos que en nuestros tiempos biven como seglares y hónranse de lo parecer, como, según verdad, lo que piensan que es honra les es mengua y deshonra.” Habiendo de resplandecer primero "entre los otros estados, assí por las obras como por la honestidad del hábito clerical”, no les era lícito divertirse al uso de los legos, jugando a los dados o a los naipes ni cazando. Tampoco celebrar como ellos las fiestas propias o ajenas, negociar o tener tratos. La pureza ritual propia del sacerdote, requería evitar contaminarla con cualquier efusión de sangre humana causada por él y debido a ello no podría el ordenado testificar ante el juez seglar sin licencia del obispo, ser él mismo gobernador o justicia, ni llevar tampoco armas ofensivas. Defender aquella misma pureza y quizá también seguir luchando por mera inercia contra el peligro de que llegara a instaurarse una casta sacerdotal cerrada, urgía seguir prohibiéndoles tener mancebas, en su casa o fuera, así como decir misa en presencia suya o de los hijos con ellas habidos, constatándose de paso lo arraigado de tales prácticas y hasta la falta de conciencia de culpa en muchos de los clérigos que las llevaban a cabo. Considerados pecadores públicos quienes transgredieran tan precisas normas, estaban los fieles obligados a denunciarlos, según se les urgía en el Edicto referente a aquellos.

Una vez enmendado el clero "docente", resultaría más fácil a sus miembros desempeñar la primordial tarea santificadora encomendada a quienes habían recibido el sacramento del orden. Gestos y ritos depurados marcarían con su impronta el comportamiento colectivo estableciendo con nitidez el límite entre lo sacro y lo profano, así en el tiempo como en el ámbito vital o el espacio físico. Hacer de las solemnidades religiosas auténticos hitos festivos del vivir de las gentes, requería fijar el número de las de precepto y que luego los curas exhortasen al descanso de trabajos serviles y a la asistencia a la iglesia en ellas de los fieles bajo la pena de una multa para los transgresores. Ejes del día de fiesta la misa mayor y las vísperas, la hora fija de ambas ceremonias señalaría la tolerancia hacia ciertas labores o el momento de divertirse jugando.

El templo parroquial, centro de la vida religiosa de cada lugar, debía ser por ello, sin excepción apenas, el único espacio sagrado válido donde celebrar la misa o los sacramentos ante la comunidad congregada, ordenada en ella la separación entre hombres y mujeres, en previsión de posibles escarceos que les distrajeran de la abstrusa celebración litúrgica. En el interior de cada iglesia, siempre limpio y decente, la pila bautismal y el lugar de la reserva eucarística merecerían especial cuidado. Quienes hiciesen donaciones destinadas a confeccionar en plata vasos sagrados destinados a conservar oleos y guardar hostias consagradas, recibirían especiales indulgencias. A subrayar la sacralidad de los lugares de culto vendría la prohibición de hacer representaciones sacras o vigilias nocturnas en las iglesias -con excepción de la catedral, cuando se velara ante el sepulcro de san Julián o se preparasen las fiestas de la Virgen - y a la recomendación de no alzar demasiadas ermitas, difíciles luego de mantener, causa a veces también de males morales superiores a los beneficios de la devoción que sustentaban, proponiéndose a cambio construir altares en las iglesias ya existentes en honor de los mismos santos o advocaciones marianas. Por último y por contribuir a dibujar algo mejor el perfil del estilo religioso que pretendía imponer don Diego Ramírez en su diócesis, señalaremos la sintonía con la espiritualidad crítica coetánea que se manifiesta en la advertencia de evitar abusos en las mandas de misas funerales o devotas, muy parecida a la de algunos autores de entonces quienes, inspirados por Erasmo de Rotterdam, fustigan en sus obras las supersticiones y vanas observancias del vulgo.

No solo los tiempos y los espacios, también la vida personal de los fieles fue objeto de alguna medida de reforma, refrendada por la adecuada previsión sancionadora para los negligentes. Especial atención mereció en este sentido el matrimonio, siempre en la línea trazada por las anteriores disposiciones sinodales, encaminadas sobre todo a garantizar solidez al vínculo, al exigir a los contrayentes la pública manifestación de consentir en su unión. Viviendo éstos habitualmente en pequeñas comunidades rurales, se hacía necesario además evitar los impedimentos nacidos del parentesco espiritual o de sangre en las uniones previstas, para lo cual había estipulado el IV concilio de Letrán el triple anuncio sucesivo de cada desposorio. Dado que el procedimiento ofrecía en ocasiones inconvenientes, con el fin de soslayarlos, en lugar de hacer aquellas moniciones, una vez requerido el cura, éste se informaría durante un tiempo suficiente antes de la celebración pública del compromiso -anunciado "por doce badajadas" de la campana mayor-, en presencia al menos de diez testigos de más de veinte años.

De muy atrás venía el empeño, civil y eclesiástico, de hacer del matrimonio un asunto público, si bien la base doctrinal del mismo, que pivotaba entonces casi en exclusiva sobre el mero consentimiento individual de los esposos, tendía de momento a convertirlo en un asunto privado, aunque de base netamente contractual. El afán regularizador se venía dirigiendo desde el siglo XIII a proscribir el matrimonio clandestino, cuyas causas y razones, en lo personal y social, eran muy variadas. De esta manera, sólo la progresiva sacramentalización, en cuanto a la forma, de la ceremonia del consentimiento, que excluiría bajo severas penas a los laicos de la condición de testigos principales de aquel, imponiendo la bendición nupcial y la misa de velaciones como obligado colofón del desposorio hecho en público ante un clérigo, en la iglesia y en presencia de otros testigos, iría sentando las bases del moderno matrimonio católico, definitivamente sancionado en Trento. La empresa sería, sin embargo, ardua, dado lo difícil que resultaba plegar el comportamiento de los fieles a tales prácticas, firmemente orientadas a poner obstáculos a la relativa facilidad con la que hasta entonces, según ya vimos, se habían constituido y disuelto las uniones, así, de suyo, las irregulares more uxorio (a estilo matrimonial), como las conyugales canónicamente legítimas.

Firme el designio pastoral de cristianizar la vida social, no cabe duda de que la restauración del orden público que siguió al episodio de la Comunidades de Castilla proporcionaría a las autoridades eclesiásticas un mayor número de oportunidades para profundizar aquel en cada diócesis. Como un instrumento vertebrador de la impronta cristiana con la que, de modo indeleble, pretendía marcarse la existencia, cabría interpretar la solemne proclamación del Edicto de pecados públicos, unas veces en el transcurso de la visita a las parroquias y otras de boca del cura propio. En el umbral de la Cuaresma, escucharían los fieles congregados en la iglesia aquel documento, donde se resumían, pormenorizándolas, las principales transgresiones a la norma canónica registradas en las constituciones sinodales, ordenándoseles denunciar en el plazo del mes siguiente a cuantos -clérigos y laicos-, con notoria contumacia, se obstinasen en vivir sin acatarlas. Pieza clave de aquel mecanismo coercitivo sería el cumplimiento del precepto de la confesión y comunión anuales, sobre las que se asentaría, siquiera en el plano penal, el control de las respectivas feligresías que a los párrocos competía y cuya definitiva implantación, a juzgar por las cautelas y sanciones previstas en estas Sinodales, no debió resultar de momento demasiado sencilla.

Aparte de instruir en la fe a los fieles y velar por eliminar obstáculos en los cauces instituidos para la transmisión de la gracia, la misión pastoral exigía al prelado gobernar de hecho a la porción de la iglesia recibida en custodia. Requería esto visitarla primero asiduamente pero además le obligaba en ocasiones a defenderla de las agresiones perpetradas por diferentes autoridades laicas y eclesiásticas, de las supremas a las más bajas. Afectaban aquellas unas veces a la economía de los clérigos o de las iglesias por causa de los subsidios repartidos o las cuestaciones autorizadas. Otras, el objeto de ataque era la libertad e inmunidad eclesiásticas, ya de los miembros del estamento, ya de quienes se acogían a ellas en demanda de amparo.

Los libros litúrgicos de Cuenca

Señalaremos, antes de concluir, cómo humanismo académico y celo pastoral vinieron a confluir una vez más en alguna de las actuaciones de nuestro prelado, particularmente en cuanto toca a la puesta a disposición de sus clérigos de libros litúrgicos adecuadamente impresos. Pocos años antes de iniciar su pontificado parece haber sido confeccionado con letras de molde, aunque no tengamos noticia de ningún ejemplar conservado, el Breviario, "según la regla y costumbre de la Santa Iglesia de Cuenca", que fue dado a luz en 1515, no sabemos dónde. Da esta noticia el canonista Juan Bautista Valenzuela y Velázquez, (1574-1645), canónigo él mismo de aquella catedral antes de ceñir la mitra salmantina, quien alcanzó aún a manejarlo para sus investigaciones hagiográficas e indica que "fue corregido y enmendado por el Maestro Antonio de Nebrija”, por más que el trabajo de base también debió realizarlo Gonzalo González de Cañamares, canónigo de Cuenca. Durante el pontificado de don Diego Ramírez, por su mandato prosiguió la tarea editora el mismo bachiller Cañamares. Confeccionó éste primero un Diurno y en 1528 se dio a la prensa, después de haberlo pulido, "según es fama extendida, con su lima y censura" el propio obispo, el Manipulus, sive manuale, vel potius practica ministrandi sacramenta Sancte Matris Ecclesie et Sacramentalia, secundum consuetudinem alme Ecclesie Conchensis, "reunido en un cuerpo, con otras muchas cosas tocantes al oficio sacerdotal", impreso por obra de Francisco de Alfaro y Cristóbal Francés, antes afincados en Toledo. El que pasa por ser el primer libro conocido impreso en Cuenca, destaca por la calidad del trabajo y la belleza de la ejecución, en letra gótica a dos tintas y con notación musical cuadrada. El Missale mixtum secundum ordinem et consuetudinem alme Ecclesie Conchensis, obra señera también del nuevo arte de producir libros, apareció en diciembre de 1537, confeccionado en Alcalá por el acreditado impresor de aquella universidad, Miguel de Eguía. Con él culminaba la obra de ordenación litúrgica de la diócesis emprendida por Villaescusa.

La profundidad y riqueza del pontificado de Villaescusa no se agotan, como es lógico, en el puñado de rasgos de su acción gubernativa hasta aquí trazados. Bástenos el rápido vistazo dado a ella para concluir otra vez que, a su muerte, ocurrida en agosto de 1537, no cabe dudar de que, gracias a él, las bases de la prerreforma tridentina, con todo lo que ella significaba en el orden social, habían quedado sentadas en tierras de Cuenca con toda firmeza.

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