Miércoles, 01 de Diciembre de 2021

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La València olvidada

El dragón del Patriarca

La leyenda que pudo haber atemorizado en tiempos remotos a la ciudad de València

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Toda ciudad tiene sus leyendas, y València no podía ser menos. La suya va de un dragón que resultó no serlo. Fue Vicente Blasco Ibáñez quien publicó la historia en el diario Pueblo el 6 de enero de 1901 con el nombre de “El dragón del Patriarca. Una historia (o leyenda) un tanto popular que pudo haber atemorizado en tiempos remotos a la ciudad de València.

Cuenta la leyenda que en València, fuera de las murallas, en el río, estaba el peligro y la pesadilla de la ciudad, la mala bestia que turbaba el sueño de las gentes honradas. Un dragón que atemorizaba a la población, enviado, según decían las viejas, por el Señor, para castigo de pecadores y terror de los buenos. Y cada día devoraba una persona.

Las puertas de la ciudad tenían que cerrar todos los días y nadie era capaz de matar a tan temible animal. Se ofrecieron fabulosas recompensas, pero uno tras otro, lugareños y foráneos, fueron devorados por el dragón.

En un principio, los habitantes se resignaron ante la imposibilidad de seguir luchando con tal enemigo y se resignaron a esperar que muriese de viejo o de un hartazgo. Ya no quedaban en toda la ciudad hombres valientes que fuesen en su busca… hasta que cierto día, los jueces de la ciudad sentenciaron a muerte a un hombre misterioso, un vagabundo, un judío, que había recorrido medio mundo y hablaba idiomas raros, merecedor de horca por delitos, el cual pidió gracia y se ofreció a matar al dragón a cambio de su vida. Este pidió una semana para prepararse, encerrado en una casa con una buena chimenea y con todo el material que solicitase.

Accedieron a su petición y, noche y día, sin parar, entraba en la casa con cestas llenas de botellas y vasos, sin que nadie supiera lo que estaba haciendo en su interior.

Llegó el día señalado, y el prisionero traspasó las murallas abarrotadas de gentío y fue al encuentro de la fiera, armado con una lanza y tapado con capa y capucha… y el monstruo le esperaba lanzando escalofriantes bramidos y rugiendo al husmear la multitud tras las fuertes murallas. Cuando estuvo ante el dragón, el vagabundo se quitó los ropajes y ocurrió el milagro.

Se convirtió en un fantasma de fuego que no podía ser contemplado más de un segundo; su armadura de espejos reflejaba el sol, rodeándole con un nimbo de deslumbrantes rayos dorados.

Y la bestia, deslumbrada por la luz del sol reflejada en tan insólito vestido, se mareó y comenzó a retroceder hacia su agujero, abriendo la boca para rugir y aprovechando el héroe para hundir la lanza en sus fauces. Así se acabó toda angustia y toda pesadilla. ¡Se salvó València!

Hoy, de tan memorable jornada no nos queda ni el nombre del héroe ni el arnés de los espejos. Solo el dragón es el único testimonio de aquel hecho extraordinario.

Lo cierto es que hoy en día quedan expuestos los restos de esa “bestia” en el Real Colegio Seminario del Corpus Christi o del Patriarca, que está situado en la calle de la Nau de la ciudad de València frente a la antigua Universidad Literaria y que fue levantada a instancias del patriarca San Juan de Ribera, donde se comenzó su construcción en 1586 terminándose en 1615.

Cuando uno pasa por el atrio del Colegio del Patriarca, se encuentra con una estampa que contrasta el terror y el silencio: el terror por la posible veracidad de los hechos acaecidos en tiempos medievales, al visualizar en la pared un imponente “cocodrilo” (Crocodylus acutus, lagarto real o cocodrilo de río) disecado en la pared; y el silencio, porque nada más llena la sala que esa bestia disecada y un dicho popular, el de “si parleu, a la panxa vindreu”, frase que dedicaban antaño las madres valencianas a sus hijos con referencia al dragón para que estuvieran bien callados durante las celebraciones en aquella imponente iglesia del Patriarca.

La verdadera historia de esta bestia, “El dragón del Patriarca”, está en los archivos del Patriarca, donde se revela en realidad de que se trata de un regalo que el Virrey de Perú envió al Patriarca, San Juan de Ribera, quien le puso de nombre “Lepanto”, en recuerdo de la famosa batalla. El caimán, pues, no es otra cosa que un regalo del virrey de Perú, el marqués de Monterrey, en 1600 a Juan de Ribera, Arzobispo de Valencia y Patriarca de Antioquia.

El otro era una hembra y estuvo en el cercano Monasterio del Puig, pero desapareció durante la Guerra Civil. El que aún se conserva y podemos ver se llamó Lepanto y fue criado en los jardines de la casa del arzobispo en Alboraia hasta que murió y fue disecado en 1606, según dicen su propietario lo mando colgar junto a la puerta para recordar a los que entraban en la iglesia el respetuoso silencio y el recogimiento con el que se debe estar en ella.

 **Texto de César Guardeño, historiador y guía responsable de Caminart, empresa de recorridos turísticos.

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